Photoshop

En las marquesinas de los autobuses tenía los ojos muy grandes, los labios finos y un mentón ajeno, como de otro hombre. En las farolas, las cejas eran nigérrimas, los ojos habían encogido y la barbilla apuntada le daba cierto aire de duendecillo. Ambas imágenes, lejos de rejuvenecerle, inspiraban desconfianza en un candidato incapaz de aparecer ante los votantes sin retoques. Había una tercera foto, la mejor para mi gusto, que no había pasado por el Photoshop. En ella sonreía de verdad, no con la mueca ensayada que adoptaba en los debates. Captado en escorzo, parecía un hombre mayor, algo cansado, con la mandíbula cuadrada y la barba canosa. Él mismo.
Confieso que, mientras estudiaba sus retratos, no sospechaba que Rajoy fuera a crecer tanto como personaje. Confieso, además, que en este momento, nada en la política española me interesa tanto como su patética grandeza de boxeador sonado, que se tambalea en el ring mirando hacia delante. Hay algo épico y algo ridículo en ese "¡Dejadme solo!" que ha dejado tamañita la lánguida, pestañeante entereza que Gallardón exhibía hace no tanto. Sé que debajo hay más pragmatismo que otra cosa, pero en esa actitud late también la posibilidad de que otro "gran resultado" en 2012 lleve al PP a permanecer hasta 16 años en la oposición.
Como todos los creadores, y él lo es ahora más que nunca del futuro de su partido, Rajoy toma de la tradición sólo lo que le interesa. González y Aznar perdieron dos veces, dice, y es verdad. Pero ambos ganaron al menos una vez por mayoría absoluta, y eso por no citar el ejemplo de Simancas, paradigma del perdedor contumaz. Rajoy confía en el desgaste y en el cansancio, pero ambos son armas de doble filo. ¿Qué votantes se cansarán primero, los que ganan o los que pierden? Si son los suyos, la próxima vez no le va a servir de mucho el Photoshop.
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