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Los dueños del vacío

Es temprano, pero ya hace calor. Lo primero nos lo dicen las persianas echadas de las casas, las sombras largas de los paseantes, propias de las horas en las que el sol aún no está alto y sus rayos horizontales iluminan sólo la mitad superior de los edificios, y las sillas vacías de la terraza del bar del fondo, que se ven entre las piernas de los perros que hay en primer plano. Lo segundo se adivina, precisamente, en esos animales, sobre todo en la lengua sofocada y el trote cansino del que es blanco con la cabeza marrón, que jadea, mira al frente y en lugar de adelantarse y tirar de su dueña, como sin duda hará en los días más frescos, se va quedando atrás, al final de una correa perezosa, destensada. El otro perro, el que es justo al revés, marrón y con la cabeza blanca, lo mira con unos ojos aterrorizados y lleva el rabo entre las piernas, por lo cual nos inclinamos a pensar que si el galgo le teme al terrier es porque no lo conoce, y por tanto la mujer y el hombre que los pasean a ambos no son una pareja, sino dos extraños a los que esta foto les ha inventado una relación que no existe.

Estamos en agosto, naturalmente, y esas personas que atraviesan la plaza de Ramales visten el uniforme del verano, sandalias, pantalones cortos y camisetas ligeras, y caminan por el centro de Madrid lo mismo que si estuviesen en otra ciudad, una capital sin prisas, llena de espacios vacíos y aceras solitarias en las que las figuras de los ciudadanos se proyectan sin interferencias, con toda nitidez, libres de mezclarse con las de la multitud que en los meses laborables transita por este lugar mágico que guarda todo el azul del mundo en su subsuelo, porque bajo sus baldosas está enterrado el pintor Velázquez. Aquí vemos, por ejemplo, la perfección con que la cabeza del que va vestido de rojo se dibuja en el muslo del tercer hombre, el que está algo más lejos de la cámara, viste unos pantalones amarillos y va, como el resto, en dirección contraria al muñeco de la señal de paso de cebra que hay a la izquierda.

Todos los sustantivos que se ven en esta fotografía son hermosas metáforas del verano: vacío, nitidez, soledad, espacio, calma. Y son las armas con las cuales los que se quedan en la ciudad luchan contra otras palabras menos amables, como calor o cansancio, que son un enemigo difícil de vencer cuando la temperatura sube y uno tiene que avanzar contra los termómetros, hundiendo los pies en su espesa arena roja.

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