Análisis:ENTRE CORCHERAS | PEKÍN 2008 | Natación
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Ganar, ganar o ganar

Hay tipos a los que sólo les vale ganar, ganar o ganar. Son tan competitivos que cuando pierden se los llevan los demonios. Incluso en un entrenamiento, con un compañero. Le pasaba a Mark Spitz y le debe de pasar ahora a Michael Phelps, que ya ha igualado a la leyenda.

Cuando compartía piscina con Spitz en el equipo de la Universidad de Indiana, a finales de los 60 y principios de los 70, pude darme cuenta de esa cualidad. El hombre que ganó siete oros en Múnich 1972 y después lo dejó todo para dedicarse a sus negocios -entonces, los nadadores estaban obligados a ser aficionados- no era de complexión tan explosiva como Phelps. Pero era igual de genial.

El grupo de Indiana lo formábamos entre 20 y 25 nadadores. Había velocistas, como nosotros; fondistas y bracistas. Cada uno teníamos entrenos específicos. Muchos de ellos tenían récords del mundo. A simple vista, Mark no tenía nada de especial, pero, cuando llevabas un tiempo con él, te dabas cuenta de que no tenía que poner tanto empeño en los entrenamientos como el resto para lograr unos resultados espectaculares. Lo cierto es que, como nadador, no tenía ningún punto débil.

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Había programadas 13 sesiones de entrenamiento a la semana. Las primeras eran a las 6.30 de la mañana y luego había a las 13.30, a las 15.30 y una al final de la tarde, a las 20.00, que sólo duraba media hora y era de velocidad pura. Ésa no se la perdía nadie, pero el resto se podía adaptar en función de nuestros estudios porque debíamos aprobar nuestros exámenes si queríamos seguir en el equipo. En cuanto a los entrenamientos, teníamos que hacer al menos 11 de las 13 sesiones programadas para no tener problemas.

Cada fin de semana, desde mediados de diciembre hasta los campeonatos universitarios, la última semana de marzo, teníamos competiciones con otros equipos universitarios. Viajábamos en avioneta. Nadábamos. Y volvíamos a casa. Era muy duro.

El ambiente era muy muy competitivo porque allí estaban los mejores. No sólo Mark Spitz. También, John Kinsella, Gary Hall... Recuerdo una vez que un nadador llegó a un entreno tras las vacaciones, cuando se supone que no estás en forma, y dijo: "Si bato el récord del mundo, se acaba la sesión". Todos nos miramos, incrédulos. Lo hizo por dos décimas y nos fuimos.

Como pasábamos tantas horas en el agua, el entrenador, James Counsilman, un verdadero innovador, intentaba amenizar los entrenamientos con charlas y vídeos. Le gustaba la psicología. En este ambiente, en la piscina, Spitz metía la cuchara en todo, opinaba, contaba chistes, participaba de todo. Era muy extravertido. Pero fuera le podía la timidez. Luego, volvía al agua y volvía a ser el hombre al que sólo le valía ganar. Como a Phelps.

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