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Los Coen se ponen esperpénticos con un resultado pasable

Aunque yo sienta que estoy de los nervios al pisar la T-4 ante el intolerable dato de que el monstruo eligió este aeropuerto hace una semana para su ritual de muerte y sufrimiento con gente que paradójicamente se disponía para que las anheladas vacaciones les otorgasen relajamiento y felicidad, percibo una inquietante calma entre la gente que se dispone a volar. Me encuentro con algunos compañeros que, debido a esa delincuencia legalizada conocida como overbooking, tendrán que renunciar al billete que adquirieron hace un montón de tiempo y esperar a que les encuentren un hueco en los próximos vuelos. Eso, que suele provocar lógica ira, se ha transformado en resignación. Tampoco parece encabronarse nadie por el casi habitual retraso de hora y pico ni cuando se escucha por los altavoces la ofensiva y grotesca justificación de "por causas ajenas a nuestra voluntad se ha producido esta demora...", o el infinito celo de las compañías aéreas para que nadie se suicide con nicotina, humo y alquitrán. Cuando el avión aterriza incluso se oyen algunos aplausos, costumbre que pertenecía al Paleolítico. También se percibe la compartida sensación de alivio al pisar tierra de que la mala suerte y el fatalismo no se hayan ensañado con nosotros.

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Para ahuyentar el miedo durante el vuelo intento concentrarme en la programación que va a ofrecer la Mostra de Venecia, y sin pretender ser frívolo confieso que me empieza a entrar otro tipo de terror e incalculable apatía ante lo que nos va a ofrecer un festival que lleva demasiado tiempo en crisis de identidad. Hay cantidad de cine italiano, varios títulos japoneses, nada de cine español (como siempre), bastantes directores que desconozco y otros nada recomendables, cuyas películas antiguas o nuevas siempre afianzan mis contrastados prejuicios.

Por más ilusión o vocación de autoengaño que le eche, descubro que sólo me crean verdadera expectación el bautizo en la dirección del hasta ahora espléndido guionista mexicano Guillermo Arriaga, e igualmente me provocan interés y morbo las últimas entregas de los hermanos Coen y de Jonathan Demme. Ojalá que me equivoque, que haya sorpresas gratas, revelaciones memorables, buen y heterodoxo cine, pero inicialmente el panorama es tan grisáceo como mosqueante.

Los hermanos Coen, cuyo indiscutible talento y excéntrica personalidad fueron finalmente bendecidos por los Oscar gracias a su muy fiel adaptación del sombrío y apasionante mundo del escritor Cormac McCarthy en No es país para viejos, han inaugurado la Mostra con Quemar después de leer. Lo hacen fuera de concurso, e imagino que escarmentados ante la evidencia de que el mejor cine estadounidense tiene escasas posibilidades de ser premiado en los festivales como la ortodoxia manda. Los progresistas jurados deben de considerar un abuso y una ignominia que los más inteligentes, sólidos, guapos, ricos y famosos también reciban honores suplementarios en el palmarés de los festivales. Las recientes y magníficas películas El buen pastor, Promesas del Este y No es país para viejos sufrieron absoluto desprecio en Berlín, San Sebastián y Cannes. Allá ellos.

El público ha recibido Quemar después de leer con tantas carcajadas como aplausos. A mí no me entusiasma hasta esos extremos, aunque la encuentre inconfundiblemente coeniana, moderadamente divertida, excesivamente paródica, con un punto de originalidad y de locura. Pero ni de lejos se acerca a la enorme calidad de Muerte entre las flores, Barton Fink, El gran Lebowski, Fargo y No es país para viejos, cine en permanente estado de gracia.

Es una comedia disparatada alrededor del follón que se monta cuando una señora que trabaja en un gimnasio, obsesionada con la cirugía estética y con citas sexuales con desconocidos a través de Internet, recoge casualmente en un disquete la revelación de los secretos profesionales que ha grabado un resentido analista de la CIA al que acaban de despedir de su trascendente trabajo por su excesivo amor a la botella. Alrededor de la aquí desmitificada CIA y de los peligros a los que se arriesgan los adúlteros profesionales, los hermanos Coen montan un circo de equívocos, gags muy construidos, situaciones y personajes pretendidamente delirantes. El problema es que entre tanto amor al esperpento se alternan la gracia con la simpleza, el entretenimiento con el pasote inútil. Es una película que se ve con cierto agrado pero que se difumina con demasiada rapidez en la memoria.

Lo que resulta transparente es que tanto los autores como los lujosos protagonistas, esa crema del estrellato con cerebro que forman George Clooney, Brad Pitt, John Malkovich, Frances McDormand y Tilda Swinton, se lo han pasado muy bien haciendo esta simpática película, que los intérpretes le han pillado el rollo a los Coen y, a cambio, éstos estimulan la vena cómica e histriónica del deslumbrante reparto. Pero me sabe a poco. Si no existieran los títulos de crédito, cualquier aficionado al cine descubriría que Quemar después de leer responde absolutamente a la personalidad de los hermanos Coen, lo que no implica forzosamente que hayan parido una obra maestra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0027, 27 de agosto de 2008.