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Reportaje:ELECCIONES 2008 | El segundo cara a cara

El debate de los acostados

El seguimiento masivo del duelo demuestra el interés ciudadano por la política

Uno de los pasajes más apasionantes de las memorias del escritor José Manuel Caballero Bonald es el que se refiere a "los acostados", cinco familiares suyos que, repartidos entre Jerez y Madrid, optaron por la cama como lugar de residencia. "No eran ni enfermos imaginarios ni gente desocupada; eran simplemente unos ciudadanos algo extravagantes, pero muy conscientes de su papel de dimisionarios de los afanes de cada día". De hecho, a su abuelo Rafael Bonald, que era químico farmacéutico, sólo lo vio levantado "los jueves, y no todos". El resto del tiempo permanecía en la cama, recostado en unos almohadones, leyendo libros, fumando un puro detrás de otro y bebiendo pausadamente ginebra con albahaca y vino oloroso de Jerez.

Los ciudadanos van a las urnas y a los debates cuando la democracia lo pide

Rajoy hablará de la niña hasta el final de la campaña, está en su cabeza...

-Yo miraba al abuelo desde la puerta de su habitación y a veces él también me miraba con una especie de altanero desinterés.

Esa mirada mutua, entre la curiosidad y el desinterés fingido, puede reflejar también la relación entre la política y los ciudadanos desde que, una vez superados los sobresaltos de la transición, la democracia se instaló para quedarse. La recuperación de los debates ha venido a recordar que, en contra de ese lugar común que habla del divorcio entre la clase política y los ciudadanos, éstos están cuando se les convoca.

Estuvieron -en la calle- cuando el Gobierno anterior desoyó el clamor en contra de la guerra de Irak. Y estuvieron -en las urnas- cuando les olió a chamusquina la gestión que del atentado del 11-M hizo el Gobierno de Aznar. Y también están ahora, cuando los debates -aun con sus carencias- han otorgado verosimilitud a la campaña electoral, reducida en los últimos años a una sucesión de mítines paralelos, promesas y acusaciones incapaces de confrontar.

El primer debate fue visto por más de 13 millones de personas, y el segundo por 12 millones. Hubo un momento -aquel en que Zapatero utilizó las mismas armas de Rajoy para hablar del terrorismo- en que casi 22 millones de ciudadanos estuvieron pendientes del televisor. Si a esta cifra se añade la de los que escucharon a Zapatero y a Rajoy por la radio, los que vieron fragmentos del debate durante el día de ayer en los telediarios y los que, también en masa, se siguen acercando a lo que dio de sí el duelo a través de Internet y los periódicos, queda demostrado que los ciudadanos -como el abuelo de Caballero Bonald- han podido estar a veces acostados, pero nunca dormidos. A los ciudadanos les sigue interesando la política, aunque sólo sea "los jueves, y no todos".

El debate del lunes también sirvió para dar por clausurada la campaña. Todavía quedan algunos mítines, algunas entrevistas, tal vez alguna promesa y seguro que alguna metedura de pata, pero será difícil que ningún intento supere lo visto la noche del lunes.

Un Rajoy de apariencia cansada admitió ayer -algo nunca visto- que tal vez no debió meterse en la discusión sobre la guerra de Irak que le propuso Zapatero. Aunque unas horas después -y esto sí está más visto- le quitó importancia a su error: "Lo de Irak no quita un solo voto".

En su partido no están tan seguros. Otra cosa es que lo digan abiertamente. Aunque casi. La misma noche del debate, y en la sede del PP, la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, intentó explicar ante las cámaras el triunfo de Rajoy sobre Zapatero. Pero, aunque sin despegar la sonrisa de su rostro, su disertación trató de todo lo que Rajoy debería haberle dicho a Zapatero y no le dijo. Fue una de esas veces en que, pese a las tablas políticas del protagonista, el telespectador se da cuenta de que el gesto va por un lado y las palabras por otro. Un efecto muy parecido al de una película mal doblada. Esperanza Aguirre -cuyo futuro político depende en buena medida del fracaso de Rajoy- parecía estar diciendo: no se preocupen, que dentro de cuatro años seré yo la que le cante las cuarenta a Zapatero.

Anoche, en Vigo, y pese a la guasa general, Rajoy se mantuvo erre que erre. Dijo: "Hablaré de la niña hasta el final de la campaña".

Sin duda, está en su cabeza...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de marzo de 2008