Columna
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¡Desabastecidos!

A primera hora era todo tan ilusorio que había un hombre haciendo aspavientos en la sección de lácteos, gritando que no había nada de comer, enfrente de unos cincuenta quesos, y dos señoras que se peleaban a voces en la carnicería, porque una, al parecer, había intentado colarse, y la primera clamaba al cielo como si la segunda hubiese intentado arrebatarle los dos últimos solomillos del planeta. Después, hacia el final de la mañana, la ficción se había vuelto realidad y era cierto que los estantes del supermercado estaban más pelados que las costillas de un buey comido sucesivamente por los leones, los pumas, los concejales de urbanismo y los buitres. Y es que el pánico de la población ante la huelga de los transportistas estaba haciendo ricos a los comerciantes, da lo mismo si tienen una tienda de ultramarinos o una gasolinera, porque en otras partes del mundo el hambre es morirse de inanición, pero en ésta es tener menos de 3 pollos en el congelador y 10 botellas de leche en la despensa. Qué le vamos a hacer.

Juan Urbano tenía el día libre, con lo que se había librado de los atascos que provocaban los camioneros al cortar las carreteras de acceso a Madrid, y había sentido la curiosidad de acercarse a ver un par de tiendas de su barrio, para observar qué había de verídico en las noticias que hablaban de mercados colapsados y productos que empezaban a escasear. No era mentira, desde luego, porque, tanto si era necesario como si no, muchos consumidores se llevaban carros de la compra tan grandes que se preguntó qué pasaría si, de pronto, se fuera la luz en la ciudad, con tantos alimentos metidos en los congeladores. Naturalmente, otros optaban por las conservas, y él se entretuvo en contarle las latas a los clientes, que en algún caso superaban las 30. El día que en lugar de haber una huelga de transportistas haya una guerra nuclear, no sé qué va a ocurrir.

El clima de la ciudad era curioso, y los nervios le habían llenado las manos de bolsas a miles de ciudadanos, que volvían a casa poco a poco, deteniéndose a cada paso para dejar la carga en el suelo y frotarse las manos. Como acababa de estar en La Habana, Juan Urbano se acordó de que en Cuba tienen una libreta de racionamiento que otorga a cada persona alrededor de 20 huevos mensuales, un poco de arroz, café o aceite, una lata de puré de tomate y unas pocas provisiones más, y lo comparó con las cestas que veía pasar a su lado por las calles de Madrid. Y ni siquiera quiso pararse a pensar en las privaciones que se padecían en otros países latinoamericanos y en casi toda África, por ejemplo. Aquí, escasez es no tener mucho de todo y la nevera es el ascensor al paraíso, de forma que el reto de los transportistas se ha entendido como una emergencia total: hay que sacar todo el dinero del banco y amontonar chuletas por si dentro de dos horas caemos en la desnutrición. Qué barbaridad.

Cierta prensa y algunos políticos tampoco es que contribuyan mucho a tranquilizar los ánimos, unos por el método de vender titulares catastrofistas y otros a base de lanzarse sobre el Gobierno por si pudieran hincarle el diente a la crisis y sacar tajada. O sea, como aquella narración de La guerra de los mundos que hizo Orson Welles por la radio con tal poder de sugestión que los norteamericanos creyeron que les invadían de verdad los extraterrestres y bajaron a refugiarse al sótano, sólo que cambiando a los marcianos por latas de espárragos, cajas de cereales y embutidos. Tal vez convendría no hacerle mucho caso ni a los unos ni a los otros e intentar suplir su histeria o mala intención por el simple sentido común y la solidaridad que hacen falta, en el primer caso, para darse cuenta de que obviamente el asunto no va a llegar hasta el límite y nos vamos a morir de inanición en la Gran Vía, y en el segundo, para pararse a pensar que si algunos nos entregamos a la historia y todo nos lo llevamos unos cuantos, para los siguientes no va a haber nada.

Juan Urbano se fue metiendo en todos los comercios que encontró en su camino de vuelta a casa. A última hora del día, la mayor parte de las tiendas de alimentos estaban medio vacías y sus anaqueles presentaban un aspecto desolador, aunque sus cajas registradoras debían sentirse muy bien. Se preguntó si podríamos sacar una lección de todo eso, tal vez la de que uno cree que tiene todo lo que puede comprar y se equivoca: es justo al contrario, lo que no necesitas pero sí que deseas te tiene a ti, tú eres de su propiedad. Visto así, da un poco de miedo, ¿no?

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