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Tragedia

Nos hemos acostumbrado a exigir responsabilidades. Cualquier desgracia ha de tener un responsable. Es una característica de la posmodernidad urbana: la convicción de que si todo el mundo hiciera exactamente lo que tiene que hacer, si en cualquier circunstancia se movilizaran todos los medios disponibles (y el Estado, según nuestra concepción, cuenta con medios ilimitados), no existiría la tragedia.

Pero la tragedia existe, y seguirá existiendo. El viento derribó el sábado un edificio en Sant Boi, cerca de Barcelona, y unos niños que jugaban a béisbol quedaron sepultados bajo los cascotes. Eso es lo que llamamos tragedia. Y dentro del mecanismo trágico, que (no lo olvidemos) sirve para marcar los límites de la vida y las personas, las fronteras que nos separan de la divinidad o de la nada, funciona otro tipo de responsabilidad que ni es posmoderna ni se extiende al ámbito público. Es lo que, en términos judeo-cristianos, conocemos como culpa. Los padres se culparán por haber permitido que sus hijos salieran de casa. Los entrenadores se culparán por haber llevado a los chicos al interior del edificio. Los supervivientes se culparán por seguir con vida. Esa culpa no es real. Nadie es culpable. Esa culpa, sin embargo, es uno de los atributos de la humanidad. Esa culpa es el poso sólido y amargo del amor.

Espero que disculpen los párrafos anteriores, quizá extemporáneos en un lugar como este. Se deben, probablemente, a que la tragedia de Sant Boi no me es del todo ajena.

Dicho esto, recordemos que no todo en la vida es tragedia. Y que algunas desgracias sí tienen responsables. Hablemos, pues, de la serie que estrenó Telecinco el domingo por la noche: ¡A ver si llego! José Luis Moreno ha producido series muy entretenidas, como Aquí no hay quien viva. En esta ocasión ha perpetrado un engendro imperdonable. ¡A ver si llego! reúne las condiciones necesarias para ofender, disgustar y abochornar a todos los segmentos de la audiencia. Si el lector la ha visto, no necesito extenderme. Si no la ha visto, quede constancia del aviso: de lo peor que se ha emitido en España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 26 de enero de 2009.

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