Columna
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La urna y la caja registradora

Decía Fontenelle que el pensamiento humano está fundado sobre dos cosas, "la curiosidad del espíritu y la miopía de los ojos". La miopía de los ojos es el efecto deformante que las ideas recibidas y las hegemonías culturales producen en cada momento sobre nuestras miradas. La miopía deja fuera del campo de visión ciertos elementos que pueden ser extremadamente importantes para explicar un fenómeno o una situación determinada, pero que podrían perturbar la composición oficial que de la sociedad se nos ofrece, fruto de las relaciones de fuerzas. Por eso es tan importante cambiar el punto de vista sobre las cosas. Encarar los fenómenos desde perspectivas distintas. Poner en cuestión todo aquello que se da por adquirido. Creer el hábito de la sospecha debería ser uno de los objetivos principales de la educación si realmente se quiere formar a ciudadanos libres y autónomos.

La crisis sólo será una oportunidad si sirve para que se imponga el principio de que no todo es posible

El discurso sobre la crisis se mueve en tres registros que juegan, cada uno a su modo, a la ocultación. El discurso económico, el discurso de la mediación política y el discurso de la banalización televisiva. Todos ellos coinciden en un punto: la presentación de la crisis como un destino. Una fatalidad, sistémica si se quiere, pero imposible de evitar; un cáliz que hay que beber porque no puede ser de otra manera. Hasta que, dicen, el mercado, dios todopoderoso, vuelva a poner a cada uno en su sitio. Y naturalmente todos se esconden bajo la magia insensibilizadora de las cifras. Como si tanto las listas de parados, como de desahuciados, como de tantos otros afectados por la crisis fueran simples asentamientos contables. Al revés, a todo aquel que intenta introducir el principio de realidad a base de historias personales se le acusa de demagogo. La tragedia personal de cada afectado es un simple número en la estadística, en una sociedad que no quiere mirar de cara a las malas noticias, aun cuando las sufre en sus propias carnes.

El marco corrector al que el ojo debe adaptarse dice que la eficiencia del sistema es insuperable, que nada tiene mejor capacidad regulativa que el mercado, que el consumismo es un acto de alto valor social (Zapatero) y que el Estado estropea todo lo que toca en relación con la economía. Y sin embargo, todas estas afirmaciones se han hecho añicos cuando el principio de realidad se ha introducido en la alegre burbuja en que el mundo estaba metido, echando una vez más por el aire los castillos de naipes construidos por la voracidad sin control con que se actuó en los últimos años. Y tengo la sensación de que los análisis fallarán, las advertencias de los más lúcidos caerán en saco roto y las burbujas se repetirán si no se acepta el carácter profundamente irracional del comportamiento económico.

Hay cosas que las ve un niño. Que los precios de la vivienda no pueden llegar a desorbitarse como en los últimos años impunemente; que los subidones de la Bolsa a partir de determinados umbrales acaban mal; que las espirales de especulación tienen un límite; que no tiene ningún sentido que España construya más pisos que Inglaterra, Francia y Alemania juntas, son cosas que las podía ver todo el mundo. Y nadie hizo nada para evitar que se alcanzara el punto catastrófico. En él estamos, porque una suma de voluntades ha contribuido a llegar hasta aquí. Sin que nadie pusiera los frenos ni los amortiguadores necesarios para reducir la gravedad del accidente. Y sin que hubiese una reacción ciudadana ante la evidente subida de las aguas, que tenían que ahogar a los más irresponsables.

¿Por qué? Porque estamos metidos en una cultura en que en materia de dinero todo está permitido, porque se ha impulsado como motor de la economía la idea de que todo es posible, de que no hay límite, de que siempre es posible consumir más y ganar más. Y en esta espiral estamos atrapados todos: los empresarios que siguieron endeudándose contra toda lógica, los banqueros que dieron dinero casi sin límites y los especuladores que impulsaron la burbuja hacia arriba sin cesar como si fuera posible tocar el cielo. Pero también los ciudadanos que aceptaron comprar duros a cuatro pesetas, que no tomaron precaución alguna ante la avalancha de oferta que les caía encima, que viven entregados a la lógica imparable del consumo, con la carga de frustraciones que lleva implícita, porque, por definición, el consumidor nunca puede estar satisfecho.

La creencia de que todo es posible, la aceptación ciega de la lógica del consumismo (con los efectos psíquicos de la frustración permanente y la amenaza latente de la violencia) y la aceptación acrítica del principio de que "el trabajo hace libres" (lema totalitario, en su día) determinan el cuadro cultural sobre el que se instala la crisis. La caja registradora va camino de sustituir a las urnas en nuestras democracias. Ballard tiene razón cuando señala que "el consumismo es el recurso más importante jamás inventado para controlar a la gente" y que "el consumismo despierta un apetito que sólo el fascismo puede satisfacer".

Vivimos en una sociedad en que molestan los agoreros. Para que la profecía de Ballard no se cumpla, es necesario que esta ducha de realidad llamada crisis, que las personas están sufriendo en sus más inmediatas expectativas, sirva para romper la nube de ficción en la que estamos metidos, la ficción de una sociedad que ha aceptado vivir a plazos hasta el infinito, porque la imposibilidad de la satisfacción plena es condición necesaria para que la espiral del consumo siga. La crisis sólo será una oportunidad si sirve para que se imponga el elemental principio de que no todo es posible. El poder económico se ha globalizado; el poder político, no. Es el problema de la gobernabilidad del mundo.

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