¿Qué me pasa, doctor?
Debe estar retozando de gloria, anímicamente hablando (Dios me libre de pecar en la primera línea) monseñor Rouco Varela tras comprobar que 75.000 personas (y muchas que se quedaron fuera) aclamaron sólo en Madrid a un Cristiano -algo impensable salvo visita del sumo pontífice-, que además viste de blanco papal aunque se le olvidara, seguramente, la mitra en el vestuario. Que le dé al balón en vez de al botafumeiro es un asunto tangencial visto el tamaño de la feligresía y la inmensa fe desplegada ante este especialista en otorgar la extremaunción... a los porteros rivales.
Debe estar retozando de fe en sí mismo Florentino Pérez, en la cumbre de lo que persigue: convertirse en el único español que alcanza todo lo que se propone, cueste lo que cueste (dicho sea literalmente). Atrás quedó aquel pecadillo de la espantada, cuando dejó al Madrid compuesto y sin novia una vez que se descompuso la galaxia del principito convertido en rey del planeta fútbol.
Yo diría que hasta Zapatero, culé confeso, es feliz por este impulso anímico del Madrid de aquellos tiempos, por esta devolución de España al primer plano de la actualidad, aunque sea detrás de un balón que no ha comenzado a rodar. Y lo estará Aznar, madridista confeso, que si fuera presidente del Gobierno repetiría feliz aquella cantinela de "España va bien", se cayera lo que se cayera, ardiera lo que ardiese.
Y yo no soy feliz. ¿Qué me pasa, doctor? ¿Tan mal estoy que he perdido el norte de la felicidad? Por si le interesa, le diré que la felicidad de esos pocos a los que he citado anteriormente me parece poca cosa para hacer frente al impacto brutal que supone que 75.000 personas sean capaces de acudir a un estadio para ver saludar a un futbolista, decir unas palabras escritas por la asesoría de prensa, asegurar, como todos, vayan donde vayan, que "ha cumplido su sueño de niño", y gritar el eslogan del equipo ("¡Hala Madrid!", en este caso).
Hubo un tiempo que ese papel cautivador correspondió los artistas y a los toreros, a los que luego relevaron los músicos de rock. Pero la diferencia es que unos centenares acudían a la alfombra roja de Hollywood y unos pocos les sacaban a hombros a los del capote y la muleta. A los músicos les perseguían el grupo de groupies que daban la vida por un beso (o algo más, que tampoco hay que rebajar las expectativas). La masa iba a verles trabajar. Ahora, es el turno de los futbolistas, a los que 75.000 almas aburridas, desesperadas, anómicas perdidas, quizás en el paro o en previsión de desempleo, van a verles saludar y decir lo que quieren escuchar. Hemos vuelto a la época de pan y fútbol. Florentino fue el primero que se dio cuenta y exprime su naranja sobrenatural. Y a mí ¿qué me pasa, doctor, que estoy tan frío?
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