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COLUMNA

La invención de la playa

Siempre que llega el verano me sorprende comprobar el hambre de playa que tiene la gente. Es evidente que, para muchos, es algo parecido al paraíso. En gran parte, sin duda, porque lo relacionan con el dolce far niente, con un sentido lúdico y hedonista de la vida. Tan básica y sencilla parece la idea de ponerse un bañador y tomar el sol, pasear por la orilla y bañarse, que lo que maravilla es que sea una actividad tan novedosa en la historia.

Alain Corbin relató esta transformación en El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750-1840). Durante siglos la costa fue simplemente la prolongación última del mar, algo que inspiraba miedo y repulsión, un espacio utilizado únicamente por marineros, pescadores y traficantes. En el siglo ilustrado, en cambio, despierta una nueva sensibilidad: algunos artistas y escritores animan a ver la costa como el mirador del infinito, un territorio sublime en el que el vacío se vuelve emoción. Por otro lado, la medicina comienza a promulgar el higienismo, un modo de vida saludable que incide en las bondades terapéuticas de tomar las aguas, es decir, las aguas termales de los balnearios, y que pronto se extiende también a las aguas marinas. Así, recetados por sus médicos, numerosos aristócratas comenzaron a pasar temporadas en poblaciones costeras, tomando regularmente baños de mar.

A lo largo del siglo XIX, ésta fue una actividad practicada preferentemente por las clases altas, aquellas que contaban con el dinero y el tiempo libre necesarios para ese tipo de vida. Desde la década de 1880, la reina María Cristina y su corte veranearon asiduamente en San Sebastián, por ejemplo, consolidando así la ciudad como destino turístico. Si bien en las primeras décadas del siglo XX la excusa higienista fue cayendo en desuso, la industria del turismo pronto encontró otras buenas razones: la playa se convirtió en el lugar ideal para el ocio y la diversión. Al mismo tiempo, empezaron a proliferar las loas a los baños de sol como fuente de vida y energía. La aparición del turismo de masas a partir de los años 50 hizo el resto: las playas -pobladas de bañadores siempre menguantes- se convirtieron en destino preferente.

Así que ya ven, para que todos los años miles y miles de personas practiquen esa actividad que parece tan natural de ir a la playa, ponerse un bañador y tomar el sol, pasear por la orilla y bañarse, han debido de sumarse múltiples factores históricos. Un cambio de mentalidad que implica, para empezar, una visión hedonista de la existencia, muy alejada del valle de lágrimas; una conquista de la igualdad social que presupone el reconocimiento del derecho al ocio y al tiempo libre para todos; una concepción del cuerpo y de la sexualidad libre de la losa del pecado; un amplio desarrollo de la industria del turismo y del sector servicios, etcétera. En fin, que lo disfruten.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de julio de 2009