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Necrológica:En memoria de Ignacio Soldevila, historiador y crítico literario

Una vida cumplida

El fallecimiento en Quebec (Canadá) del historiador y crítico literario valenciano, tan temido como esperado, se produjo el 19 de septiembre, cuando iba a cumplir los 80 años. En las dos últimas décadas, tras jubilarse en la Universidad Laval, donde había desempeñado casi todo su magisterio, pasaba largas temporadas en Alicante, en cuya universidad impartió cursos de doctorado.

Era miembro correspondiente de la Real Academia Española, pero su vinculación no fue meramente honorífica, ya que colaboró como redactor en el Diccionario histórico y fue consejero de lexicografía electrónica. En 2002 se le concedió el Premio Lluís Guarner por el conjunto de su obra y por la relevancia de sus estudios acerca de Max Aub.

Dar cuenta aquí de sus infinitos trabajos de investigación resulta una tarea imposible. Para que se hagan una idea, no sólo se ocupó del teatro medieval, sino también de nuevos narradores como Belén Gopegui. Quizás, en una necesaria síntesis, destacaría sus estudios sobre Valle-Inclán; sobre la prosa del llamado arte nuevo, en especial sus trabajos relacionados con la obra de Gómez de la Serna; sin olvidar los de literatura fantástica, veneno que compartió con Antón Risco. Y, sin embargo, volcó sus esfuerzos, sobre todo, en la revalorización de la literatura del exilio republicano español, centrándose en la figura de Max Aub, sobre quien escribió su tesis doctoral. Le gustaba contar los problemas que tuvo en la Complutense con el catedrático Entrambasaguas cuando quiso hacer la tesina sobre Aub. Sólo le permitieron que se ocupara de la obra anterior a la Guerra Civil. Entre los numerosos estudios que le dedicó, destacaría el libro pionero, La obra narrativa de Max Aub (1929-1969) (1973), así como su última gran contribución, El compromiso de la imaginación. Vida y obra de Max Aub (1999).

Mantengo con él una deuda pendiente que hasta ahora sólo he podido cumplir a medias: la edición de los dos libros de cuentos de Álvaro Fernández Suárez, autor desconocido que él me descubrió, facilitándome sus raras primeras ediciones, y alentándome a escribir sobre tan insólita obra narrativa breve. A este mismo autor consagró uno de sus últimos trabajos, el prólogo a la excelente novela Hermano perro.

Su otra gran dedicación fue la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX, materia a la que contribuyó con dos sólidos volúmenes de imprescindible consulta: La novela desde 1936 (1980), luego actualizado en Historia de la novela española (1936-2000) (2001). Desde que le descubrieron la grave enfermedad que ha acabado con su vida, un tumor en el páncreas, se propuso que ese inmenso trabajo no quedara truncado, que alguien completara el volumen acercándolo a nuestros días, para lo que encontró la persona ideal en el joven investigador Javier Lluch, a cuya disposición puso todos sus archivos.

Colaboró en numerosas revistas académicas y de actualidad, como Papeles de Son Armadans, Ínsula o Quimera (en los años que la dirigí fue colaborador habitual), siendo también crítico literario en diarios como El Sol (un fichaje del gran Longares) y Abc. Ni que decir tiene que se trataba de uno de los más eminentes especialistas en narrativa española de las últimas décadas; no en vano, sin sus trabajos hoy resulta imposible comprenderla en su complejidad, con especial dedicación a autores tan distintos como Francisco Ayala, Camilo José Cela, Juan Marsé, Miguel Espinosa, José María Merino o Alfons Cervera, por citar unos pocos nombres. Durante muchos años, uno de los alicientes a la hora de acudir a una ciudad más o menos lejana, como El Puerto de Santa María o Jerez, a los congresos organizados por las fundaciones consagradas a la obra de Luis Goytisolo o Caballero Bonald, consistía en encontrarme con Ignacio. Fue también invitado frecuente en mi universidad, la Autónoma de Barcelona, sobre todo a los seminarios y congresos del activo grupo de investigación sobre el exilio republicano, capitaneado por Manuel Aznar y Juan Rodríguez. Y, a menudo, cuando me surgía alguna duda y no sabía quién podría solventármela, recurría a él, que no tardaba en proporcionarme el dato o la rectificación exacta.

En estos últimos años, cuando conocíamos su enfermedad incurable, un grupo de amigos que lo apreciábamos nos conjuramos, en cierta forma, para intercambiar noticias sobre su estado de salud, sin molestarlo demasiado. Vivió estos tiempos con una entereza y serenidad extraordinarias, sin acobardarse, manteniendo el sentido del humor, sólo preocupado por el sufrimiento. Solía aducir, al respecto, una frase de Julio Templado, personaje de Campo de sangre: "Los hombres no temen a la muerte sino al dolor".

En el último correo que le escribí, en mayo pasado, le contaba que habíamos pensado dedicarle un homenaje en un congreso sobre narrativa española actual que iba a celebrarse durante el próximo mes de junio en Madrid, en la Casa de Velázquez. En su respuesta, tres horas después, me comentaba que, para entonces, ya sólo podríamos acordarnos "de las galas del difunto"... Concluía la carta con estas palabras: "Que la vida te siga dando la buena cara, y que cuando te llegue la hora, sea lo más breve imaginable".

Fue la suya una vida cumplida, de amor y entrega al estudio de la literatura, fiel a sus amigos, ponderado y ecuánime siempre. Su último rasgo de generosidad consistió en legar sus libros a la Biblioteca Valenciana. Todos los que hemos dedicado la existencia a la literatura española, escritores e investigadores, lo vamos a echar de menos. Ignacio Soldevila fue un interlocutor imprescindible, le debemos mucho.

Fernando Valls es profesor de Filología Hispánica de la Universidad Autónoma de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de septiembre de 2008