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COLUMNA

La bici en Madrid

Madrid es dura para el ciclista. Sólo quienes poseen unos gemelos hercúleos pueden permitirse el lujo de utilizar la bici como medio de transporte en la capital. Esta ciudad tiene mala leche para recorrerla en un vehículo de tracción humana. Y encima engaña. No abundan las pendientes muy pronunciadas ni las bajadas de vértigo, pero hay cuestas kilométricas donde a pedal te dejas la vida. Prueben con la bici por la Castellana. Si vas de plaza de Castilla a Cibeles hasta la abuela llegará pletórica ante la diosa. Lo malo será para volver. El desnivel de la Castellana en sentido norte, largo y sostenido, la convierte en un rompe piernas sólo apto para un Contador.

La orografía de nuestra capital está plagada de repechos que apenas advertimos cuando rodamos en un vehículo motorizado y que nos sorprenden cuando el músculo propio es quien ha de poner la fuerza motriz. Así que cuando veo a alguien viajando en bici por Madrid me produce una mezcla de pena y admiración. Los capacitados son muy pocos, por lo que aquí resulta absurdo promover la bici como alternativa para el transporte de masas como algunos ilusos pretenden. En cambio, nuestra capital sí podría intentarlo con esas bicicletas de alquiler que puedes coger y dejar en distintos puntos de la ciudad y que te permiten realizar paseos o pequeños desplazamientos turísticos o de ocio. La bici es el vehículo más respetuoso con el medio ambiente y nos ofrece una manera económica y divertida de mantenerse en forma. El ciclismo está al alcance de cualquier bolsillo y la proliferación de carriles-bici es el mejor aliciente para promover su práctica de forma ordenada y segura.

La Policía Municipal no sanciona a los ciclistas que circulan por la acera

Me preocupa sin embargo la indisciplina que parece haberse extendido en los últimos años entre los aficionados al ciclismo urbano. Hoy en Madrid es muy frecuente ver a los ciclistas rodando tan ricamente por las aceras sorteando a los peatones. No hablo de quienes van despacito desde la calzada hasta el portal de su casa, ni tampoco de esos otros que se apean y llevan la bici de la mano. Me refiero a los que te pegan una pasada rozándote las costillas con el manillar. Tengo la sensación de que quienes lo hacen, o no saben que la bicicleta es un vehículo, y que como tal no puede ni debe circular por los espacios reservados a los peatones o, lo que es peor, lo saben y pasan porque nadie se lo impide.

En Madrid la Policía Municipal ni sanciona ni apenas regaña a los ciclistas que circulan por las aceras. Pude corroborarlo hace un par de meses en la calle de la Montera, cuando vi pasar a un mocetón a toda pastilla a bordo de su bici. A mí me pegó un timbrazo, a un par de críos los pasó raspando y a una anciana la sorteó in extremis, dejándola pálida como la muerte. Hasta ahí nada que no haya visto mil veces. Sí me sorprendió la actitud de dos agentes municipales que presenciaron la escena con total pasividad. No resistí la tentación de preguntarles si en Madrid los ciclistas podían rodar por las aceras. Se miraron el uno al otro y, tras un primer balbuceo, me dijeron que no debían hacerlo, pero que había una cierta comprensión y manga ancha con ellos. "Pregúntenle", les espeté, "a esa anciana lo que opina del ancho de su manga y de su comprensión". "Háganlo", les insistí, "cuando se recupere". Torcieron el gesto y no hubo más. Las aceras son exclusivas para los peatones y la vitola ecológica de que disfruta tan merecidamente la bici no justifica el que sus adeptos más indisciplinados tengan patente de corso. Una indisciplina que supongo en parte contagiada por esos motoristas que se dan el lujazo de recorrer largos tramos de acera para aparcar su moto. Entiendo que tendría que haber más espacios reservados para las motos y bicicletas, pero esas carencias nunca justifican que el peatón corra el riesgo de ser arrollado por estos vehículos. Y, menos aún, que la policía lo consienta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de agosto de 2009