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DESDE MI SILLÍN | VUELTA 2008 | 14ª etapa

Día de necesidades

Ayer tuve un día lleno de necesidades. Ninguna grave ni urgente, es cierto, pero puedo asegurar que anduve todo el día insatisfecho; que cuando parecía que ya tenía todo lo que necesitaba, aparecía una nueva circunstancia y con ella cambiaban las necesidades. Y por hache o por jota, yo siempre era del grupo de los demandantes, siempre me faltaba algo.

Todo hacía presagiar un día intenso, y el presagio se cumplió. Era una etapa corta y nerviosa, con un principio de etapa en el que se enlazaban cuatro pequeñas subidas, una fase intermedia con dos puertos de primera, y un final por un valle ascendente que conducía a la estación de esquí de Fuentes de Invierno.

Mi primera necesidad incumplida fue que se saliese tranquilo. Ya sé que era pedir un imposible, pero como pedir es gratis, yo lo pedía amparándome en un hipotético cansancio general debido a la resaca del Angliru. Como preveía, no tuve suerte y pasé a necesitar más fuerza en mis piernas para aguantar el ritmo de los de adelante cada vez que la carretera ascendía.

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Por cierto, en estos primeros kilómetros era donde se sucedían los ataques para formar la escapada del día. No era ayer mi objetivo andar metido en esa guerra. Bastante tenía con sobrevivir. Para andar salseando, hubiese necesitado todavía más.

Después de unos 30 kilómetros de guerra se formó la inevitable escapada, y entonces tuve otra necesidad: que la lógica se cumpliese. Con unos cuantos cruces de miradas me sentí comprendido y acompañado. Había muchos que no sólo deseaban, sino que necesitaban lo mismo que yo.

Y durante un instante pareció que la lógica se cumplía, pero fue un espejismo. Otro equipo, que no era el que entraba dentro de la lógica, se puso a tirar a por la escapada y la cosa se lanzó y ya no se paró hasta la meta. ¡Qué agonía!

A partir de entonces necesité unos prismáticos, un catalejo o cualquier otro instrumento óptico para observar a larga distancia. Yo podía intuir lo que pasaba en la cabeza por lo efectos que provocaba en la cola -todo esto hablando del pelotón, que nadie lo interprete de otra manera-, pero en realidad ver, poco veía. Era tan larga la fila que la distancia era demasiado grande.

Y una vez en la fase final de la carrera, aunque parezca una ironía, lo único que necesitaba era que la carretera comenzase a ascender definitivamente para poder irme tranquilamente al grupetto. Y no, aquello era un sinvivir, porque circulábamos por un falso llano que ascendía lentamente y que prolongó aún más la agonía.

Ahora lo que necesito es simplemente un descanso. Y como dice el refrán (más vale tarde que nunca), acaba de llegar el momento en el que por fin voy a ver cumplidas mis necesidades. Ya iba siendo hora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de septiembre de 2008