Columna
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Preguntas sobre Dios

Escribía el poeta Brodsky en un precioso libro titulado Marca de agua lo siguiente: "Quizá la mejor prueba de la existencia del Todopoderoso sea el hecho de que nunca sabemos cuándo vamos a morir. En otras palabras, si la vida fuera un asunto exclusivamente humano, vendríamos al mundo acompañados de un término, o una frase, que indicarían la duración exacta de nuestra presencia aquí, como se hace en los campos de prisioneros". El autor retoma, simbólicamente al menos, aquella idea tan cara a la cristiandad antigua de la vida terrenal como cárcel de almas. Quizá sea influencia de la poesía mística, que creía que la verdadera vida es la muerte, pues es cuando se llega a Dios.

La terrenal, vida aparente en definitiva, es una etapa pasajera, un alto y receso en el camino, una estancia dolorosa o alegre, según, en espera de la liberación definitiva. Nadie sabe cuál va a ser la duración de su existencia. Para algunos dicha ignorancia es terrible, como la sensación de tener la espada de Damocles sobre la cabeza, dispuesta en cualquier momento a caer, cortar y sajar la existencia. Para otros, en cambio, es la evidencia de libertad, puesto que su estancia terrenal es ilimitada, en tanto que se desconoce el momento del fin, que será cuando la muerte se cobre lo que es suyo.

Hay una gran carga emocional e histórica en la representación de Dios
Es difícil sustraernos a la influencia de la religión, dejarla de lado

Es difícil sustraernos a la influencia de la religión, dejarlo de lado y vivir nuestra vida sin imaginarnos que tiene alguna trascendencia, sabernos contingentes, humanos tan sólo, género perecedero y defectuoso; olvidarnos, no ya del catecismo y de las oraciones aprendidas en nuestra más cruda infancia, sino del idioma, tan lleno de signos que alguna vez tuvieron significación religiosa, y de las palabras que, aunque sean sombras de lo que fueron, indican su origen, delatan su fuente, su primitivo nexo entre el ser y algo más, algo que va más allá del sentimiento y de la razón.

No es frecuente que se hable de Dios en la cultura moderna; menos que se escriba sobre él. Nietzche proclamó su muerte. "Dios ha muerto", dijo. Pero no por ello nació un sustituto; no lo hay. Para Camus no era más que envidia de Stendhal, quien escribió: "La única excusa de Dios es que no existe". El mundo siguió su curso. La conciencia huérfana de Dios se erigió en el lugar vacío, al conquistar un territorio hasta entonces vedado, un lugar solitario y desamparado. Pero la conciencia no es omnipotente. La conciencia busca infatigablemente el sentido que la sustenta, el misterio de la existencia.

Acaba de publicarse un libro en euskara titulado Jainkoaz galdezka (Preguntando acerca de Dios), en el que cuarenta escritores responden a un cuestionario preparado por el teólogo Joxe Arregi. No es habitual la publicación de este tipo de libros, pero dadas las características del mercado literario y libresco vasco, diferentes respecto a las de otros lugares, tampoco es infrecuente. El escritor contemporáneo no es muy dado a la reflexión, sea está religiosa o no, por el grado de abstracción al que conduce. Sin embargo, las preguntas del cuestionario son bastantes precisas: "¿Qué te sugiere la palabra Dios?", "¿en qué Dios no crees?", "¿en qué Dios crees, si es que crees?, ¿qué nombre le darías?, ¿cómo te lo imaginarías?", "¿cómo y cuándo ha aparecido, si es que ha aparecido?", "qué hace en este mundo, si es que hace algo?".

Las respuestas parecen sinceras, lo cual, en un principio debería extrañarnos, porque no es el escritor alguien que tenga clara tendencia a declarar sus intimidades en público, sin que medie el secreto de confesión, ni a contar sus experiencias, tal y como son vividas en su memoria, sino a revestirlas con el ropaje del rito y del mito, esto es a convertir ese mundo vivido y de alguna manera habitado en literatura. De lo que se infiere que el concepto de Dios es demasiado grave, incluso trágico, como para tomárselo en el sentido literal, hecha la abstracción de su significado. Hay una gran carga emocional e histórica, herencia de nuestra cultura, en la representación que tenemos sobre él. Difícil es, por tanto, tomar su nombre en vano, hacer bromas sobre su destino, adquirir pose escéptica y poner rostro de circunstancias. En consecuencia, los escritores que a su vez son creyentes se expresan con pasión no fingida. Los no creyentes, también, pero sus argumentos son bastante más endebles. Lógicamente, defender lo que se cree es más admirable que defender lo que no, en religión y en otras cuestiones. Escribió Rilke que Dios vivía en un rincón del campo. Brodsky le respondió que estaba en todas partes. En la literatura, quizá.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 27 de marzo de 2008.