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Reportaje:

Camboya, templos de esperanza

Verde, naranja y gris. Selva, monjes budistas y las maravillosas piedras de los templos. Colores para un pueblo que quiere olvidar la negra historia de los jemeres rojos. Por Ruth Toledano. Fotografía de Philippe Lafond.

Durante una jornada que imaginamos pesada por el calor y pegajosa de humedad, quizá cayendo ya una noche inquieta por silbidos de insectos, crujidos vegetales y gritos de mamíferos y aves, Henri Mouhot vivió despierto el sueño de todo aventurero: descubrir un extraordinario tesoro. Dicen que se topó con la visión alucinante de esa riqueza persiguiendo a una pequeña mariposa.

Ya sabemos que la imagen del explorador Mouhot, sudorosa por el sol y acaso por la fiebre de una malaria que poco después le mató, probablemente no sea cierta, y no fuera nuestro ferviente Henri el primero en vislumbrar, alrededor de 1860, el tesoro sobre el que se ha encumbrado su memoria. Pero lo que se abría a sus ojos era de tan colosales dimensiones y de tan misteriosa belleza, que no es de extrañar que el naturalista francés se considerase un elegido. Aunque el año pasado no resultó escogida en la absurda y mediática votación impulsada por el suizo Bernard Weber e inspirada en las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, lo que se desplegaba ante Mouhot sí era una de esas maravillas: el conjunto arquitectónico de Angkor, en Camboya, el más extenso y monumental de Asia, construido según los patrones de la mitología hindú y cuyo valor arqueológico es comparable al de las grandiosas construcciones egipcias, mayas e incas. A lo largo de casi 300 kilómetros cuadrados de jungla se escondían un centenar de imponentes templos, más de mil estructuras de diversa finalidad, restos de instalaciones hidrológicas, cientos de esculturas e innumerables bajorrelieves con reveladoras inscripciones, escenas sexuales y estampas de la vida cotidiana de lo que fue la capital del reino de Camboya entre, aproximadamente, los siglos IX y XV, el apogeo del imperio jemer.

Si Henri Mouhot llegara hoy al recinto de Angkor, en las inmediaciones de la ciudad de Siem Reap, tendría que compartir su asombro con el de cerca del millón de turistas que lo visita cada año, acaso inspirados por El caballero del salón, relato del novelista Somerset Maugham sobre su viaje a Oriente, o seducidos desde las pantallas de los cines por Lara Croft: Tomb Raider, la película rodada allí en 2001 y protagonizada por Angelina Jolie, que adoptó en Camboya a su hijo Madox. El impacto de ese número de visitantes comienza a preocupar a las autoridades camboyanas y a los especialistas de la Unesco, que en 1992 lo declararon patrimonio de la humanidad para reconocer su valor y salvaguardarlo del abandono y el pillaje. Pero el turismo es la principal esperanza económica de un país que hace apenas diez años ha depuesto las armas de sucesivas guerras y se recupera del que posiblemente sea el mayor genocidio del siglo XX: el que cometió el régimen de los Jemeres Rojos liderados por Pol Pot, un burgués educado en París que entre 1975 y 1979 impuso una revolución campesina de inspiración maoísta traducida en éxodo, purga, terror, tortura y muerte. Lo llamó Kampuchea Democrática. Instauró el Año Cero. En busca del llamado "enemigo oculto", eliminó a los intelectuales y profesionales, masacró a los monjes budistas, vació las ciudades y recurrió al exterminio: casi dos millones de camboyanos fueron asesinados, un tercio de la población.

El genocidio también fue cultural. Los Jemeres Rojos destruyeron, saquearon y destinaron al contrabando numerosas obras de arte antiguo, sobre todo esculturas y pagodas. Aunque con Pol Pot alcanzó el paroxismo, ni la tragedia había comenzado en ese ficticio anacronismo del Año Cero, pues apenas hacía dos décadas que Camboya se había liberado del colonialismo francés, ni acabó con la invasión del ejército vietnamita, enfrentado a la guerrilla jemer por los derechos territoriales del delta del Mekong. Los Jemeres Rojos permanecieron emboscados en la selva y siguieron atacando. No estaban solos. Tuvieron apoyo internacional contra el Gobierno de Hanoi, principalmente de unos Estados Unidos insuflados de afán de venganza tras la humillación de su guerra con Vietnam, aunque Nixon y Kissinger, en su ciega persecución al Vietcong, habían bombardeado antes Camboya con sus B-52 hasta la extenuación, radicalizando, colateralmente, el impulso maoísta jemer. Hasta 1997 se han sucedido en Camboya, hoy una monarquía constitucional, guerras civiles y golpes de Estado, y los camboyanos han tenido que esperar a 2007 para sentar en el banquillo a los fratricidas. Por todo ello, la generación actual, primera que conoce la paz en 100 años, confía su recuperación a los templos que ilustran su bandera nacional. El turismo, en su versión masiva del romántico viajero decimonónico, responde a su llamada. Aprovechando la precariedad, los ladrones de arte, también.

De algún modo, la atracción que Angkor ejerce entre turistas y expoliadores es responsabilidad del apasionado Mouhot. En un sentido estricto, él no descubrió su existencia, pues los camboyanos la conocieron siempre y, de hecho, su templo principal, Angkor Wat, había sido reconvertido en monasterio budista en el siglo XVI. Hay constancia además de que el francés Charles Emile Bouillevaux, un fraile de misión en Battambang, había visitado Angkor cinco años antes que él mismo, e incluso noticias de otros remotos misioneros. Pero el libro póstumo de Mouhot Voyage dans les royaumes de Siam, de Cambodge et de Laos, publicado en París en 1868, fue el primero en advertir al mundo occidental de que los vestigios de Angkor demostraban que en Indochina había existido una magnífica civilización cuyos arquitectos y artistas estaban a la altura de Miguel Ángel. La Royal Geographical Society y la Zoological Society of London, que habían patrocinado sus expediciones, alimentaron el mito y contagiaron a las autoridades coloniales francesas: en 1875, el británico John Thompson hizo las primeras fotos de Angkor y, dos años después, el arquitecto Lucien Fournereau trazó los primeros mapas.

¿Por qué su contemplación produce aún tal impacto? ¿Qué cuentan esas piedras de la historia de Camboya? "Tengo ante mí, no sólo una capital vacía, sino 700 años sin anales. Y el más terrible prodigio de la muerte: el silencio", escribió en el siglo XIX un sobrecogido Guy de Portalès. El silencio al que se refiere Portalès cayó sobre la capital de Angkor de la mano de la decadencia política. Es el silencio que trajo consigo la muerte de aquella fastuosa civilización. Los escritos locales posteriores referidos a ella, si bien escasos, también sucumbieron a la furia de los Jemeres Rojos. Pero siglos atrás habría podido oírse el bullicio de una vida poderosa en cada rincón ocupado después por el sigilo de un pertinaz olvido y el mutismo de las continuas desgracias. Porque a comienzos del siglo XIII, Camboya gobernaba sobre vastos territorios que prosperaban a orillas de los ríos Mekong y Tonlé Sap, y se extendían por una parte importante de lo que hoy es Tailandia, Laos, parte de Birmania y Malasia. Su centro era la ciudad sagrada de Angkor, donde arquitectura y naturaleza aunaban el poderío de hombres y dioses. Un imperio de corte absolutista que representaba su hegemonía cultural, social y religiosa, pero sin duda militar y política, en la figura del dios-rey. Angkor fue el hogar de los dioses y el trono de los hombres. Ambos, capaces de realizar milagros: si los unos habían podido dar muestras de su infinita sabiduría plasmando la belleza de la Creación en la delicada ala de una mariposa, los otros dejarían patente lo que de divino había en su naturaleza erigiendo en su honor asombrosas construcciones que no desmerecieran a la belleza original. De paso, cohibirían a los coetáneos con sus conocimientos y riquezas, y la historia, rendida a la evidencia, no les podría olvidar. Pero la historia de Camboya, la historia de los hombres, discurrió, trágica y violenta, sobre Angkor, y el tiempo, implacable en toda latitud, invadió su esplendor con siglos de silencio. Sólo la jungla conservó su hegemonía en la vieja ciudad: los árboles siguieron creciendo, los insectos siguieron silbando, los monos siguieron chillando, los elefantes siguieron reinando. Millones de mariposas siguieron desplegando la levedad y la belleza de sus alas para escribir, en el aire, la historia de los dioses.

En el imaginario colectivo de los camboyanos permanece, no obstante, el fantástico recuerdo de aquel tiempo en el que sus antepasados eran semidivinos y semihumanos. ¿Parientes de los dioses? Según una cierta perspectiva de la historia de Angkor, sí. Aún hoy día, antes de construir cualquier edificio, ya sea el más modesto palafito, el pueblo camboyano invoca a Preah Visnukar, el arquitecto celeste, el mismo que construyó la casa en la Tierra de Preah Ket Melea. Éste último, hijo del rey del estrato celeste y de una mujer terrenal, despedía un olor humano que desagradaba al resto de los dioses. El rey, cediendo a sus protestas, se ve obligado a enviarle a la Tierra y le propone que elija un edificio del estrato divino que será fielmente copiado en el estrato humano. Preah Ket Melea escoge el establo. El rey suelta a un buey en la llanura de Angkor y, en el punto exacto en el que el animal se tumba, el arquitecto Preah Visnukar erigirá el templo de Angkor Vat. Si la leyenda pudiera ser verdad, ésta explicaría además la obsesión de los camboyanos por el aroma de las esencias de flores, frutas e inciensos perfumados; su afán por que todo huela divinamente, como si quisieran alejar el olor demasiado humano que, en realidad, producen el clima tropical y la indisimulable pobreza.

Pero según una lectura menos mística o mítica, es otra la historia del árbol genealógico de Angkor. En el siglo I de nuestra era, Indochina, entonces una tierra sin civilización, fue colonizada por comerciantes, brahmanes y militares procedentes de la India. De la mezcla entre inmigrantes y autóctonos se supone que surgieron los reinos de Funan y Chenla, que aún constituyen una incógnita para historiadores y arqueólogos. Con ellos evolucionó la agricultura, en especial unos arrozales que se convirtieron en su principal actividad gracias al aprendizaje de la canalización de los ríos. Cuando los indios se retiraron, alrededor del siglo V, los jemeres, una tribu de las montañas cuya prehistoria también resulta ignota, fueron bajando a la jungla y robándole terreno. Dicen que se trataba de un pueblo tosco, que dio muestras de temeridad y salvajismo. Pero los monumentos demuestran que su desarrollo intelectual y artístico fue espléndido y que lograron erigir lo que el Libro Guinness de los Récords considera la mayor estructura religiosa del mundo.

En cualquier caso, aquel presunto primitivismo de los jemeres montañeses hizo posible su lucha contra el titánico enemigo natural que era esa inmensa selva. Se hicieron con ella, pero no pudieron resistirse al legado religioso de los indios que les precedieron, que habían traído consigo el hinduismo y practicaban el culto a la tríada formada por los dioses Brahmá, Shiva y Visnú, creador, destructor y preservador del universo. Los nuevos reyes de la selva, los monarcas jemeres, se autoproclamaron como la reencarnación de Visnú en la Tierra: reyes sagrados. Y Jayavarman II fundó la espléndida ciudad de Angkor a orillas del lago Tonlé Sap, el mismo donde hoy se mece la miseria en las aldeas flotantes de los desarraigados y despreciados vietnamitas que se quedaron en Camboya. Suyabarman II construyó allí más tarde Angkor Vat, gigantesco templo en piedra que imita al monte Meru, para los hinduistas, la montaña basal del planeta. De ahí la exquisita iconografía de los bajorrelieves en los templos de Angkor Vat, Bayon, Preah Khan o Banteai Srei: deidades zoomorfas, lujuriosas ninfas celestiales, escenas del Ramayana y el Mahabarata.

La caída del imperio jemer y el abandono de Angkor es un misterio cuyas incógnitas se multiplican y bifurcan como las ramas y raíces de la jungla que lo engulló: la invasión de los guerreros de Siam (antiguos tailandeses), el declive acarreado por una grave crisis económica, la devastación de una catástrofe ecológica, la furia de una plaga e incluso el diezmo humano y material que hubo de pagar su construcción y su mantenimiento.

Cuando llegué a Camboya, llevaba el ánimo dividido entre dos expectativas: las maravillas de los templos y la tragedia de un pueblo. Se cumplieron las dos. Entro por vez primera en Angkor en un amanecer húmedo y caluroso como el de Mouhot, aunque sin duda menos solitario. Taxis, autobuses y tuk-tuks esperan en las inmediaciones el regreso de los pasajeros que han madrugado más. Pero experimento su mismo impacto al asomarme a la Terraza de los Elefantes y a la del Rey Leproso, al enfrentarme a Bayón, al penetrar en el maravilloso reino de los árboles que sostienen Ta Prom, templo que no se ha restaurado porque el bosque no ha podido ser vencido. Me rodean monjes naranjas y niños con mocos y sonrisas que venden cualquier cosa. Quizá alguno de ellos duerma esta noche en la calle, solo, acechado por otro tipo de turistas. La prostitución infantil en Camboya es otro de sus dramas. Y cuando me topo con la delicadeza de los bajorrelieves del arte jemer que describen episodios bélicos, tengo la sensación de que este pueblo sobrevive a una única, eterna y despiadada batalla que estuviera destinado a librar. ¿La guerra de los hombres o la guerra de los dioses? En cualquier caso, las consecuencias de esa condena son visibles y afectan a la gente y a los templos. La peor, las minas antipersona: cada día, cinco personas, sobre todo niños y campesinos pobres, mueren o sufren heridas graves y la probable amputación de sus miembros a consecuencia de una explosión. El jesuita español Kike Figaredo ha creado el Centro Arrupe en Battambang para dar un hogar y un futuro a esos niños mutilados que acaso sólo perseguían a una pequeña mariposa. Porque la apacibilidad del campo camboyano, la verde suavidad de los arrozales, esconde aún entre dos y cuatro millones de minas perversamente diseminadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de marzo de 2008