Reportaje:EL ENIGMA DEL ÁNTRAX

¿Asesino o cabeza de turco?

Un científico murió en 2008 en un presunto suicidio, tras ser acusado por los ataques con ántrax en Estados Unidos. Ahora, una investigación de 'The New York Times' duda del trabajo del FBI en el caso

En el laboratorio del Ejército en Fort Detrick, el cerebro del Gobierno para la defensa biológica, Bruce Edwards Ivins, se paró un instante para inmortalizar su momento como centro de todas las miradas cuando el pánico por ataque con ántrax de 2001 alcanzó su punto álgido. Ivins tituló su correo electrónico: "En el laboratorio". Y adjuntó fotografías: el demacrado microbiólogo mirando placas de Petri con ántrax y colonias de esta bacteria mortífera, comas blancas sobre un nutriente rojo sangre. Fuera del laboratorio, esa mañana del 14 de noviembre de 2001, cinco personas estaban muertas o moribundas, una docena estaban enfermas y cientos de personas aterradas inundaban las urgencias de los hospitales. El servicio de correos estaba paralizado; los senadores y los jueces del Tribunal Supremo habían abandonado sus contaminados despachos, y el FBI estaba luchando contra un microbio como arma homicida y se enfrentaba a un escenario criminal que se extendía desde Nueva York hasta Florida.

Si el FBI se ha equivocado significará que un hombre atormentado ha sido acosado hasta la muerte
El Ejército descubrió que el científico había sacado esporas de ántrax fuera del laboratorio
Con el registro de su casa, el 1 de noviembre de 2007, la vida de Bruce Ivins empezó a venirse abajo
Pasó una larga temporada internado por su dependencia alcohólica. Al volver a casa, el FBI le esperaba

Pero Ivins estaba muy animado: un científico anónimo que por fin estaba en el centro de los grandes acontecimientos. "Hola a todos", empezaba su mensaje de correo electrónico. "Hoy hemos estado sacando unas fotos de cultivos de agar sangre de la ahora infame cepa de bacillus anthracis. Aquí van unas cuantas". Envió el correo a aquellos que estaban acostumbrados a recibir sus chistes cutres y sus adustos comentarios sobre noticias: a su mujer y sus dos hijos adolescentes, ex compañeros de trabajo y antiguos compañeros del instituto. Incluso incluyó a un agente del FBI que estaba trabajando en el caso. Ivins, que había ayudado a desarrollar una vacuna contra el ántrax para proteger a las tropas estadounidenses, se había pasado toda su vida profesional esperando un ataque biológico. De pronto, a la edad de 55 años, estaba asesorando al FBI y obsequiando a sus amigos con descripciones terroríficas del polvo mortífero; sus conocimientos técnicos estaban muy solicitados.

No obstante, una de las personas que recibieron el mensaje, una antigua compañera de la escuela de posgrado, miró la foto de Ivins y sacó una conclusión espeluznante: "Leí el correo y me dije: 'Ha sido él", aseguraba recientemente la científica Nancy Haigwood en una entrevista.

Después de aproximadamente siete años y muchos millones de dólares, tras una investigación en la que se emplearon los últimos adelantos de la ciencia y se cometieron meteduras de pata muy caras, el FBI concluyó que Haigwood tenía razón: el asesino del ántrax había estado todo el tiempo en el bando de los investigadores.

Los fiscales afirmaron que creían tener las pruebas necesarias para demostrar que Ivins había llevado a cabo los atentados en solitario, pero sus afirmaciones se toparon de inmediato con el escepticismo de algunos científicos, legisladores y compañeros de trabajo de Ivins. Con el FBI a punto de cerrar el caso, The New York Times ha sometido la investigación al análisis más minucioso hasta la fecha; ha hablado con docenas de compañeros de trabajo y amigos de Ivins, leído cientos de sus correos electrónicos, entrevistado a ex investigadores del FBI y a expertos en ántrax, revisado registros de tribunales, y ha accedido, por primera vez, a los registros policiales sobre su suicidio el pasado mes de julio, incluida una larga entrevista grabada con su mujer. Dicho análisis reveló que, a menos que salgan a la luz nuevas pruebas, la cuantiosa inversión pública en el caso no ha arrojado nada más convincente que una fuerte presunción, basada en una serie de circunstancias condenatorias, de que Ivins fue el autor del crimen. Al centrarse durante años en el hombre equivocado, el FBI perdió de vista pistas más que suficientes sobre el hecho de que Ivins merecía un análisis más a fondo.

Hasta que, cerca de cinco años después de los ataques, el FBI cambió al responsable de la investigación, no analizaron de una forma exhaustiva las actividades de Ivins. Este retraso -y su muerte por suicidio- puede que impidan para siempre que se llegue a un resultado más concluyente. Brad Garrett, un respetado ex agente del FBI que participó al principio en el caso antes de jubilarse, afirmó que la lógica y las pruebas señalan a Ivins como la persona con más probabilidades de ser el autor del crimen. "¿Demuestra esto de manera concluyente que lo hizo? No", sostuvo Garrett. "Sin una confesión y sin un juicio", explicó, "nos vamos a quedar sin llegar hasta la cima de la montaña".

El análisis de The New York Times revela que el FBI discrepaba de la afirmación, extendida entre los científicos que consideran que Ivins era inocente, de que el ántrax podría haber tenido su origen en los programas de investigación militar y de espionaje en Utah y Ohio. En 2004, unas pruebas científicas secretas concluyeron que el ántrax enviado por correo había sido cultivado en algún lugar cerca de Fort Detrick. Y los especialistas en ántrax que no habían expresado su opinión con anterioridad aseguraron que, al contrario de lo que afirmaban algunos escépticos, Ivins contaba con el equipo y los conocimientos técnicos necesarios para fabricar el polvo en su laboratorio.

Además, unos agentes del FBI han demostrado que Ivins, católico, músico de iglesia y malabarista aficionado a quien sus colegas apreciaban, les había ocultado una oscura faceta de enfermedad mental, alcoholismo, obsesiones secretas y amagos de violencia.

Aun así, las dudas persisten. El caso será revisado este año por la Academia Nacional de Ciencias y por el Congreso. Si el FBI se ha equivocado, significará que un hombre atormentado ha sido acosado hasta la muerte y que el autor del crimen del ántrax todavía anda suelto, como creen muchos de los compañeros de Ivins en Fort Detrick. Cuando científicos de su instituto comenzaron su propia investigación sobre las acusaciones contra Ivins, oficiales del Ejército visiblemente nerviosos ordenaron que se abandonara la investigación. El pasado mes de noviembre, cuatro de los compañeros más próximos a Ivins escribieron una elogiosa necrológica sobre su "valioso colaborador" en la revista Microbe, la principal publicación en temas de microbiología de Estados Unidos. En el texto no se menciona la acusación de que fuera el responsable de los ataques con ántrax, una forma singular de expresar su protesta por las acusaciones formuladas por el FBI contra Ivins.

En los emotivos días que siguieron al 11-S, sus amigos no se sorprendieron cuando Ivins se convirtió en voluntario de la Cruz Roja. El 22 de septiembre de 2001 -una fecha que, según se supo después, estaba entre los dos envíos por correo de ántrax- fue a una clase de la Cruz Roja: introducción a los servicios frente a catástrofes. Le gustaba el ambiente, les contó a sus amigos, y tres meses después, cuando la abrumadora carga de trabajo provocada por las cartas con ántrax empezó a amainar, se apuntó a más cursos. Tras señalar que trabajaba en el instituto del Ejército, en el formulario para apuntarse de diciembre de 2001, escribió: "A lo mejor puedo ser de ayuda en caso de una catástrofe relacionada con agentes biológicos".

Bruce Ivins era mucho más de lo que sus colegas del Ejército se podían imaginar, y Haigwood -una de las personas que trabajaron con Ivins- lo sabía.

En noviembre de 2001, cuando Nancy Haigwood recibió por correo electrónico una fotografía de Ivins trabajando con ántrax en el laboratorio, se dio cuenta de que no llevaba guantes, una violación de la seguridad que, según ella, demostraba un desconcertante "orgullo desmedido". Esto acrecentó su presentimiento de que fue él quien envió las cartas mortíferas. Al ser consciente de que sus sospechas se salían de lo común, se las calló. Pero tres meses después, la Sociedad Estadounidense de Microbiología envió a sus 40.000 miembros una petición del FBI. "Es muy probable que uno de vosotros o más de uno conozca a este individuo", decía el mensaje. Los agentes del FBI que trabajan con perfiles creían que el asesino podía haber fabricado el ántrax en "horas fuera de trabajo en un laboratorio".

Haigwood llamó al FBI y dos agentes fueron a verla. Después de esta visita la llamaron periódicamente, pero no dieron muestras de que hubieran intentado confirmar sus acusaciones contra Ivins por vandalismo y acoso. Poco después de la llamada de Haigwood, los investigadores tenían otra razón para investigar a Ivins. El Ejército descubrió que en diciembre de 2001 el científico había sacado muestras de unas esporas de ántrax fuera del espacio seguro del laboratorio. Al sospechar que la mesa del despacho de un técnico estaba contaminada -declaró Ivins posteriormente a un investigador del Ejército-, había hecho pruebas y había encontrado un bacilo, la clase de bacteria en la que se incluye el ántrax. Fregó la mesa con lejía, pero no informó del accidente, aunque sí se lo mencionó a Anderson, su amigo experto en ética, unas semanas más tarde. "No tenía ninguna intención de gritar: '¡Que viene el lobo!", escribió Ivins a investigadores del Ejército en abril de 2002. "Habría inquietado a muchas personas sin un motivo de verdad". No obstante, Ivins escribió que no recordaba si había vuelto a realizar pruebas en busca de ántrax en la mesa después de limpiarla, tal y como exige el reglamento.

La conducta de Ivins constituía una flagrante violación de los estándares de seguridad. Las esporas de ántrax fuera de las áreas de contención podían poner en peligro a cualquier persona que no estuviera vacunada. Cuando se investigó debidamente el accidente, se encontraron tres cepas de ántrax fuera del laboratorio, incluida la cepa Ames en la mesa de Ivins. Además, el FBI contaba también por entonces con informes detallados que mostraban cuándo entraban y salían los científicos de los laboratorios seguros. Los documentos revelaban que Ivins había estado trabajando hasta más tarde de lo normal en su laboratorio varias noches antes de cada uno de los envíos de cartas con ántrax, una conducta que se salía de la rutina, incluso en un instituto en el que trabajar por la noche era habitual. Aun así, ni el accidente ni las horas extra por la noche levantaron las sospechas de los que investigaban el caso del ántrax. Estaban muy centrados en otro sospechoso.

Pero el ántrax era el núcleo de la vida laboral de Ivins. "Estaba a cargo de la fabricación de grandes cantidades de esporas húmedas para investigación", explicó John W. Ezzell, un compañero de Fort Detrick cuyos conocimientos técnicos sobre el ántrax estaban a la par con los de Ivins. "Así que si hay alguien que pudiera haber fabricado muchas esporas sin levantar sospechas es él". Aunque durante años se prolongó un debate público sobre si el ántrax enviado por correo había sido "convertido en un arma" con complejos aditivos químicos, el FBI no tardó en concluir que no había sido así. Ezzell estaba de acuerdo, al igual que Jeff Mohr, experto en ántrax y otros patógenos en el campo de pruebas Dugway del Ejército en Utah. Sin pronunciarse en torno a la culpabilidad o la inocencia de Ivins, tanto Ezzell como Mohr consideraron que cualquier microbiólogo experimentado podría haber cultivado y secado el ántrax utilizando los equipos que Ivins tenía en su laboratorio. El paso más complicado, explicaron, era fabricar ántrax con la elevada concentración de esporas por gramo que había en las cartas, una habilidad que Ivins había llegado a dominar.

Pero incluso si Ivins pudo haber fabricado el ántrax, ¿lo hizo? "A muchos de nosotros nos ha costado aceptarlo", aseguró Ezzell. "Era un amigo fiel, un trabajador diligente". Los agentes del FBI pensaban que estaban elaborando una acusación factible contra Ivins, pero seguía habiendo enormes lagunas. No había ninguna prueba que lo situara en Princeton, Nueva Jersey, desde donde se enviaron las cartas. No había ningún recibo que demostrara que había comprado los sobres en los que se enviaron. Ninguna cámara de seguridad lo había pillado fotocopiando las notas que acompañaban el ántrax. Y en sus correos electrónicos y conversaciones con confidentes, los agentes tampoco pudieron encontrar ni un atisbo de confesión. Un compañero que conocía bien a Ivins les dijo: "Si Bruce hubiera hecho esto, nunca habría sido capaz de no decir nada al respecto". Aun así, los agentes sabían que llevaba una vida con muchos recovecos. Se iba de vacaciones con su hermano, Charles, todos los años, pero Charles no tenía ni idea de que Bruce hubiera tenido un problema con la bebida por el que había recibido tratamiento en una clínica y en Alcohólicos Anónimos. Ivins se pasaba horas chateando en Internet sobre hermandades secretas femeninas, pero su familia no tenía conocimiento de ello.

A algunos agentes de FBI les obsesionaba el precedente de Steven Hatfill, el científico que fue el primer sospechoso del FBI. Hatfill también era un excéntrico. Él también se había dado a la bebida cuando lo empezaron a analizar con lupa. Él también se había vuelto depresivo y errático bajo la mirada implacable del FBI. ¿Qué habría pasado si Hatfill se hubiera suicidado en 2002, tal y como sus amigos temían que hiciera? ¿Los investigadores habrían hecho públicas sus pruebas y anunciado que el autor del crimen estaba muerto?

En mayo de 2007, Ivins -al que los fiscales aseguraron que no era objeto de la investigación -testificó bajo juramento ante un gran jurado

[que decide sobre si hay indicios para una posible acusación] durante dos días consecutivos. Respondió a todas las preguntas sobre el ántrax. Sólo una vez exigió su derecho a no autoincriminarse, amparándose en la Quinta Enmienda, cuando le preguntaron acerca de su interés por las secretas hermandades femeninas universitarias.

Empezando por el registro de su casa el 1 de noviembre de 2007, la vida de Bruce Ivins empezó a venirse abajo irrevocablemente. Mientras algunos agentes sacaban archivos, ordenadores y pistolas de la casa, otros hacían preguntas a su mujer y a sus hijos, insinuando que sabían que era el asesino. Los responsables de Fort Detrick le prohibieron trabajar con ántrax. Su carrera se había terminado. El pasado mes de marzo, después de beber una mezcla de vodka con zumo de frutas que había tomado por costumbre y de añadir una dosis cuantiosa de Valium, perdió el conocimiento y fue encontrado por su mujer, Diane. A pesar de que Ivins lo negó, ella estaba convencida de que había sido un intento de suicidio. "Ha estado muy, muy estresado por la forma que ha tenido el FBI de acosarlo", les dijo después Diane Ivins a los agentes de policía en una entrevista grabada. "Siempre lo han tratado como si fuera culpable, y veía que él ya no podía aguantarlo más".

Ivins se pasó gran parte de la primavera con un tratamiento por su problema con el alcohol en una clínica a las afueras de Washington y en la parte oeste de Maryland. Pero cuando volvió, los agentes del FBI seguían allí, vigilando su casa y siguiéndolo. El 10 de julio Ivins llegó a un punto sin retorno. Dijo a su grupo de terapia que esperaba que lo acusaran de cinco asesinatos y habló de suicidarse y llevarse a otros consigo, utilizando su rifle del calibre 22, su pistola Glock y un chaleco antibalas. Avisados por la terapeuta, unos policías de Frederick sacaron a Ivins del laboratorio del Ejército ese mismo día. Se inscribió voluntariamente en el hospital psiquiátrico Sheppard Pratt, en Baltimore.

Después de una estancia de dos semanas devolvieron a Ivins a su casa con su mujer. Ella le había dejado una sentida nota en su dormitorio, diciéndole que esperaba que pudiera darle un giro a su vida y que pudieran disfrutar de la vida juntos. "No entendía que tantas personas que estaban con él en el programa del tratamiento hubieran perdido a su familia por el alcoholismo", dijo Diane Ivins más tarde a la policía. "Así que quería escribir lo que sentía porque le quería, quería que volviera y que se recuperara para que pudiéramos retomar nuestra relación. Se iba a jubilar en septiembre e íbamos a viajar y a disfrutar por fin de nuestros hijos mayores". Su nota era directa. "Estoy herida, preocupada, confundida y enfadada por lo que has hecho estas últimas semanas", escribió. "Me dices que me quieres, pero has sido grosero y sarcástico y desagradable muchas veces cuando has hablado conmigo. Me dices que no vas a comprar más armas y luego rellenas una solicitud en Internet para obtener un permiso de armas".

Diane Ivins escribió a su marido que estaba pagándoles mucho dinero a sus abogados, pero que estaba haciendo caso omiso de los consejos que le daban al contactar con dos antiguas ayudantes de laboratorio con las que estaba obsesionado. Salía a horas intempestivas, paseando por el vecindario a altas horas de la noche y bebiendo tanta cafeína que estaba "saltarín y nervioso", escribió. Pero la nota de Diane Ivins también expresaba apoyo. "Al final del papel escribí que sabía que no había estado implicado en el asunto de las cartas con ántrax de ningún modo y que nunca había dudado de su inocencia", asegura la mujer que decía conocerlo mejor que nadie.

Incluso cuando Diane Ivins recogió a su marido en el hospital de Baltimore el pasado 24 de julio, su terapeuta de grupo, Jean C. Duley, estaba en un juzgado de Frederick testificando sobre las amenazas que Ivins le había dejado en su contestador automático. Un juez dictó sentencia, a las 10.37, en la que obligaba a Ivins a permanecer alejado de ella. La orden no sería necesaria. A las 12.31, según los informes comprobados por la policía de Frederick, Ivins pasó por la tienda de alimentación Giant Eagle cerca de su casa y compró Tylenol PM, paracetamol y antihistamínicos. Hizo una pequeña compra y rellenó tres recetas para su enfermedad mental, posiblemente una señal de que estaba pensando en el futuro. Luego, a las 13.21, visiblemente preocupado porque no tenía la medicación suficiente para el propósito que tenía en mente, se compró una segunda caja de Tylenol PM.

Durante los dos días siguientes, Diane Ivins hizo el turno de la comida en una cafetería cercana, fue a nadar a Fort Detrick y fue al bingo como todos los viernes. Al entrar y al salir de la casa, vio que su marido estaba durmiendo, pero que se había levantado al menos unas cuantas veces para coger el correo y desayunar. No se preocupó mucho. Como estaba deprimido y no le permitían acceder a su laboratorio, se pasaba muchos días en cama. Y en la parte de atrás de su nota había garabateado que tenía un dolor de cabeza terrible y que iba a descansar. "Por favor, déjame dormir", escribió. "Por favor". Después de encontrarlo en el suelo del baño en mitad de la noche del sábado, la voz de Diane Ivins en la cinta del teléfono de emergencias sonaba tranquila y metódica: "Está inconsciente. Está respirando con rapidez. Está húmedo". Ya había pasado por esto. La persona al otro lado del teléfono se ofreció a seguir hablando con ella hasta que llegara la ambulancia. "Estoy bien", respondió.

Bruce Ivins, aficionado a los secretos, se llevó consigo todo lo que sabía sobre los atentados con ántrax. Pero dejó una sorpresa más para su familia: una cláusula en su testamento con el objetivo de hacer cumplir su deseo de que lo incineraran y de que esparcieran sus cenizas. Si no cumplían sus peticiones, cerca de 37.000 euros de su patrimonio no irían a parar a la familia, sino a Planned Parenthood of Maryland, cuyos servicios para ayudar a mujeres a abortar Diane Ivins aborrecía. Fue el último y artero paso de un hombre cuyas excentricidades, en opinión de muchas personas, hicieron que la acusación del ántrax del FBI resultara más creíble. Pero al igual que tantas cosas sobre Ivins, esa petición tenía otra lectura. El FBI expuso la teoría de que Ivins había mandado cartas con ántrax a los senadores Leahy y Daschle porque eran católicos a favor del aborto, un insulto a sus opiniones antiabortistas. ¿Habría flirteado un absolutista contra el aborto con hacer una donación a una causa que aborrecía?

El 6 de octubre, un abogado de la familia Ivins presentó una certificación ante el Juzgado de Distrito del Condado de Frederick para evitar que Planned Parenthood se llevara el dinero. Sus cenizas, se señalaba en el documento, "se esparcieron o se desperdigaron por la tierra, tal y como él quiso".

Traducción de News Clips © The New York Times

Bruce Ivins, investigador de la vacuna contra el ántrax, en una imagen tomada en 2003 antes de que el FBI le considerara sospechoso.
Bruce Ivins, investigador de la vacuna contra el ántrax, en una imagen tomada en 2003 antes de que el FBI le considerara sospechoso.AP
Un equipo de emergencia se limpia de material sospechoso tras entrar en una oficina de correos donde se produjeron dos muertes por ántrax en 2001.
Un equipo de emergencia se limpia de material sospechoso tras entrar en una oficina de correos donde se produjeron dos muertes por ántrax en 2001.EPA

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