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COLUMNA

Seducción

"Estoy sintiendo tu perfume embriagador", cantaba un falso Sinatra en El Padrino, mientras un compinche le cortaba la cabeza a un caballo de carreras y la introducía entre las sábanas de su dueño que se estaba portando mal con la familia. Ese mismo perfume exhalaba, tal vez, la humeante infusión que en la alcoba más íntima del Vaticano le fue ofrecida al papa Luciani para ahuyentarlo a toda prisa de este perro mundo. Poco después, el banquero Roberto Calvi se balanceaba con la soga al cuello en un puente de Londres y el falso Sinatra cantaba esa misma melodía, que suena ahora en todas las bodas y bautizos, pero nunca en ciertos funerales. Quisiera saber por qué ese perfume embriagador, que llega directamente de aquel Chicago de la Ley Seca, mantiene todavía intacta su seducción, hasta el punto que cuatro fiambres humanos colgados de un gancho de carnicería en un matadero entre terneras desolladas están llenos de glamour si esa acción la realizan unos mafiosos italianos y nos parece repugnante cuando la ejecutan unos colombianos o mexicanos con todo su bigotón. La fascinación se debe, sin duda, a que los crímenes de la Mafia participan aún de la estética que les inocularon los Borgia en el Renacimiento y que el cine ha convertido en mitología. ¿Qué es más seductor, morir baleado con media cara enjabonada en una barbería de Brooklyn y que a continuación llegue Scorsese con las cámaras, o que el cadáver hecho un colador se pudra al sol bajo una nube de moscas en la terrosa frontera de Tijuana, aunque después los hermanos Cohen tomen cartas en el asunto y se gasten medio presupuesto de la película en zumo de tomate? La delincuencia de nuestra época está llena de violentos patanes. La fascinación del crimen organizado ya no existe. Pese a que algunos se disfrazan a la manera siciliana con una camisa oscura, la corbata rosa y la hombrera cuadrada, a nuestros criminales no hay novela policíaca ni cine negro que los pueda salvar de la caspa. Una sociedad se define también por la calidad de sus asesinos y hoy el más sanguinario no aguanta la crónica de sucesos de un par de telediarios. Tiempos aquellos en que el tambor del revólver de los mafiosos servía de batería a la orquesta de Tommy Dorsey en la que cantaba el auténtico Sinatra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de octubre de 2008