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COLUMNA

Rebajas

Todo el país arde en rebajas. Ayer hice un viaje en autobús urbano y como estaba aburrido presté atención a lo que hacía y decía la gente de alrededor. Una señora había conseguido un fular precioso -dijo- por 12 euros. Un chaval enarbolaba orgulloso unas zapatillas deportivas rebajadas hasta un 70%. Un circunspecto caballero miraba estupefacto su paraguas, un artilugio convertible en asiento que se había agenciado por un miserable billete de 50 euros. Todos estaban felices, alborozados, exultantes. ¿Y luego dicen que estamos en crisis? Si se fijan, nunca hay rebajas de lo imprescindible, sólo de lo prescindible. Cuando el precio de los productos básicos (los tomates, el pollo, el arroz) se atenúa, decimos que bajan, no que se rebajan. Quedaría curiosa una parada del mercado central con carteles del tipo "olivas negras, 50%", "manzanilla, 30%", "pepinillos, liquidación total" (se lo voy a sugerir a mi proveedor de encurtidos a ver si tiene envidia de esos carteles y se anima). Tampoco rebajan los precios de los pisos, los bajan, pero sí que rebajan los de los coches: uno tiene que vivir en algún sitio, pero a falta de coche, buenas son la moto y la bici.

Habrá que concluir que esta efervescencia de las rebajas, en las que nos gastamos un pastón cada año para hacernos con cosas que podríamos pasar por alto tranquilamente, pone de manifiesto que la crisis es menos grave de lo que dicen. No tan deprisa: las rebajas son una muestra de lo que los latinos llamaban carpe díem, es decir, goza el momento y no pienses en el mañana. Total, como lo que te queda en el bolsillo no llega para pagar la hipoteca y te van a quitar el adosado de todos modos, gástatelo y a vivir que son dos días. Visto así, se podría decir que los establecimientos que ofertan rebajas vienen a ser instituciones beneméritas que velan por nuestra salud mental. Se acabó la sórdida historia de depresiones en la cuesta de enero: ahora llegamos eufóricos a Fallas, a la Magdalena y a San Juan porque las rebajas duran hasta finales de febrero por lo menos -el año pasado por esas fechas me compré un utilísimo artilugio para romper el caparazón de las nécoras (el desayuno habitual en los bares valencianos, como es sabido) por sólo siete euros-.

Cuando uno tiene una intuición es como si el mundo se le presentase bajo una nueva luz: aquí lo que hacen falta son rebajas, ¡más rebajas! Sospecho que el Gobierno valenciano ha tenido una revelación parecida y, como Saulo, también se ha caído del caballo. Porque las medidas anticrisis, que les reclaman desde la oposición, ya están aquí, son sus rebajas de impuestos a emprendedores, jóvenes y demás. Relájense y disfruten, aprovechen el día, carpe díem. ¡Alto ahí! -me espeta uno de los (ya escasos) ciudadanos valencianos que aún se indignan por el estado de los asuntos públicos: una cosa son las rebajas (vender lo mismo más barato) y otra, los saldos (colar piezas defectuosas o de mala calidad disfrazadas de rebajas)-. Me han pillado. Lo de los servicios públicos valencianos, en efecto, es un saldo, vivimos en una comunidad autónoma en liquidación total. No es que esa operación de hernia, que mi vecina lleva año y medio esperando y que le han cambiado por una faja, esté rebajada, es que es un saldo. Tampoco la clase con goteras de los hijos de esta señora se justifica porque ella pague menos (¿?) impuestos que su prima de Teruel. Pero mientras la gente siga sin darse cuenta y encima piense que la sanidad y la educación son más o menos prescindibles, aquí no habrá pasado nada y la euforia de las rebajas continuará sosteniendo a la autonomía con mayor crecimiento del paro de toda España. A falta de espectáculos mundiales, ahora estamos dando el espectáculo, que no es lo mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de enero de 2009