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Reportaje:DE VIAJE

Un piano de cola en un avión de guerra

Instalado en un antiguo lavadero de lanas, a pocos kilómetros de Cáceres, el Museo Vostell Malpartida alberga la colección de uno de los pioneros del videoarte europeo. Esculturas de hormigón, rocas de granito y cigüeñas conviven en Los Barruecos

Sin que sus propios habitantes lo supieran, el paisaje de Malpartida de Cáceres llevaba siglos siendo una obra de arte. Tomaron consciencia de ello en 1974, cuando un alemán extravagante lo declaró como tal. El paisaje concreto está a las afueras del pueblo, a unos doce kilómetros de la capital de la provincia, y se llama Los Barruecos. El alemán extravagante había nacido en Leverkusen en 1932, era uno de los pioneros europeos del happening y el videoarte y se llamaba Wolf Vostell.

Desde que al final de la Segunda Guerra Mundial caminara durante tres meses para regresar a Colonia desde Checoslovaquia, Vostell no dejó de moverse. A España llegó en 1958, después de pasar temporadas en Düsseldorf y París. Dieciséis años más tarde recaló en Malpartida y se encontró con una espectacular llanura salpicada de enormes rocas de granito moldeadas por la erosión. No es muy aventurado imaginar un grupo de cigüeñas en el cielo y un rebaño de ovejas en el suelo. Ante su vista, también, un antiguo lavadero de lanas del siglo XVIII pegado a una laguna artificial.

"Siempre me interesó", decía Vostell, "comparar las obras de la vanguardia con los rituales del pueblo"

Fiel a la filosofía del grupo Fluxus, defensor de la identidad entre vida y arte, el creador renano declaró Los Barruecos "Obra de Arte de la Naturaleza", con todas las mayúsculas. Desde ese momento, Vostell no paró de añadir la palabra mágica a la conjugación completa del verbo ser. Muchos extremeños recuerdan todavía a aquel impagable demiurgo, con bigotes de tártaro, trenzas de rabino y acento de papel de lija, declamando su letanía: Malpartida es arte, Extremadura es arte, nosotros somos arte...

El artista murió en Berlín en abril de 1998 y está enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, pero alcanzó, cuatro años antes, a ver convertido en Museo Vostell Malpartida aquel complejo de piedra y mortero en el que los pastores trashumantes se detenían a esquilar sus ovejas antes de enviar la lana a Amberes. De hecho, la vanguardia no ha borrado la historia y cualquiera que camine por el museo puede pasar sin estruendo de ver un montaje del coreano Nam June Paik con 28 televisores a toparse, en una habitación cercana, con la sala de calderas del antiguo lavadero de lanas. "Siempre me interesó", solía decir Vostell, "comparar al mismo nivel las obras de la vanguardia con los rituales de trabajo del pueblo". Un diálogo entre campesinos y artistas.

Con todo, la bienvenida a los 14.000 metros cuadrados del recinto viene de la mano de cinco toros de hormigón en los que otros tantos motores hacen las veces de cabeza. Unos metros más allá, todavía al aire libre, una obra de título enigmático: ¿Por qué el proceso entre Pilatos y Jesús duró sólo dos minutos? Realizada por el titular de la casa un año antes de morir, la escultura es una enorme pieza de unos quince metros de altura en la que el fuselaje de un avión de combate atraviesa dos automóviles y un piano de cola. Por su cuenta, la naturaleza, tan artística, ha añadido su parte al ensamblaje: un nido de cigüeñas corona el monolito.

El famoso y surrealista encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser en una mesa de operaciones parece, en el fondo, el libro de instrucciones de este lugar. Cruzar la puerta es adentrarse en un espacio en el que una sucesión de arcos de ladrillo pone marco a la colección de obras del propio Vostell. Aquí, un piano incrustado en un Buick rojo, una coca-cola con piernas y alas y un mural con huesos de vaca. Más allá, un coche al que se le han añadido patas y melena hasta parecer un futuro animal prehistórico. Automóviles, televisores y hormigón, tres símbolos de nuestro tiempo, son parte esencial del vocabulario vostelliano. En el centro de la sala, no lejos de la puerta que comunica con la laguna, una serie de pupitres ocupados por televisores hormigonados recuerdan quién se ocupa ahora de la educación infantil. Título: Depresión endógena. Fecha: 1975-1978. En medio de, en todos los sentidos, tan gran aparato, la política y sus consecuencias atraviesa toda la obra de Vostell: de la expulsión de los judíos de España al Holocausto nazi pasando por la división de Berlín en la posguerra.

Pese al despliegue, y más allá de que las cigüeñas pongan su parte, no todo es Vostell en el Museo Vostell. Desde su fundación en los años setenta, dos décadas antes de su inauguración total, este lugar ha acogido todo tipo de festivales de música contemporánea, performances, conferencias y exposiciones de arte conceptual. De todo aquello, que todavía se mueve, queda la Colección Fluxus donada por el editor italiano Gino di Maggio. Obras de Yoko Ono, Robert Filiou, Allan Kaprow o el propio Paik son parte esencial de los más de trescientos trabajos no firmados por Vostell que alberga el museo. Es el testimonio de un movimiento para el que el arte era, antes que materia, un libre flujo (de ahí su nombre) del espíritu. Algo que no ha impedido que el espíritu se transforme con el tiempo en la versión más prosaica de la materia, la mercancía. Aunque sólo sea para caminar por el capítulo más revoltoso de la historia del arte y para comprobar que la revolución también cotiza en bolsa, el viaje merece la pena.

En 1988, Vostell desplegó en una pared veinte motocicletas Sanglas de las usadas por la policía. Es El telón de Parzival, una obra espectacular cuya idea le regaló Salvador Dalí -aquel impagable eslabón perdido entre el subconsciente y el dólar- cuando el alemán levantó en Figueres El obelisco de la televisión. Final de ópera para un lugar único, por dentro y por fuera, en el que, pese a todas las teorías, el arte todavía imita a la naturaleza.

www.museovostell.org

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de mayo de 2008