Averías estivales
Hay algo hartamente comprobado, tanto en la vida personal como en la profesional. Ceñidos a mi profesión periodística, las grandes noticias, por regla frecuente, suelen producirse durante los fines de semana, como el estallido de alguna guerra o el final de Tour de Francia, copas ganadas por un madrileño que figurarán en el escudo de Pinto y, de forma asidua, en períodos vacacionales o largos puentes laborales. Me refiero ahora a las que atañen a la vida privada de cada cual, y esta reflexión supongo que es de amplio radio. Mucho he oído hablar de la ley de dependencia, sin intentar averiguar lo que era cuando, de hecho, vivo sumergido en esa situación. Atañe a todo el mundo, cuando se trata de los servicios públicos y privatizados, por ejemplo, el teléfono. Mi memoria no alcanza a los de manivela, cuando se pedían los números a las operadoras -se las llamaba señoritas telefonistas pues, al parecer, la mayoría estaban solteras- pero sí a la época en que Madrid, ya con servicio automático, solo tenía cinco cifras. Pasada la posguerra civil, se incorporó al acervo común comunicar nuestra identidad telefónica, "con el dos delante" y así hemos llegado a los nueve dígitos actuales.
Las grandes noticias, por regla frecuente, suelen producirse los fines de semana
A ese teléfono quiero referirme, aunque ya sé que se extiende la costumbre de prescindir de él, utilizando los móviles, digitales, celulares o como se llamen, que tiene varias ventajas: llevarlo con nosotros en los desplazamientos y también dejarlo apagado, de manera voluntaria o por descuido. Formo parte del segundo grupo.
Los que vivimos solos escuchamos cada vez menos el timbre, si no es por equivocación, agradeciendo, en el fondo, escuchar una voz humana aunque quiera favorecernos con un seguro, un cambio de compañía y una cascada de servicios innecesarios. Vayamos al tema. El otro día regresé de unas vacaciones interrumpidas y me desazonó, sin hallar el motivo, algo fuera de lo habitual. En varios días no sonó el teléfono. Como un acto reflejo, descolgué, para comprobar la ausencia de signo alguno de actividad. Mudo como una pared.
Llamé a Telefónica, sin estar seguro de que sea mi servidora -extraña definición en algunos casos- y tras varias conversaciones con cintas pregrabadas, cuyas instrucciones sólo comprenden a la primera los cerebros muy privilegiados, conseguí llegar a los oídos de una empleada, que me pareció pertenecer a mi especie biológica. Tras unos segundos se produjo el diagnóstico: "No tenemos nota de avería", algo que encaja en un diálogo de besugos. Le dije que, a partir de ese instante, ya estaban en posesión del requisito y conseguí la vaga y cortés respuesta de que se pasaba aviso al mecánico que arreglaría el asunto pronto. Tampoco logré una evaluación, siquiera aproximada de cuánto tiempo quería decir ese pronto.
Transcurrieron cuatro o cinco días, durante los cuales pude disfrutar del calor abrasador de este julio madrileño, lo que me desanimó para abrir las ventanas, ni siquiera para descorrer las cortinas, salvo en horas muy tempranas, e incluso de pisar el recalentado asfalto. Estaba disfrutando pacíficamente de la siesta cuando en la penumbra de mi sordera escuché la insistencia de unos timbrazos, de los que hice caso omiso, creyendo que correspondían al vecino de al lado. Luego fueron otros sonidos: alguien aporreaba la puerta.
Los invasores no parecían peligrosos ni amenazantes, al contrario, mostraron gran contento al verme y distinguí los rostros de algunos vecinos y una parienta a la que veo poco que se había erigido en portavoz. Estaban inquietos, sospechaban que me encontraba en el piso, aunque no me habían visto ni oído y el teléfono permanecía mudo a toda hora. Los pocos vecinos que se quedaron en Madrid se habían alarmado, despierta una vieja solidaridad que ahora se produce con rareza. Pasaron todos a la salita y se calmaron los ánimos tras tomar unas cervezas y refrescos que vaciaron el frigidaire.
Nadie recordaba el origen de la alarma, pero se produjo una gratificante reacción de solidaridad que parecía perdida. Todo por la lentitud de la Telefónica en reparar, durante el verano una misteriosa avería.
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