Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

La tentación de mirarse el ombligo

La situación económica está empeorando. Ya está aquí algo que veíamos venir, pero que pensábamos que nunca llegaría. Pero no quiero hablar de la crisis, presunta o real, sino de lo que la crisis nos puede impedir ver: un mundo de posibilidades -y de deberes- que podemos desperdiciar por la tendencia a quejarnos, en lugar de tomar el toro por los cuernos y decidirnos a convertir las amenazas en oportunidades. No voy a ser muy ordenado, porque me interesa transmitir una preocupación, más bien que una receta.

Los mercados emergentes están salvando, de alguna manera, la mala coyuntura de Estados Unidos, y también de Japón y Europa. Esto se ve como un dato: los países en desarrollo se han desacoplado de los ricos y, por fortuna, funcionan por su cuenta, manteniendo la demanda mundial. Pero no nos damos cuenta de cómo han llegado a esa situación: gracias a la libertad de comercio (aunque sea parcial y limitada), gracias a la disposición de las empresas europeas y norteamericanas de llevar sus plantas a aquellos países (la deslocalización), gracias a la disposición para llevar a cabo inversiones en Asia o en América Latina, a pesar de los riesgos... Somos nosotros, los ricos, los que hemos permitido que estén ahora en condiciones de echarnos una mano. ¿Vamos a cambiar ahora nuestra política hacia ellos, con actitudes proteccionistas?

Estamos en un mundo globalizado. Puede no gustarnos, pero es el que nos ha tocado vivir

Esto vale también para nuestro país, donde muchas familias van a experimentar las dificultades para llegar a fin de mes y pagar sus hipotecas con regularidad. Pero ellos son nuestros mercados emergentes internos: si ellos mantienen su empleo y su renta, los desarrollados podremos seguir produciendo y manteniendo nuestro nivel de vida. Estamos en un mundo interrelacionado, donde la prosperidad de uno depende de la de los demás. En este naufragio -si esto es un naufragio, que no lo sé- uno no puede salvarse solo.

Y volvamos al mundo mundial: también aquí la prosperidad de unos es la de otros, aunque nuestro egoísmo nos lleve, a menudo, a procurar la desgracia de los demás, o aunque nuestros miedos nos hagan ver fantasmas donde sólo hay seres humanos que intentan mejorar su situación. Si viene una recesión, reduciremos nuestras inversiones en esos mercados emergentes que son, en definitiva, los que van a comprar nuestros productos sofisticados. Mantendremos, pues, nuestras pobres industrias decadentes, pero al coste de impedir el desplazamiento de nuestros recursos hacia las que tienen futuro. Les haremos daño, pues, aparentemente para nuestro provecho, pero, de verdad, para nuestra desgracia.

Y lo mismo puede pasar con nuestras políticas de capital humano y tecnológico. Necesitamos a nuestros mejores científicos e investigadores, pero necesitamos también la mano de obra inmigrante que dará valor a nuestros cerebros. Y necesitamos también la generosidad de crear capital humano en esos otros países, porque ahí está el futuro de la ciencia, no en nuestro mundo occidental: porque aquí no vamos a generar el crecimiento necesario para promover y financiar las nuevas ideas, porque aquí no vamos a tener la gente motivada para lanzarse a nuevos negocios, porque aquí preferiremos la cultura del balneario a la de la fábrica, el taller o el laboratorio.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Aún recuerdo el comentario de un conocido mío, hace ya bastantes años. Comentábamos la entonces incipiente llegada de inmigrantes y me dijo: "Lo que tenemos que hacer es irnos a Suiza, cerrar las fronteras y vivir allí aislados de esa chusma". Entiendo la postura, y acabo de decir que todos podemos experimentar una sensación parecida, quizá no en el ámbito de la inmigración, pero sí en el del mantenimiento de nuestros privilegios y ventajas. Pero me parece un gran error: lo que hay que hacer es más bien abrirnos a esas economías emergentes, para crear oportunidades allí, y también para crear oportunidades aquí para ellos.

Porque, no se olvide, la riqueza del mundo irá desplazándose a esos países. Ellos son los que van a tener los recursos dentro de poco y los que van a generar la renta, y por tanto, los que van a crear el ahorro, que colocarán en nuestras viejas economías avanzadas, comprando nuestras empresas, nuestras viviendas, nuestros activos financieros y nuestras obras de arte, porque nosotros, cada vez más envejecidos, necesitaremos vendérselos para seguir disfrutando de nuestro nivel de vida... hasta el final.

Estamos en un mundo globalizado. Puede no gustarnos, pero es el que nos ha tocado vivir. Aprendamos a hacerlo con visión de futuro, sobre todo cuando vienen las vacas flacas.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS