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COLUMNA

Los muertos

Pocos mitos tan sugestivos como el de ese barco que navega sin tripulación. Si entraras en una de estas naves fantasmas, te asombraría el contraste entre la ausencia de personal y el orden. No hay nadie dentro, nadie, pero el cobre brilla como si acabaran de pasarle un paño, los camarotes parecen recién aseados y las tazas de té, como ocurría en un célebre relato de Conan Doyle, permanecen calientes sobre la mesa de la cocina. Cabría preguntarse si hay también hombres o mujeres fantasmas, personas vacías que deambulan por las ciudades sin que nada, en su apariencia externa, delate esa ausencia. Tal vez usted o yo seamos una de esas personas. Nos levantamos, nos aseamos, nos vestimos, salimos a la calle y vamos de aquí para allá como buques fantasmas en medio del día o de la noche. Atravesamos el frío, la niebla, los bosques, las plazas públicas, los descampados, entramos en los grandes almacenes, subimos y bajamos de los automóviles, de los aviones, intercambiamos saludos con nuestros contemporáneos, nos ganamos la vida... Damos, en fin, la impresión de venir de algún sitio y de dirigirnos a otro, cuando lo cierto es que en nuestro interior no hay nadie o hay un fantasma (de no sabemos quién) que pilota el barco, el cuerpo, este cuerpo del que no sabemos nada, ni de dónde ha salido ni cuál es su destino. Pero si hay barcos fantasmas e individuos fantasmas, quizá haya también colectivos fantasmas, grupos de personas o sociedades que funcionan sin alma. Entras en los espacios públicos de estas sociedades y ves cuadros en las paredes, ascensores subiendo y bajando, archivadores, máquinas de café, fotocopiadoras calientes, como si se acabaran de usar... No sería raro que la humanidad fuera una de estas instituciones fantasma que atraviesa los siglos guiada por alguien que, pese a las apariencias, no somos nosotros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de mayo de 2008