'Yepeto', o la defensa de Cossa de la palabra en el teatro

No es, ni muchísimo menos, la primera incursión ante el público español de este referente ineludible del teatro argentino. Pero el estreno de Yepeto el pasado 2 de abril en el teatro Infanta Isabel de Madrid ilusiona especialmente a Roberto Tito Cossa: es la primera vez en que una de sus obras se representa en una sala de gran aforo en España.

Nacido en la capital argentina en 1934, Cossa es un dramaturgo con una larga trayectoria de compromiso político en la lucha por los derechos humanos, lo que le ha llevado a ser galardonado por las Madres de la Plaza de Mayo y a formar parte de la directiva de la Comisión por la Memoria que preside el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. "Ahora hay indiferencia respecto a los partidos políticos y la política institucional", se lamenta.

Pero lo que a Cossa le interesa, sobre todo, son las relaciones humanas. Y en este sentido, Yepeto (que es la españolización del nombre de Geppetto, el carpintero que crea a Pinocho y lo adopta como un hijo cuando el muñeco cobra vida) se introduce en la relación que se va tejiendo entre dos hombres, un maduro profesor de literatura, Yepeto, y un joven atleta enamorado de una alumna de éste.

Pero el docente desarrolla -o descubre- una intensa pasión por la muchacha. "Yo me identifico con el profesor, pero no por lo que dice ni por sus opiniones, que a veces están en los antípodas de lo que yo pienso, sino por la mirada que tiene del mundo el hombre maduro", confiesa Cossa, que revela sin tapujos cuál fue la pista que le condujo a elaborar el personaje: "Me inspiré en unos reportajes que le hicieron a Juan Carlos Onetti".

Cossa es un defensor de la palabra en el teatro -"Que desde los tiempos de los griegos se viene diciendo que está en crisis"- y cree que en los últimos años se ha producido en ocasiones una excesiva utilización de la tecnología en la escena como forma de innovar. "Honestamente, creo que es una fórmula que se está agotando; al fin y al cabo, las vanguardias llega un momento en que quedan superadas y tienen que renovarse.

Desde los años treinta, cuando se produjeron los primeros golpes de Estado en el país, los argentinos se han venido refugiando en la palabra. De aquellos años viene el mítico Teatro del Pueblo como una manera de entender las artes escénicas que volvió a tener plena vigencia durante la última junta militar (1976-1983), pero que en los últimos años ha cambiado. "El teatro que se hace es más ritual. Está más vinculado a la imagen y no a contar la historia. Y, además, es totalmente apolítico", se lamenta el dramaturgo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 05 de abril de 2008.

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