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Crítica:DORMIR

La cena, en la capilla de clausura

CONVENTO LAS CLARAS, al pie del castillo de Peñafiel

En pocas semanas comenzará la vendimia en la Ribera del Duero, y los hoteles de Peñafiel y sus alrededores estarán a rebosar. Con tales augurios se justifica que lugares como el antiguo convento de clarisas franciscanas, ribereño al río Duratón, se haya transformado en un destino apetecible para la industria vitivinícola, las reuniones empresariales e incluso las bodas. Las piedras con historia se dejan siempre fotografiar muy bien.

El convento original, llamado de la Encarnación, data de 1607, cuando el duque de Osuna y marqués de Peñafiel, Pedro Téllez Girón, quiso para sus dominios una representación de la orden de las hermanas pobres de Santa Clara. La vida conventual se prolongó hasta 2001, de ahí su excelente estado de conservación, visible en toda la planta octogonal de la iglesia, techada por una cúpula elíptica y consagrada por un retablo barroco firmado por Alonso del Manzano. El claustro, pieza central del hotel, deja a la vista su estructura de mampuesto calizo, con arquería de medio punto en la planta inferior y columnario de madera y balaustrada en la planta superior. Diversos alfombrados, con mesitas y butacones, reciben a la clientela allí congregada por algún evento y suple en acogimiento las disfunciones del servicio de recepción en temporada alta. Una cubierta piramidal acristalada vuelve ingrávida la estancia, sobre todo a mediodía.

CONVENTO LAS CLARAS

PUNTUACIÓN: 6. Categoría: 4 estrellas. Dirección: plaza de Adolfo Muñoz Alonso, s/n. Peñafiel (Valladolid). Teléfono: 983 87 81 68. Fax: 983 88 15 93. Internet: www.hotelconventolasclaras.com. Instalaciones: jardín, piscina, salas de convenciones para 400 personas, spa, discoteca, salón, restaurante. Habitaciones: 57 dobles, 5 junior suites, 2 suites; habitaciones para no fumadores. Servicios: no hay facilidades para discapacitados, mascotas admitidas. Precios: temporada alta, 128 + 7% IVA; temporada baja, 108 + 7% IVA; desayuno incluido.

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Que el hotel requiere de espacios amplios para celebraciones lo evidencia el emplazamiento de la cafetería, junto a la puerta principal, en la que se ha conservado el antiguo torno de las monjas. La capilla de clausura se ha convertido en restaurante, mientras que el refectorio funciona como sala de conferencias. En el exterior, casi relegada al fondo del jardín, se vislumbra una piscina. Nada podría conducir a nadie hasta allí, dado el empaque que manifiesta a un costado la gran carpa banquetera, ostensible desde la otra orilla del río.

Este despliegue de medios y espacios congresuales diluye el contenido nocturno de los dormitorios, amplios y pulcros, pero insulsos en su ambientación, por no decir incómodos. El mobiliario desmerece ante las expectativas creadas por la calidad del resto de las instalaciones. Tampoco los cuartos de baño invitan al relax después de una jornada en seminario. Sin duda, las más recomendables son las orientadas a levante (pocas), con vistas al castillo de Peñafiel, actual sede del Museo del Vino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de agosto de 2009