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COLUMNA

Galicia saldrá perdiendo

No hay que engañarse: cuando se explicite el nuevo modelo de financiación lo más probable es que Galicia salga perdiendo. Lo digo de modo condicional por pura prudencia y cortesía, porque lo lógico sería escribir directamente Galicia saldrá perdiendo. Ello es consecuencia de factores objetivos, de la progresiva pérdida de peso del país en términos demográficos y económicos pero también de factores políticos. Núñez Feijóo tendrá que lamentarse de haber cerrado el camino a la aprobación de un nuevo Estatuto para Galicia. Seguir al pie de la letra -cosa que no hicieron sus colegas andaluces, valencianos o castellanos- las consignas emanadas de la procaz prensa de derechas nos costará a todos una cifra contante y sonante.

Núñez Feijóo tendrá que lamentarse por haber cerrado el camino a un nuevo Estatuto

Pero bien es verdad que esa actitud no fue castigada en las urnas. Ni nuestra prensa facilitó el debate, ni la opinión pública se sintió interpelada. Nuestro anarquismo conservador es ciego, inveterado y ligero de cascos. No quisimos entender que ese nuevo texto legal podría indicar requerimientos que hacer valer en la actual negociación. Dentro de unos años, sin embargo, veremos engrosada la lista de gallegos enredándose los tirabuzones y gimiendo ante el Muro de las Lamentaciones. Es la vieja historia del país, protagonizada por una derecha que no se avergüenza de tirar piedras contra su propio tejado.

Esa pérdida relativa de posiciones se hará más importante porque ya se acabaron los tiempos de las vacas gordas. No sólo el estado dispondrá de menos fondos para Galicia. Tampoco Europa soltará sus dineros, ya que nos hemos equiparado y otros nuevos países, más pobres, golpean a la puerta por el Este. Perderemos en porcentaje del PIB en relación con otras comunidades y aumentará la dualización de nuestra sociedad ya en marcha. Las diferencias entre ricos y pobres crecerán, como ya están haciéndolo. El Estado del Bienestar en Galicia se resentirá. En un país de viejos la parálisis de la aplicación de la Ley de Dependencia no ayudará.

Por supuesto, el cambio del modelo de financiación deriva de las luchas en curso por definir la evolución estratégica del Estado. La España de hoy es un escenario complejo en que los esfuerzos por federalizar el estado coexisten con pulsiones de fondo que intentan vaciar de competencias a las comunidades autónomas y renacionalizar el Estado. Si hubiese que poner un rostro los dos tipos ideales serían Pasqual Maragall y José María Aznar. Maragall llevó a cabo la tarea de aprobar un nuevo Estatuto que tenía como objetivo evitar la progresiva pérdida de peso económico de Cataluña apelando a la política. Aznar implementó, en una línea que viene de lejos, el peso demográfico, económico, e ideológico de Madrid, que es la clave de bóveda del nuevo nacionalismo español.

No hay ni que decir que el peso relativo de la administración es más importante en Galicia que en esas dos comunidades, de muy pujantes economías privadas, por lo que el peso de la política, a la hora de decidir el grado de bienestar colectivo, también es mayor. Eso hace que sobre los hombros de nuestros gobernantes recaiga una mayor responsabilidad. Sin embargo, la gestión de los recursos públicos nunca se ha caracterizado por su alto nivel de exigencia entre nosotros. La Cidade da Cultura y el puerto exterior de A Coruña amenazan con convertirse en los dos paradigmas clásicos de venalidad y lasitud. Se sabe que la una carece de proyecto alguno y que en el otro es difícil que puedan amarrar buques con contenedores en las épocas del año más crudas. Pero a ningún responsable eso le ha eximido de tirar para adelante.

Dicho de otro modo: lo que a Galicia le conviene es una España federal en la que hacer valer las demandas de autogobierno constitucionalmente legitimadas. Pero tener los instrumentos no sirve de nada si el que los maneja es ignorante, estúpido, incompetente o corrupto. Galicia carece de un modelo de crecimiento propio, dado que nadie se ha tomado la molestia de formularlo -habría que excluir tal vez a un par de economistas- y, mucho menos, de construir sobre él los ejes de un buen gobierno. Núñez Feijóo se presentó a las elecciones con este programa: austeridad y rebaja de impuestos. Es evidente que es una visión de una vulgaridad absoluta, un neoliberalismo de primero de carrera. Como el tiempo no lo remedie, el actual gobierno gallego seguirá dando muestras de no saber qué hacer.

Ni en los peores tiempos del bipartito se alcanzó el grado de desconcierto, ineptitud y despiste que caracteriza al actual Gobierno, formado casi al azar. La pura verdad es que los conselleiros no parecen tener idea alguna salvo la repetición de los mantras de la derecha más derecha. De momento, les ha ido bien con ello, tal vez por la novedad. Pero no se puede vivir toda la vida de consignas ni aunque sea de aquellas que halagan los oídos del público.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de julio de 2009