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Crónica:TOUR 2009 | 15ª etapa

Contador marca el fin de Armstrong

Victoria en solitario en Verbier y 'maillot' amarillo para el ciclista de Pinto, que aventaja al 'viejo' tejano en 1m 37s - El siete veces campeón se defendió con todo hasta que no pudo más

Armstrong, un campeón verdadero, luchó hasta el final, hasta que sus piernas, tan acostumbradas a dominar todas las cimas del Tour, todos los rivales, le dijeron basta; hasta que su viejo corazón amenazó con reventar. Armstrong, el último gran dominador del Tour, tuvo, ya derrotado, su último gran gesto de generosidad: su esfuerzo supremo, su defensa, hizo más grande aún al gran Alberto Contador, un chico de Pinto, el primer corredor capaz de lograr que Lance Armstrong, ganador de siete Tours entre 1999 y 2005, declare que hay un corredor mejor que él, se declare vencido. Finalmente, en Verbier, en el amable paisaje de viñedos, bajo un sol cariñoso, el verbo se hizo carne. La guerra de palabras que había convertido al Tour en una aventura morosa, sin sobresaltos, sin lugar para el imprevisto, se hizo sustancia corpórea; los amagues de esgrimista, los touché y vuelta a empezar, se convirtieron en puñetazos de boxeador cargados de dinamita. A punto de cumplir 38 años, tras una retirada de tres, Armstrong, finalmente, ha encontrado a uno más fuerte que él, Alberto Contador.

Derrotó a lo mejor del pasado, del presente y del futuro. Como un gran corredor

"Verbier vale menos que un pincho de tortilla", había dicho Contador, impaciente después de haber dejado pasar los Pirineos con un ataquito de dos kilómetros, después de haberse empapado en los Vosgos, después de haber aguantado la presión psicológica a la que le había sometido su compañero-rival, el viejo que nunca se había rendido, el que había regresado a buscar su octavo Tour. "Verbier engaña", había advertido Johan Bruyneel, el director que ha convertido en un arte la habilidad para sentarse en dos sillas a la vez y no caerse de culo. "Verbier es más duro de lo que parece". Y Contador, con alegría inmensa, lo hizo más duro aún después de que una fuga en la que se había infiltrado Mikel Astarloza, bien situado en la general, un ciclista al que hay que atar con correa corta, obligara a su equipo a llevar al pelotón a una velocidad superior a la planeada.

Por encima de los pinganillos, de la modorra táctica, de los miedos, de las miradas calculadoras, Contador conoce una verdad, la verdad que hizo brillar, que voceó a los cuatro vientos, ayer a 5,5 kilómetros de la meta, cumplidos apenas tres del puerto: llegado el momento, que hablen las piernas. Para gritarla, Contador, un chico respetuoso con las normas no escritas que impiden a un corredor atacar a un compañero, sólo necesitaba una mínima chispa, una invitación susurrada. Se la ofrecieron los Saxo, el equipo más fuerte, el de los rodadores-martillos compresores Voigt, Sorensen y Cancellara, el de los hermanos Schleck, que se multiplican mutuamente las fuerzas. El equipo más ambicioso. Colocó a sus mejores rodadores por relevos en la parte más suave del puerto, descremaron al pelotón cansino -tan aburrido como las autopistas suizas desde un Mercedes automático con limitador de velocidad- y, llegada la primera rampa seria, a seis kilómetros de la meta, Frank Schleck lanzó el primer ataque. Fue el momento clave, el que Contador cazó al aire como Obama las moscas: Frank era el último muelle de Andy, su hermano, el más fuerte del equipo. Si le hubiera dejado reaccionar, le habría costado más trabajo hacer diferencias. Pero no le dejó. Rápido como el rayo, Contador se adelantó a los movimientos del campeón de Luxemburgo. Atacó, se puso a bailar sobre la bici con un estilo que más que a Pantani, el último gran escalador del Tour, recuerda a Bahamontes, y en un santiamén había hecho un hueco imposible de cerrar. Lo intentó Andy, pero llegó tarde. Los demás, el veterano Evans, los jóvenes Nibali, el italiano que se anuncia como un rival para Contador en el futuro, y el inglés Wiggins, un rodador que está aprendiendo a escalar, y Frank, permanecieron imantados por Armstrong, incapaces de reaccionar. Y Armstrong, el grande, hizo lo que pudo, aun a sabiendas de que el final sería más duro aún. Pero no podía rendirse. Un campeón no se pone a rueda de corredores a los que se ha aburrido de ganar, a los que considera de otro nivel. Ordenó a Klöden que tirara del grupo, que le llevara hasta donde pudiera. Obedeció, estremecido, el alemán, unos metros, y se apartó: no podía hacer eso cuando su nuevo líder, Contador, iba en fuga. Y Armstrong volvió a insistir. Casi con brusquedad le dijo, con la mirada, que no entendía nada, que había que caer con grandeza, que tirara. A rueda de Klöden, que ajustaba su ritmo a los resoplidos del tejano, Armstrong murió. Viendo su calvario, sin pasión, sin piedad, los que iban a su rueda le abandonaron. Uno a uno. Hasta Sastre, que llegaba de atrás, le pasó sin mirar a su espalda.

Otro 19 de julio, el de 1991, Indurain comenzó su reinado en el Tour acabando en Val Louron con la generación de Fignon y LeMond. Ayer Contador, gracias a Armstrong, a su resistencia, inició de la manera más estruendosa su dominio. Por fin ganó el maillot amarillo en la carretera, atacando, ganando una etapa en solitario, con su gesto patentado, derrotando a lo mejor del pasado, del presente y del futuro. Como un gran campeón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de julio de 2009