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COLUMNA

Castizos y exquisitos

La sociedad madrileña con más glamour y sus advenedizos es capaz de convertir buena parte de cualquier jarana folclórica en espectáculo de la modernidad, llevarla a las páginas de tendencias, transformarla en uno de esos híbridos estéticos en los que lo viejo y lo nuevo se enmaridan, pero huye del fuego de la ciudad en agosto, que es patrimonio de la caspa, organiza lejos sus fiestas más caras, ajenas a la crisis, y no pasa la frontera de la verbena por no verse invadida por el casticismo de los pobres.

Mientras tanto, la frontera de la verbena, donde ahora se reproducen los botellones de esquina a esquina, y hay más rostros extranjeros que chulapas, se consumen más mojitos que vermús y más pizzas y hamburguesas que fritangas, se acerca cada día más al centro, e invade las cercanías del reformado mercado de San Miguel donde los buenos vinos, las ostras y la charcutería delicada hace las delicias de los que ignoran ese otro Madrid más barato. Los restaurantes de lujo de la Cava Baja, ausentes sus clientes ilustres y en descanso sus trabajadores, cierran sus puertas. Las abren las tascas y los bares económicos, y se puebla la calle de puestos de bebidas y bocadillos, y se oyen lenguas diferentes más que chotis, y van de un lado a otro jóvenes y mayores con pintas de urbanitas, no de isidros, tampoco de devotos de la Virgen de la Paloma. Pero la Virgen también tiene sus devotos, sus bomberos, su espectáculo y sus espectadores, ni devotos ni bomberos, que forman parte del rito de la fiesta.

La fiesta nacional, con su arte de la crueldad, tan español, hace las delicias de muchos progres

El rito, rito, sin embargo, se ha producido ya en Las Ventas, donde para algunos está el Madrid de siempre. Veo en algunas instantáneas de la exposición Madrid en fiestas cómo la buena sociedad madrileña del pasado iba más guapa a los toros, aunque tampoco ahora los toros hayan sido excluidos del rito social de los modernos, vistan como vistan. Todo lo contrario: la fiesta nacional, con su arte de la crueldad, tan español, hace las delicias de muchos progres y propicia el glamour en la plaza.

Republicanos de ahora y monárquicos de todos los tiempos comparten la pasión que ha llevado a nuestros reyes a apoyar en tiempos distintos esta peculiar tradición tan asumida. Si alguien teme que a las dos España les falte un punto de encuentro, aquí tienen uno: el ruedo. Menos mal que ya el Rey Nuestro Señor no es el que en 1802 convocaba a una lucha de jabalíes, en medio de un espectáculo de volatineros, ni su Real Piedad se digna conceder los jabalíes de sus reales bosques para que lidien con perros de presa. No faltará, sin embargo, quien añore, ante las fotos y los documentos que cuentan estas cosas en la exposición del Archivo Regional, un retorno a aquel Madrid de los jabalíes.

Pero, a pesar de todo lo que pasa, no hay indicios por ahora de que a la capital puedan volver los jabalíes a enfrentarse con los perros por la real piedad, que no hablo de metáforas políticas referidas a la actualidad madrileña, así que parece que peor lo tiene la muy taurina villa de San Sebastián de los Reyes, obligada a reducir en un 40 por ciento los festejos por la crisis. Y aún peor Ceniciento, que ha llegado a la mitad. O Peñato y Griñón. Para los antitaurinos, que piensan que en este caso no hay crisis que por bien no venga, si la crisis es taurina, les parece que mejor lo tienen donde lo tienen peor: Rivas y Pinto. Claro que no deben pensar lo mismo los que en Pinto se amotinaron contra el alcalde por suprimir los festejos taurinos. Y poca falta hace que se declare una crisis para que se revele que los toros son un negocio: detrás de toda liturgia hay alcancía. En esta situación, con los novillos sustituyendo a los toros en muchos lugares, la gran justificación de la fiesta es la incontestable razón de que también es una industria y que la falta de muertes produce parados. Y también los produce el menor gasto en pólvora, según los periódicos que siguen con interés los efectos de la crisis en todo, y por supuesto en las fiestas, contabilizando hasta lo que un bolsillo vacío puede ahorrar en churros. Y no digo que en la capital se hayan sustituido las orquestas por discotecas móviles, que con esas carencias no se llega a 2016, pero pueblos hay en esta Comunidad donde el tocadiscos ha vuelto a la calle.

No obstante, en mi paseo por la Verbena de la Paloma no tuve la sensación de los efectos de la crisis económica sobre ella, tal vez porque el mayor efecto de la crisis consista en lo que no se ve: la ausencia de los que no tienen ni para bocadillos. Ni el alma para verbenas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de agosto de 2009