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Crónica:VUELTA 2008 | 14ª etapa

Ya está

Contador, tras un gran trabajo de Mosquera, sentencia la carrera en Asturias con una segunda victoria exultante

No es cuestión de minutos de diferencia, no es cuestión de que ayer concluyeran las etapas montañosas en un puerto tendido, bonito y suave, de los que se suben con plato. No es cuestión de que ya sólo quede la cronoescalada de Navacerrada como único atractivo. El problema de los otros 149 ciclistas que aún quedan en la Vuelta es que un tal Alberto Contador ha decidido finiquitar la carrera cuando dijo, en Asturias, después de muchos circunloquios sobre sus planteamientos estratégicos.

Ayer en Fuentes de Invierno, en la frontera de Asturias con León, Contador decidió que no sólo había que materializar su victoria final, sino que había que hacerlo a lo grande, ganando la etapa con una pierna, con la cadena suelta, que se dice, después de un magnífico trabajo de Mosquera, valiente, atrevido, quizás inconsciente de lo que llevaba a sus espaldas (Contador y Leipheimer). Pero ¿qué iba a hacer? El gallego del Xacobeo sólo tenía una opción: romper a sus rivales humanos (Sastre, Valverde, Rodríguez, Gesink) y olvidarse de los inhumanos (Contador, Leipheimer) en espera de un acto de caridad ciclista por parte del corredor de Pinto, un detalle de generosidad del ganador de la Vuelta.

"¿Y ahora qué vais a decir?", bramó Álvaro Pino por la falta de relevos a su pupilo

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En eso pensaba Mosquera, con una mochila tan pesada a sus espaldas, tratando de hablar con Contador para pactar una victoria final a cambio de una distancia abrumadora. "No hubo momento de hablar", decía Mosquera, que sólo miró para adelante confiando en que la bonhomía de Contador arrastrara también al estadounidense Leipheimer.

Nada de nada. Álvaro Pino, el director del Xacobeo, bramó al término de la etapa contra Contador. "Tanto hablar de las críticas de Contador a Valverde cuando no quiso relevar en Pla de Beret, y ¿ahora qué? ¿Ahora qué vais a decir?", requería a la prensa.

Contador no perdonó. Se aprovechó del trabajo de Mosquera, que fue eliminando uno por uno a Valverde, primero, a Sastre, después, a Gesink, a Joaquim Rodríguez. Cada hachazo del ciclista gallego dejaba una herida en el escaso pelotón. La selección fue brutal en un puerto mediano. Y Contador se pegó a la rueda de Mosquera, insultante, con su compañero Leipheimer de escudero para lo que pudiera pasar.

Y surge la duda. ¿Qué hacer? ¿Apoyar a Mosquera en los relevos, sentenciar la clasificación y dejarle ganar, o aprovechar su tirón, desgastarle y llegado el momento saborear la gloria del éxito puntual y definitivo al mismo tiempo? Contador eligió lo último. Dejó hacer al gallego, bravo, valiente y en la ultima zona de dificultad levantó el culo del sillín y dijo adiós.

No trataba Contador de meter tiempo a sus rivales, sino de demostrarles que no hay nada que hacer, que ya está, que queda una semana de trámite, con resoluciones previsibles o juegos de estrategias y de palabras. Y en la cronoescalada de Navacerrada, en la penúltima etapa, sellar el triunfo exultante, sin ningún asomo de duda, para corroborar lo que anidaba en el espíritu de todos los ciclistas cuando la Vuelta arrancó en Granada: ganar a Contador sería casi imposible.

Tras los múltiples escondites, ya está. Contador era el líder, el jefe, el candidato, el triunfador, y ya lo es una semana antes de tiempo. O quizás dos semanas después de lo que se sabía. Hoy por hoy nadie puede ganar a Contador. Tanto fue así que ganó incluso cuando no lo pensaba. Y ya está.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de septiembre de 2008