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Laboratorio de ideas
Columna
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La transición al día después

Emilio Ontiveros

La crisis financiera global todavía vigente acabará constituyéndose en el factor de transformación más importante en la naturaleza de la oferta bancaria y en la composición del censo de oferentes de servicios bancarios en todo el mundo. Anticipar cómo quedará el paisaje financiero global después de la batalla desencadenada en el sistema bancario estadounidense, hace ahora dos años, es uno de los ejercicios más sugerentes. También de los más necesarios para aquellas empresas de servicios financieros que aspiren a sobrevivir a las transformaciones en curso y para las autoridades que intenten suavizar esa transición. Sobre ese asunto trataron algunos de los comentarios que hice en el IX Encuentro Financiero Internacional, organizado por Caja Madrid y EL PAÍS, el pasado día 8. Ahí va una versión libre de aquéllos.

La primera consecuencia genérica de esa mayor regulación vendrá en forma de mayores costes

La primera de las direcciones de cambio que ya son perceptibles en la mayoría de los sistemas financieros (no sólo en sus sectores bancarios) está determinada por las alteraciones reguladoras consecuentes con el amplio repertorio de fallos que la crisis ha exhibido: de mercado, de regulación, de supervisión. La múltiple manifestación de esos fallos ha obligado al distanciamiento intelectual de esas presunciones e hipótesis de eficiencia que subyacían en buena parte de las construcciones teóricas sobre el comportamiento de los mercados, y en los prejuicios de una parte importante de la profesión, incluidos algunos supervisores. En su lugar, se asume cada día de forma más explícita la inestabilidad financiera intrínseca del sistema económico y su propensión a comportamientos poco generadores de utilidad social. La reivindicación de las aportaciones del poskeinesiano Hyman P. Minsky (1919-1996) la hacen profesionales diversos, como las manifestadas en el encuentro referido por el presidente de la CECA y profesor de economía, Juan Ramón Quintás, o el muy experimentado gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, en el encuentro referido.

Las prácticas de los operadores bancarios, observadas antes y durante esta crisis, en casi todos los segmentos de la industria (agencias de calificación crediticia incluidas) también amparan la conveniencia del fortalecimiento de la regulación y, desde luego, el abandono de cualquier veleidad autorreguladora: a las finanzas, efectivamente, no se las puede dejar solas, admiten ya algunos de los banqueros de inversión que han sobrevivido al exterminio.

La re-regulación en ciernes, el necesario apuntalamiento de los mercados, se centrará en primera instancia en la consecución de recursos propios suficientes, en la disuasión del excesivo apalancamiento de los operadores bancarios. Es en ese contexto donde también se tratará de contrarrestar la prociclicidad regulatoria con la adopción de provisiones dinámicas a la española.

El control y la gestión de riesgos son otras de las direcciones prioritarias por las que discurrirá la mejora de la regulación. Como lo será el más estrecho escrutinio y las exigencias de estandarización de instrumentos concretos, como los derivados OTC. O la más estrecha vigilancia de instituciones como los hedge funds.

La protección de los consumidores y el fomento de su alfabetización financiera serán, finalmente, direcciones complementarias de esa mayor regulación tendente a mejorar el funcionamiento de los mercados financieros. Las propuestas avanzadas por la Administración estadounidense son suficientemente explícitas al respecto.

Todo ello sobre la base de ese reforzado papel de la supervisión macroprudencial y del convencimiento en intensificar una coordinación internacional que el desencadenamiento de esta crisis ha demostrado era manifiestamente mejorable.

La primera consecuencia genérica de esa mayor regulación vendrá en forma de mayores costes -las reglas cuestan- no sólo por esas exigencias de mayores recursos propios, sino por la importancia relativa que cobrarán funciones hasta ahora limitadas como las asociadas a la gestión de riesgos o a la auditoría en su más amplia acepción. Menores márgenes, por tanto, y mayores dificultades para recuperar los valores de mercado con que cotizaban la mayoría de los bancos de todo el mundo antes de la crisis.

Ante ello, los operadores bancarios se verán obligados a desprenderse del glamour que exhibían algunas actividades más próximas a la innovación financiera. El retorno a la actividad básica, a la "banca aburrida", coexistirá (en realidad, ya lo estamos observando) con una mayor importancia relativa de la más fácil de controlar actividad bancaria doméstica y el consiguiente frenazo de los procesos de internacionalización. Todo ello se traducirá en los sistemas de remuneraciones.

La otra dirección en la que se concretarán las respuestas de las empresas bancarias será sin duda la búsqueda de mayores dimensiones medias a través de procesos de reestructuración y de consolidación. La reducción del censo de oferentes bancarios encontrará en la persistente erosión de la calidad de los activos de sus balances una determinación adicional, en especial en las economías más bancarizadas, las de Europa continental de forma particular.

Y es en ese punto en el que cobra un interés especial la incierta transición a ese paisaje final: el periodo comprendido entre el momento, probablemente próximo, en el que se pueda certificar el final de las convulsiones en el epicentro de la crisis, el sistema bancario estadounidense, y las específicas del sistema europeo, previas a la completa percepción de los resultados finales de las transformaciones antes comentadas. Cuanto más dilatada sea esa transición, mayor será la suerte de interinidad en la que se encuentra la transmisión del crédito, su todavía explícito racionamiento a las empresas y familias, a pesar de las excepcionales inyecciones de liquidez del Banco Central Europeo, y que en sí misma es expresiva de la singularidad de esta crisis. La eurozona no es precisamente una excepción a la inquietante persistencia del descenso en el crecimiento del crédito al sector privado de la que acaba de dar cuenta la actualización del Global Financial Stability Report del FMI para el conjunto de las economías avanzadas.

No por obvio deja de ser relevante el recordatorio de ese otro acuerdo generalizado: el inicio de la recuperación en el crecimiento de las economías, en particular de las más bancarizadas, no podrá certificarse hasta que los intermediarios bancarios normalicen completamente su actividad. La realización de esos stress tests que ahora se tratan de llevar a cabo coordinadamente en Europa, de forma similar a como lo hicieron hace algunas semanas las autoridades estadounidenses, es una buena iniciativa. Reducirá la incertidumbre, la desconfianza, que todavía se deja notar en el seno de la comunidad bancaria, como consecuencia de las dudas acerca de la suficiencia del grado de capitalización de los bancos, en tanto no han desaparecido precisamente las circunstancias que erosionan la calidad de los activos bancarios. La más importante de éstas es la pronunciada contracción en el ritmo de crecimiento de las economías y el asociado aumento del desempleo.

Para que esos tests que van a llevar a cabo los supervisores europeos deparen las ventajas que se esperan (las equivalentes a las ofrecidas en el caso de los 19 mayores bancos analizados en EE UU), para que se acorte esa complicada transición al día después, es necesario que los resultados de esas pruebas de resistencia al esfuerzo acaben siendo transparentes. Tanto como eficaz ha de ser la coordinación entre las diferentes instituciones llamadas a jugar un papel determinante en el diseño del mapa bancario final, consecuente con los necesarios y urgentes procesos de reestructuración del censo de entidades, en países como España. En realidad, el día después no está tan cerca.

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