héroes y villanosColumna
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EL REMEDIO Y LA ENFERMEDAD

El hombre más temible de la industria musical murió el pasado 4 de julio. Allen Klein tenía 77 años y fue personaje central en las carreras de Sam Cooke, Beatles, Rolling Stones. También financió las películas de Alejandro Jodorowsky: tenía olfato para el talento y sabía seducir a grandes egos. Engatusó a John Lennon recordándole que también era huérfano; él, un hortera de Nueva Jersey, se proclamó máximo defensor del arte de Yoko Ono.

Hubo dos modelos de empresarios judíos que cambiaron el negocio musical. Destacaban los aventureros, que identificaban una demanda -generalmente, en los barrios negros- y apostaban por sus creadores, fueran bluesmen o raperos. Pero también estaban los magos de los contratos, atentos al reparto del botín, que amenazaban y alardeaban de contactos mafiosos.

Allen Klein, contable de profesión, se especializó en rastrear el dinero: recuperó grandes cantidades para Bobby Darin o Bobby Vinton. Como manager de Sam Cooke, le consiguió un contrato extremadamente generoso con RCA. Se presentaba como el Robin Hood de los artistas y su fama cruzó el Atlántico.

En 1965, le pidió ayuda Andrew Loog Oldham, carismático descubridor de los Rolling Stones. Klein entró en tromba en los despachos de su discográfica, Decca, y aterrorizó a los gentlemen británicos: salió con un adelanto de 1.500.000 dólares (un millón de euros, aproximadamente). Tales golpes le ganaron la rendida admiración de los Stones, que no rechistaron cuando defenestró a Oldham.

En el Londres pop, el chisme era que los Stones ganaban más dinero que los Beatles, aunque vendieran menos. Hacia 1969, el asunto se puso grave: los de Liverpool sufrían una hemorragia de capital debido al idealismo y el descontrol de Apple. Mick Jagger les recomendó hablar con Klein. Conocemos lo ocurrido a continuación: Klein cortó cabezas en Apple y aumentó la liquidez de la empresa. También aceleró el fin del grupo: McCartney se negó a ser representado por él, enfrentándose a sus tres compañeros. Ya en solitario, los tres mantuvieron a Klein como manager, pagándole un 20% hasta 1973. No fue una despedida amistosa.

Klein tenía instintos de predador: detectaba la debilidad y atacaba. Defendió a George Harrison, cuando su My sweet lord fue acusado de plagiar He's so fine, de las Chiffons. Se alcanzó un acuerdo pero, sorpresa, la editorial demandante volvió a los tribunales. Resultó que Klein había adquirido subrepticiamente los derechos de He's so fine, para poder seguir litigando. Durante años atormentó a Harrison, como si fuera una vendetta personal. Así de peligroso era Allen Klein.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 10 de agosto de 2009.