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Reportaje:CINE

Cero en conducta

Según los actores Paul Rudd y Sean William Scott, necesitamos las comedias groseras para hacer de este mundo un sitio mejor. Protagonizan Mal ejemplo, la última vuelta de tuerca del género.

CUESTA pensar que dos cafres del calibre de los protagonistas de Mal ejemplo pasen en la vida real por hombres modélicos. A juzgar por el entusiasmo con el que presumen de ellos sus respectivas traductoras, Paul Rudd y Seann William Scott no necesitan abuela. Rudd, en la película un vendedor de bebidas energéticas alérgico al compromiso sentimental, tiene a su mujer y su hijo de cinco años esperándole en casa. Y Scott, que interpreta a un ligón cachitas y descerebrado, se ha traído a su madre al tour promocional europeo de la película.

Ésta es la única entrevista que hacen juntos para un medio español y la última que conceden con este filme ("después de esto esperamos no tener que responder a las mismas preguntas y renovar nuestros motivos de conversación", ríen). Y parece que eso les obliga a ponerse al día mientras el cronómetro descuenta minutos para el periodista. "Eh, tío, a ti ¿qué es lo que más te han preguntado?", pregunta Scott. "Que si me siento identificado con el capullo miserable al que interpreto", dice Rudd, "y yo respondo que, desgraciadamente, sí" [se parte]. "Pues a mí me siguen preguntado por Stifler [el papel de chulo del instituto en American pie que le lanzó a la fama]. Tío, me siento encasillado", se ríe Scott.

Lo cierto es que tanto el uno como el otro son en parte responsables del imparable ascenso de las denominadas comedias groseras, que en la última década han cebado las taquillas de chistes guarros y humor irreverente. Y que también se han ganado el beneplácito de la crítica. Scott ha participado además en Viaje de pirados o Colega, ¿dónde está mi coche?, y Rudd ha colaborado con Judd Apatow en Lío embarazoso, Paso de ti o Virgen a los 40. Este último opina que "estamos viviendo una época de subidón, pero la crítica y la taquilla acabarán por aburrirse de este registro". "Ya", interviene Scott, "pero desde que los productores dejaron de temer que la categoría para mayores de 13 años les reventara los beneficios, todos hemos salido ganando". Para Rudd, "todo empezó con Algo pasa con Mary. Los Farrelly introdujeron bromas irreverentes o chistes a costa de discapacitados, llevándolo todo a un nivel de absurdo nunca antes visto... Pero, sobre todo, lo que sus películas transmiten es felicidad, que se lo han pasado bomba haciéndolas. Creo que ahí radica su máximo valor y lo que le transmiten a la gente. Últimamente, el mundo ha sido un lugar bastante deprimente, quizá por eso la gente aprecia el espíritu crítico de estas comedias".

Aparte de los inevitables gags sobre sexo, Mal ejemplo contiene coñas a costa del consumo de drogas o el racismo a la inversa (de negros hacia blancos) y hasta una inesperada reivindicación del grupo de glam rock Kiss ("y pensar que yo di la tabarra con que fuera a los Rolling Stones", recapacita Scott, "qué equivocado estaba"). Los protagonistas, tras montar un escándalo público a la puerta de un colegio, son condenados a cumplir horas de servicio social para evitar la cárcel adoptando cada uno a un niño con problemas. Con lo que no cuentan es con que la directora del centro (la memorable Jane Lynch) sea una ex politoxicómana "que desayunaba coca" y las criaturas sean una versión miniaturizada de Chris Rock (Bobb'e J. Thompson) y un frikazo enganchado a las batallitas de rol medievales en el mundo real (el inmenso Christopher Mintz-Plasse, más conocido como McLovin en Supersalidos). Viendo todo esto cuesta pensar que en su origen esta película fuera concebida como un drama y, según sopla Scott, Tom Cruise encabezara el reparto idóneo. "¿Qué podemos decir? En Hollywood no hacemos películas, sino frankensteins".

Antes de devolverles a su nueva vida, queremos saber si ellos también pasaron por alguna etapa conflictiva en su infancia. "Yo no saldré de esa etapa hasta que muera", responde Scott. "Pues yo, mi mayor conflicto lo viví cuando aparqué tardíamente los Lego y me entregué a la música new wave: iba al colegio con los pantalones de lamé dorado de mi madre y quería blanquearme el pelo. Creciendo en Kansas, lo más que podía ofrecer era una versión del medio oeste de lo que se suponía que tanto molaba en Londres. Un cuadro".

Mal ejemplo se estrena hoy.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de enero de 2009