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Editorial:

El aviso de Osetia

La incapacidad arbitral de Rusia obliga a Europaa tener más papel en el avispero del Cáucaso

El informe de la Unión Europea sobre la "guerra de los cinco días", que prepara Heidi Tagliavini, una experimentada profesional de la diplomacia Suiza, puede ayudar a reconstruir la cronología de los sucesos que configuraron el enfrentamiento entre Georgia y Rusia en Osetia del Sur. En Moscú y en Tbilisi esperan con ansiedad los resultados de la investigación, anunciados para fines de septiembre. Sean cuales sean, el Cáucaso continuará siendo un problema delicado en el futuro o, mejor dicho, una cadena de problemas heredados de la Unión Soviética y también de los siglos anteriores, cuando esta zona del mundo, poblada por fascinantes pueblos, estaba en la conjunción de tres imperios -Otomano, Ruso y Persa- y sometida a sus flujos y reflujos de poder e influencia.

El concepto de "cadena" es importante, porque en el Cáucaso los conflictos están en gran medida interrelacionados y basta alterar uno de ellos, para que eso se proyecte sobre los demás, al margen de cuales sean las fronteras que la ONU aceptó en el entorno postsoviético al desmoronarse la URSS en 1991. Por entonces, la comunidad internacional no se encontraba en condiciones de entrar en detalles, desbordada como estaba por las nuevas realidades en Europa del Este tras la caída del muro de Berlín y en plena agonía de Yugoslavia. El resultado en lo que al Cáucaso se refiere fue un entorno delicado y volátil.

Rusia tiene la fuerza militar para dar garantías de seguridad a Osetia del Sur y Abjazia, pero es evidente que no puede jugar el papel de árbitro ni ha logrado persuadir a sus aliados de que reconozcan como Estados a estos dos territorios. Esta situación, con sus crisis esporádicas, puede prolongarse durante años. Así las cosas, es importante evitar que el clima se deteriore todavía más y, en este contexto, la Unión Europea, por su propia seguridad entre otras cosas, tiene un papel que jugar en el Cáucaso, como moderador, como pacificador y también como patrocinador de proyectos de democratización y de desarrollo económico y social. Su misión es tender puentes entre las distintas comunidades del Cáucaso y por lo menos enfriar los ánimos. Conseguir además que los actores de la política caucásica cuenten hasta diez antes de actuar y tengan a Europa y sus instituciones como modelo de referencia sería ya mucho pedir. Al menos, hoy.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de agosto de 2009