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Tribuna:

¿Quién tiene que centrarse?

Si fuese verdad que en las elecciones del 9 de marzo hubo un desplazamiento de votos desde la extrema izquierda hacia el PSOE y desde el centro hacia el PP, tal como afirman algunos, la derecha tendría un futuro difícil, ya que la izquierda y la extrema izquierda, sumadas, tendrían un millón más de votos que, juntos, el centro, la derecha y la extrema derecha.

Seríamos así un país políticamente muy radical, lo que resultaría sorprendente y algo, además, que no se ve acreditado por ningún otro indicador. Más probable es que el centro haya votado en mayor medida a los socialistas que a los populares. Éstos, como se ha repetido una y otra vez antes y después de las elecciones, se equivocaron de estrategia al optar desde hace cuatro años por el enfrentamiento bronco con el Gobierno y su descalificación continua desde posiciones tan extremas que es inevitable hayan enajenado el voto moderado.

Habría que olvidar en pro de la convivencia la ringla de dislates del último cuatrienio

La derecha debe plantearse si sigue o no con la estrategia del enfrentamiento

A la vista de los resultados, ¿qué ocurrirá en esta nueva legislatura? El Gobierno del PSOE no parece que tenga que hacer grandes cambios en su política, que en líneas generales se ha visto refrendada en las urnas, aunque desde luego pueda y deba hacer las cosas mejor y evitar ingenuidades, precipitaciones, vacilaciones y triunfalismos. Pero cabe predecir que seguirá como hasta ahora, en el centro-izquierda, por no decir en el centro, en algunas esferas, verbigracia la economía, las relaciones con la Iglesia o el aborto, y más a la izquierda en el terreno de lo social.

Es la derecha la que tiene que plantearse si sigue con la misma estrategia o la cambia. Lo lógico, después de lo sucedido, sería que la cambiase para poder ganar en 2012. Tiene, sin embargo, tres dificultades para ello.

La primera es que el adalid de la descalificación del Gobierno siga de líder de la oposición. Si ésta se volviera civilizada, cabría en todo momento tirar de hemeroteca o de Diario de sesiones del Congreso de los Diputados para echarle en cara a Rajoy sus muchas afirmaciones anteriores y acusarle de incoherente.

La segunda dificultad está en la propia clientela del PP. Buena parte de ella se ha visto constantemente inducida a jalear los ataques frontales al Gobierno. Ahora, por falta de costumbre, no aceptaría fácilmente que se respetara a los gobernantes en lugar de denostarlos. Bastaba ver a simpatizantes del PP, una vez conocidos los resultados de las elecciones, gritar ante el balcón al que se asomaba Rajoy "Zapatero, dimisión". Algo, claro está, absurdo e impropio de un país democráticamente avanzado.

Un tercer obstáculo para la posible moderación y consiguiente modernización de la derecharadica en los medios de comunicación que la apoyan. Quizá no influyan en lo sucesivo tanto como en el pasado pero, a menos que cambien, crean un clima de enfrentamiento. Y es difícil que cambien, pues están en juego intereses económicos. Si hay un público minoritario, pero que se cifra en millones, que quiere su ración cotidiana de amarillismo político, habrá siempre periódicos, radios y televisiones dispuestos a atender esa demanda. Es un círculo vicioso. El PP practica la crispación. Muchos ciudadanos se dejan convencer y quieren que al Gobierno se le atice palo y tente tieso. Consecuentemente, hay medios que para vender más se aprovechan de esa situación y la fomentan. Además, España es un país que se caracteriza por la abundancia de periodistas partidarios. Son los que al analizar la realidad parten siempre de a prioris fervorosos acerca de lo buenos que son unos y lo malos que son otros. Método tan poco científico, huelga decirlo, suele llevar a conclusiones equivocadas. Ahora, ante el trágala que les ha supuesto las recientes elecciones, algunos se inclinan por una legislatura de consenso entre los dos grandes partidos, lo que podría entenderse como una suerte de autocrítica.

Pero, ¡oh sorpresa!, quien tiene que poner fin a la crispación es el verdadero culpable, es decir, el presidente del Gobierno. Al parecer, Zapatero tendría que dejar de acusar al PP de amparar a ETA, de acabar con la familia, de quebrar la unidad de España, de llenar el país de inmigrantes ilegales y abusones, de aliarse con gobiernos comunistas y populistas, de ser en suma unos incapaces y unos embusteros, con un líder que no sirve ni para subsecretario. Es el mundo visto al revés.

¿Qué va a ocurrir entonces? En unas semanas saldremos de dudas. ¿Qué dirá Rajoy en el debate de investidura? ¿Cómo votarán los diputados populares, que de ganar hubiesen pedido la abstención de los socialistas? ¿Aceptará la oposición que sea el Gobierno y no ella la que dirija la política antiterrorista? ¿Retirará el PP los recursos de inconstitucionalidad? ¿Colaborará en la renovación pendiente de los órganos jurisdiccionales? ¿Dejará de manifestarse en la calle? ¿Desautorizará siempre que sea menester a tanto medio de comunicación extremoso? ¿Apoyará a Gallardón frente al energúmeno de la Cope?

Todo es posible aunque no se antoja nada fácil. Pero, al fin y al cabo, salvando las distancias, mucho más peliaguda era la salida del franquismo y, sin embargo, se consensuó. Restablecer ahora la malherida convivencia marcaría casi otro hito en la historia de nuestro país. Y de forma en cierto modo parecida a lo que ocurrió al final de la dictadura, si fuera necesario, habría que olvidar en pro de la convivencia toda la ringla de dislates proferidos en el último cuatrienio.

Francisco Bustelo es catedrático jubilado de Historia Económica y rector honorario de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de marzo de 2008