Reportaje:

La 'xiqueta' del mar

Elisabet Gascó, de Burriana, es la única patrona de barco pesquero

Sí, en España ya vemos una mujer embarazada al frente de los militares, pero, en cambio, sólo hay constancia de que existen dos patronas pesqueras. Una está en Galicia, y está relacionada con la pesca de cerco. La otra está en Burriana, Castellón, se dedica a la pesca de arrastre y ha accedido a mostrar su trabajo a este periódico. En Argentina, Chile y Nueva Zelanda, la mujer está en los barcos. Pero aquí, la pesca en el mar sigue siendo una última frontera femenina. Sin embargo, el caso de Elisabet Gascó, a quien todos llaman Eli, se vive con naturalidad en su entorno. "Estamos acostumbrados a su presencia en el puerto de Burriana desde siempre", dice Diego, miembro de su tripulación. Delgadísimo, la cara y el bigote marcados por el sol, se refiere a ella como "la xiqueta: así la hemos conocido la gente de mar desde siempre". "Puede con todo, domina los rincones del barco y la faena", añade.

No recomendaría su trabajo a una chica, "excepto si el mar se le mete dentro"
"El problema para una mujer es que esto no permite tener familia"

Queda poco para que se hagan las seis de la mañana del viernes 25 de abril. La conversación con Diego es en el puerto de Burriana, en el Lluch Arnau II, el pesquero más grande que hay por aquí. Tiene 31 metros de eslora y ocho de manga. Puede llegar a consumir siete toneladas de gasoil a la semana. Algo malo, teniendo en cuenta que la subida de su precio ha hecho daño al sector.

Hace frío ahora mismo. A Diego, en cubierta, se le suma Aaron, otro marinero, muy joven, de sólo 22 años. De la cabina aparece un hombre muy extrovertido, de barba cana: Batiste. Es el armador, propietario del barco y padre de Eli.

Ella, de 26 años, sube a cubierta para saludar. Sus facciones son bonitas; tiene pelo castaño claro; recia, no muy alta, desprende un toque aniñado y nada hosco, como podría sugerir el tópico; viste con un chándal viejo y un chaleco acolchado; lleva un tatuaje con un duende en el antebrazo; Eli no recomendaría su trabajo a una chica, "excepto si el mar se le mete dentro".

Eli estudió BUP, tuvo trabajos aleatorios, y al final, acabó estudiando en Ametlla de Mar hasta hacerse con el título de capitán de pesca y patrón de altura. Lleva dos años de patrona, pero antes su padre le hizo saber el oficio de marinera. "Me he encontrado con trabajadores, muchos magrebíes, que no se hacen a que les mande una capitana, pero la mayoría asumen que es lo que hay", dice. "Somos pocos en la tripulación, pero nos llevamos muy bien". La patrona coordina todo lo que sucede en el barco, aunque, en este caso, su padre también lo hace. Batiste procede de una familia largamente vinculada a la pesca. "Ahora llevas GPS, ordenador, piloto automático, de todo", pero él cree que "lo que cuenta es la intuición para saber dónde van los peces".

Todo esto se habla mientras el barco ya navega. Estará casi 10 horas en el mar. El ruido del motor es brutal. El Lluch Arnau II practica la pesca de arrastre, lanzando 1.700 metros de cable y una inmensidad de red. Desde media mañana, lo hará a más de 20 millas de la costa y a mucha profundidad. El arrastre recoge peces y todo lo que se le planta en el fondo, bajo una serie de normas de control. "Si todo va bien, se gana dinero cada semana", dice Eli, "pero si no, malo".

Eli tiene un camarote. El resto del barco está lleno de bancos o literas. También hay una diminuta cocina, desde la que Diego servirá hoy cigalas recién pescadas. Algunos dormirán a ratos: cuando se hace el lance -tirada del aparejo-, hay que esperar, y es un buen tiempo para el descanso. "Se trabaja de lunes a viernes, con dos meses de paro biológico", explica Eli. "El problema para una mujer es que esto no permite tener familia", opina. "Yo paso los días en el barco, llego a él de madrugada y estoy hasta por la tarde". Tiene pareja desde hace largo tiempo, "pero él no tiene nada que ver con barcos". "A veces, alguna gente, cuando me ve en una boda", comenta, "creo que piensan, mira, si va mona, si va arreglada". "Supongo que el estereotipo marca a todos". "No sé cuánto estaré en la pesca", reflexiona. "Con 50 años yo no tendré la misma fuerza de un hombre, y en un barco como este hay que hacer cosas físicas".

La más evidente tiene que ver con la subida de las redes. Es mecánica, pero con tensión. Una primera vez descargará un montón de peces sobre cubierta: gallos, congrios, merluza, rapes (alguno gigantesco), cananas. Eli y los otros, con petos de plástico y botas, almacenan los peces en cajas, y echan al mar lo no comercializable. Eli extrae peces que están en el interior de los grandes rapes: les aprieta el cuerpo para que los expulsen, les pone la manguera en la boca para hincharlos. Las mangueras también limpian la cubierta y a los propios animales, que llegan enfangados. Luego, se volverán a lanzar redes, el barco cambiará de posición, y pasarán las horas. En la segunda recogida del aparejo, a las tres de la tarde, aflorarán hasta pulpos de diverso tamaño y una morena que, a uno de tierra, le parece de película. En total se han conseguido unas 45 cajas. Quizás unos 1.000 euros a la venta en la lonja de Burriana. Batiste se va a deshacer del aparejo, cree que es culpable del mal resultado. Se esperan mejores mañanas. "Es el mar", resume Eli.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 26 de abril de 2008.

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