Columna
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Feliz 2009

En los números de Navidad del TBO que yo leía de pequeña, siempre había una página dedicada a la Nochevieja. El año que terminaba aparecía como un anciano de pelo blanco y largas barbas, que caminaba encorvado sobre un bastón. Frente a su decrepitud, el año nuevo era un bebé con pañales y chupete que arrastraba un racimo de uvas por el suelo. Lo recuerdo porque hoy nadie dibujaría así a 2009, un año que nace viejo, enlutado y agónico, como la amarga penitencia que debemos padecer antes de conquistar los pañales y el chupete de 2010.

2008 ha sido el año del "espera y verás", del "esto no es nada", del "hay que apretarse el cinturón para aguantar lo que viene". El desconcierto inicial frente a una crisis de características insólitas ha dado paso muy pronto a la proliferación de recetas tradicionales, regulaciones de empleo, moderación salarial, expedientes de crisis. Todo muy bien aliñado, eso sí, con principios teóricos irrefutables, como todos los que se elaboran cuando ya no sirven de nada. Los grandes sabios de la economía mundial están de acuerdo en el diagnóstico de una situación que, con toda su sabiduría, ninguno vio venir cuando todavía estaban a tiempo de prevenirla.

Pero 2009 está aquí y tiene derecho a llevar pañales, porque no nos queda más remedio que vivirlo. La crisis no evitará que en el año que empieza se enamore mucha gente. Y frente a los pronósticos más negros, habrá insensatos que tengan hijos deseados. Y, tal vez, el desprestigio de los grandes gurús del dinero devolverá cordura y sensibilidad a una sociedad que lo ha sacrificado todo al ídolo del consumo superfluo, el sueño de la razón que ha producido los monstruos que nos están devorando. Frente al pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad. Lo dijo una vez Antonio Gramsci, y yo quiero repetirlo ahora para desearles un feliz 2009.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 28 de diciembre de 2008.