Actores de Barcelona
Hoy Barcelona es reconocida como una ciudad con un alto nivel de convivencia. Y lo es por sus habitantes, activos e interesados en su entorno. Una ciudadanía crítica, que es solidaria con los más vulnerables, que acepta e integra bien las diferencias, que defiende el patrimonio arquitectónico y social, que enriquece su tejido de comercio local. La historia reciente de la ciudad está significada por sus movimientos sociales urbanos, que reclaman y ejercitan la participación; por sus organizaciones no gubernamentales, como Arrels, que llenan los huecos a los que no llega la Administración; por la tenacidad y el talento de sus creadores. Una ciudad llena de iniciativas admirables, acogiendo infancia carenciada en campamentos de la paz y colonias para saharauis; experimentando formas y materiales, como hace la Fundació Centre del Vidre, o investigando tanto como puede en las universidades catalanas.
Los políticos no acaban de ver las nuevas redes de cooperación
Pero parte de los políticos y administradores que están en el poder, por haber sido elegidos por esta misma ciudad progresista y activa, y que no estarían ahí si fuera reaccionaria, pasiva y mediocre, en cambio, no están a la altura ni han entendido las nuevas redes de acción y cooperación. Son los que la venden al turismo low cost y de cruceros; los que potencian acontecimientos de masas que dejan mucha basura y poca cultura; los que promueven que el Disseny Hub Barcelona se dedique a estetizar un turismo banal y olvide los temas clave del diseño y la arquitectura; los que han permitido que el hotel Vela vampirice la Barceloneta, todo en beneficio de la multinacional norteamericana Starwood Hotels and Resorts; los que, por falta de coordinación y defensa de intereses partidistas, dilapidan los recursos; los que, aunque hagan algunas cosas bien, ya sea por arrogancia o por laconismo, no saben explicarlas, y sólo es visible lo que hacen mal.
Qué paradoja la de esta ciudad traicionada en la que la mayoría de la ciudadanía -excepto incívicos y gamberros que, curiosamente, el poder tolera- hace más por Barcelona que los que la gobiernan.
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