Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crónica:CRÓNICAS DE AMÉRICA LATINA

Canciones confiscadas

De la revolución sandinista sólo quedan hoy las bambalinas y el escenario comido por la polilla, afirma Sergio Ramírez a propósito de la polémica en Nicaragua sobre las canciones de Carlos Mejía Godoy. El escritor fue vicepresidente del Gobierno revolucionario que puso fin a la dictadura de la familia Somoza

Carlos Mejía Godoy, el más célebre de los cantautores nicaragüenses, ha decidido prohibir que sus canciones sirvan a la propaganda oficial en los actos públicos del Gobierno que presiden Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, y ha dirigido una carta a esta última donde hace valer esta prohibición al amparo de sus derechos legales, que se hallan bajo la custodia de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) de España.

Sus razones son simples, y así dice: "En el contexto dramático que vive nuestro pueblo, amenazado nuevamente con otra dictadura familiar, réplica sórdida de la tiranía de los Somoza, no puedo permitir que las canciones, inspiradas precisamente en el sacrificio e inmolación de miles de hermanos nicaragüenses, sirvan de fondo musical, para continuar -desde las tarimas enfloradas- la tragicomedia más vergonzosa de los últimos años".

Los muertos por aquella causa despertarían hoy asombrados de lo que es el nuevo escenario de poder, todo lo contrario de lo que aquellas canciones exaltan

No puede haber otra ofensa más grave para el matrimonio Ortega, dueño absoluto del poder, que el cantor mismo de la revolución les niegue su música, y al mismo tiempo les niegue la condición de revolucionarios que cada día proclaman en sus dilatados discursos. Y ha sido claro en decir que no quiere dinero, porque su música no está en venta para propaganda oficial. Solamente quiere que no se use.

Y entonces, una tempestad de vituperios se ha desatado en su contra en los medios de comunicación bajo control del Gobierno, y se repiten las acusaciones de treinta años atrás de los voceros de la dictadura de Somoza, cuando las creaciones de Carlos abrían el camino de la insurrección popular, la de plagiario la de menor tamaño. Y hay quienes exigen que su música sea expropiada por vía de un decreto presidencial, como si se tratara de una hacienda de ganado, de un banco, o de una fábrica de productos lácteos.

Las respuestas de arriba, envueltas en edulcorada cursilería, no esconden la justificación a la atrocidad de demandar la confiscación de la obra artística del compositor, formada por más de doscientas canciones; así se lee en un escrito de unos de los allegados del matrimonio Ortega, el comandante Tomás Borge, antiguo ministro del Interior: "Es mi opinión que la formalidad legal, la cual puede dar origen a una demanda -respaldada por la sociedad de autores españoles- no debe obligarnos a renunciar a esa obra que, quiérase o no, pertenece a la sangre de los caídos, tan respetada por los centenares de miles de nicaragüenses integrantes del FSLN, a quienes se les pretende callar y olvidarse de esas canciones revolucionarias".

Esta vieja concepción atrabiliaria, de que los creadores individuales no son dueños del fruto de su talento, sino que lo es el pueblo que inspiró con sus gestas al artista (y aquí debe leerse por pueblo un partido político), parecería inofensiva hoy en día, cuando los partidos únicos, dueños del pensamiento único, han venido siendo despojados en todas partes de sus viejas majestades.

Pero no en Nicaragua, donde la historia parece retroceder a los oscuros ámbitos del monopolio del poder que también quiere imponerse sobre las mentes, sobre la manera de sentir y de pensar, y sobre la imaginación. La señora Murillo no deja dudas de esa voluntad que quiere dominarlo todo, cuando dice, al referirse a la demanda de Carlos: "En la vida hay cosas que no nos pertenecen personalmente. Que no tienen dueño. Que no son de propiedad, ni particular ni privada. Los muertos, por ejemplo. La esperanza colectiva, la creación colectiva, el dolor colectivo. Los triunfos colectivos".

El viejo peso de lo colectivo. Y en la inmovilidad histórica que el poder total demanda, todo se congela. Los muertos, por ejemplo, que de esta manera también resultan confiscados. La gesta de la revolución que mi generación hizo partió de la honda convicción en unos valores éticos que representaban el desapego a los bienes materiales, la solidaridad ilimitada con los demás, y un sentimiento de compasión por los más humildes, para crear un mundo diferente, de justicia y equidad. Y todo eso hacía que la vida propia no fuera sino un instrumento para conseguir ese nuevo mundo, con lo que a la hora del triunfo sobre la dictadura de Somoza, quienes llegaron a las tribunas fueron sobrevivientes, convencidos de que nunca terminarían de pagar su deuda con los muertos.

Pero hoy, los papeles se han trocado de manera dramática, y de aquella gesta, que es la que precisamente Carlos Mejía Godoy ilumina en sus canciones, sólo quedan las bambalinas y los telones desgarrados, el escenario comido por la polilla. Los muertos que fueron a morir por aquella causa despertarían hoy asombrados de lo que es el nuevo escenario de poder, que representa todo lo contrario de lo que aquellas canciones exaltan. Y sobre esas canciones, lo que se quiere imponer es el viejo sello ya sin tinta de lo colectivo: esperanza colectiva, creación colectiva, dolor colectivo, triunfo colectivo, toda una fantasmagoría que se agita en contorsiones patéticas, desprovistas sus figuras de sustancia, y de sentido ético. Es otra vez la épica de los héroes convertida en comedia de esperpentos, y que si en algún lugar permanece íntegra es en la música de Mejía Godoy.

Este concepto de que el pueblo, visto como una totalidad unánime en la abstracción, se encarna en el partido total, lo dice sin ocultamientos la señora Murillo: "El canto de Carlos, a pesar de él mismo, seguirá siendo del Frente. Del Frente Sandinista que hizo la Revolución, y que desde esa lucha mítica, los inspiró y dictó. Del Frente Sandinista, que seguirá, además, revolucionando la historia". Razones más que suficientes para confiscar el patrimonio creativo de un artista, en nombre de un partido al que se le da el papel imposible de dueño de la historia, y el más imposible aún de seguirla revolucionando.

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) ha publicado recientemente Cuando todos hablamos (Alfaguara), que reúne las anotaciones de su bitácora (www.sergioramirez.com y www.elboomeran.com), y Adiós muchachos (Alfaguara). En 1998 obtuvo el I Premio Alfaguara de Novela por Margarita, está linda la mar. Fue vicepresidente del Gobierno de Nicaragua en los años ochenta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de julio de 2008