Reportaje:TOUR 2009 | Séptima etapa

La gota malaya en los picos rocosos

Nadie resiste el ataque de Contador en las últimas curvas de Arcalís, pero su cosecha es magra: a 6s del amarillo, con 2s sobre Armstrong

Chop, chop, chop... Cada segundo cuenta, tituló Armstrong, profético, su segundo libro autobiográfico. Chop, chop, chop... cuánta razón tienes, Lance, cada segundo cuenta, le recuerda al tejano resucitado Contador bailando sobre su bicicleta entre el viento arremolinado, feliz y violento, que le zarandea. Chop, chop, chop... cada pedalada gozosa es un segundo más, una gota más en la frente de su líder carismático-compañero-rival-padrastro, que de todo eso ejerce, desde su regreso de entre los aburridos, el ciclista que ha vuelto para, por fin, ser destronado, para, por fin, poder retirarse tranquilo. Cada segundo es un castigo administrado con frialdad, dosificado con eficiencia, sin pasión, como la gota malaya, por el ciclista que le sucederá.

El de Pinto, un ciclista de los de antes, supo aprovechar el ritmo apisonador del Astana
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El Tour de 2009, el que debería ser el octavo de Armstrong, el que posiblemente sea el segundo de Alberto Contador, es una partida de ajedrez en la que ninguno de los dos admitirá tablas. Un duelo en el que la ganancia no ya siquiera de un peón, sino de una posición en el centro del tablero, ha consumido la energía de ambos. Golpes y contragolpes y, al fondo, un símbolo, el maillot amarillo, que los dos han rozado con la yema de los dedos, que ninguno de ellos ha podido atrapar. Armstrong se quedó a 22 centésimas en su primer asalto; Contador, ayer, a 6 segundos en su turno.

El chico de Pinto, el único corredor del ciclismo actual -el ciclismo que reduce todas las grandes etapas, como la de ayer, como las de montaña del reciente Giro, a un sprint en los últimos metros de la última ascensión entre los favoritos que no han fallado- capaz de atacar en montaña e irse de quien haga falta, cuenta, sin embargo, con ventaja posicional, o de calidad. En ciclismo, hay tres maneras de ganar una carrera, tres territorios en los que se puede marcar la diferencia: en la montaña, en las contrarreloj, en la emboscada.

En las dos primeras, las que definen al más fuerte, ha sido superior a Armstrong. 22s más fuerte en los 15 kilómetros de la contrarreloj de Mónaco, 21s mejor escalador en los dos últimos kilómetros de la sosa subida a Arcalís: un kilómetro imposible, con un viento de cara que Contador desafió con aceleraciones imposibles, de pie sobre los pedales, seguidas de breves momentos de recuperación sobre el sillín, en el que logró casi toda su ventaja; un kilómetro con el viento de espaldas en los picos rocosos de Andorra que igualó la contienda entre el solitario atacante y el rebaño, el grupo de perseguidores que se protegía mutuamente: Leipheimer tapando a Armstrong, el brillante Andy Schleck, el rival más duro fuera de su equipo, el que encendió, finalmente, la chispa de una ascensión sin morbo, y el penitente Evans, marcando el ritmo de la recuperación; Sastre, agazapado, como en todas las primeras etapas de montaña, Menchov, oculto.

Al actuar así -al atacar en el momento en el que Armstrong, tras una subida en la que al Astana se le fue tan lejos la fuga que no pudo ni pelear para la victoria de etapa, que fue para el francés Brice Feillu, ni alcanzó el maillot amarillo, que se lo quedó en préstamo el fugado italiano Rinaldo Nocentini, quería ejercer de patrón, haciendo mantener a su compañero Klöden un ritmo que creía muy fuerte-, Contador, un ciclista de los de antes, un ciclista de instinto, de los que saben interpretar la máscara de cada corredor, sus mínimos gestos, en busca de debilidades, fue también capaz de canibalizar en provecho propio el estilo instaurado por Armstrong en sus años del US Postal, el del equipo como máquina apisonadora.

La muerte en el Tour de todos los anteriores grandes, Hinault, Merckx, Indurain, fue un asunto de visto y no visto, una pájara, un desfallecimiento inesperado, el fin. El final de Armstrong, si una nueva hazaña guerrera sorprendente no lo impide, a manos de Contador será, en cambio, un asunto lento, una tortura en la que cada segundo, en efecto, cuenta. Y cada gesto. Cada símbolo.

Con el abanico de La Camarga, Armstrong privó a Contador de la posibilidad de vestirse de amarillo tras la contrarreloj por equipos -y Contador, aunque no lo diga, necesita, más símbolo, ganar el maillot amarillo del Tour en la carretera, no en la habitación de su hotel, como nocturnamente adquirió el que dejó el expulsado Rasmussen en 2007-. Con su ataque en el ventoso Arcalís, Contador le priva a Armstrong de la posibilidad de coronar su regreso con un maillot amarillo cuando Nocentini deje libre el paso.

Alberto Contador llega a meta tras escaparse del pelotón de favoritos.
Alberto Contador llega a meta tras escaparse del pelotón de favoritos.REUTERS

Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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