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"Madame Bovary ha muerto"

Sentado ante la imponente chimenea de su casa en Fitzroy Square, mientras conversa y deja que el peso de la tarde le caiga encima sin encender ninguna luz, Ian McEwan parece disfrutar en la mágica penumbra de una conversación plácida e invernal. En su guarida, ante la recia mesa de madera y la vigilancia intensa de sus instrumentos, de su piano y su guitarra eléctrica, el silencio no se altera ni por el intenso tráfico londinense que ronda este lugar más que céntrico. Allí, cerca de la vorágine de Oxford Street, tiene su cálido refugio este escritor clave en las letras inglesas contemporáneas, ya acostumbrado a que el éxito sea un constante crescendo en su vida.

Pero, como buen escéptico, a McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) le gusta tomar distancia. Huir para buscar, alejarse de la comodidad que le sonríe y explorar, empaparse en las esquinas de lo que no conoce para cargar pilas. Por eso preparaba hace días las maletas para dar la vuelta al mundo y alejarse un poco de todo lo que le pueda hacer caer en la autocomplacencia, que es la muerte de un escritor.

"Lo que ocurre entre dos amantes nos da muchísimas posibilidades para describir lo trágico"
"Toda la novela surge de una idea que tuve hace tiempo y que me obsesiona: cómo puede cambiar toda tu vida en un solo momento"
"Si tuviera que escribir 'Chesil Beach' situada en la actualidad, hubiese elegido un matrimonio de musulmanes, por ejemplo"
"El mundo se ha vuelto irascible. Ser ofendido ahora supone entrar en un estado de gracia. No es sólo cosa de los musulmanes"

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La prueba de que McEwan no se ha dejado sedar por la respuesta de un público y una crítica que le bendicen sin cesar es la calidad, la altura literaria que ha vuelto a conseguir con Chesil Beach (Anagrama), la nueva novela que aparece ahora en España y que está a la altura de sus mejores obras.

Tan turbadora, indagadora y exquisita como cualquiera de ellas, esta nueva novela prueba su robusta madurez como narrador. McEwan sigue proporcionando respuestas y fuerza a un género que él ha contribuido a enriquecer gracias a cumbres como Expiación, todo un clásico ya. Con la magnífica película de Joe Wright, además, entró este año en la carrera de los Oscar, y le ha proporcionado una segunda vida editorial bien rica, con 450.000 ejemplares vendidos en Estados Unidos a raíz de su estreno en los cines.

En su certero recorrido por el siglo XX, que le hizo pasearse por los alrededores de la Segunda Guerra Mundial entonces, McEwan se detiene ahora en otro momento clave: los años sesenta. Pero no en sus colores, sus explosiones voluptuosas o sus devaneos libertarios, que cambiaron el mundo para siempre, sino en su otra cara, en la oscuridad, la represión, el agobio y la pobreza moral que llevó precisamente a todo aquello. Dos personajes, Florence y Edward, recién casados, y una situación más que límite -su noche de bodas- sirven a McEwan para realizar uno de los retratos del amor y la pareja más devastadores que se hayan escrito en los últimos tiempos.

PREGUNTA. ¿Qué cambió en los sesenta para que viéramos el mundo de otra manera? Sobre todo en la pareja, que es algo que usted analiza casi obsesivamente.

RESPUESTA. Realmente representó toda una transformación. No sólo en el plano sexual, también en el de las relaciones personales. Cambiaron de una dimensión más formal a otra mucho más cálida. Poco a poco. Pero muchas de las cosas que pensamos que habían ocurrido en los sesenta en realidad pasaron en los setenta. No sólo tuvo que ver con la manera de relacionarse entre las parejas, también entre padres e hijos y otros aspectos de la vida privada. En el terreno sexual, no todo se limitó a las relaciones entre dos, se ampliaron los horizontes con las comunas, entró el instinto, probamos todo, el amor libre. Pero creo que, aunque cambiaron muchas cosas, en el fondo, otras muchas siguieron igual.

P. ¿Cuáles?

R. En el caso de las parejas jóvenes, el día que tienen que afrontar su primera vez, ocurre como siempre. Nos engañamos si pensamos que los adolescentes de hoy llegan al sexo sabiéndolo todo y relajados. Si tuviera que escribir Chesil Beach situada en la actualidad, hubiese elegido un matrimonio de musulmanes, por ejemplo. Lo que vemos en las revistas es una cosa, pero en privado, todavía, somos vulnerables, dubitativos, tenemos miedo.

P. En su obra se puede observar el mundo a través de sus personajes amantes. ¿Qué respuestas le da ese microcosmos que no puedan encontrarse desde una óptica individual?

R. Ese mundo resulta tremendamente conveniente para un escritor. No soy el único. Lo que ocurre entre dos amantes nos da muchísimas posibilidades, no sólo para indagar en el placer y el éxtasis, sino para describir la falta de entendimiento, los celos, la traición, la incomprensión mutua, lo trágico.

P. En Chesil Beach,

precisamente, aborda la transformación de lo que puede ser placentero en puro patetismo. ¿No resultaba crucial que todo aquel mundo explotara de alguna forma?

R. Lo que no me gustaría es dar la impresión de que lo que les pasó a Florence y Edward fue general. Si así hubiese sido, no estaríamos aquí ninguno.

P. Menudo colapso, como el mundo perdido.

R. Es una historia que se refiere a un tipo determinado de gente, con una manera de comportarse. Para mí lo importante era meterme en su mente e intentar comprender a todos aquellos que tienen dificultades en la vida por ser incapaces de expresar fácilmente sus emociones. Te aparta no sólo de la gente, te desgaja del mundo y de tus propios sentimientos, no entiendes bien lo que te pasa. Florence no puede afrontar lo que le ocurre.

P. ¿Por orgullo, por represión, por frigidez...?

R. Porque se echa la culpa de todo. Toda la novela surge de una idea que tuve hace tiempo y que me obsesiona: cómo puede cambiar toda tu vida en un solo momento. Escribí notas hace tiempo, lo desarrollé en Expiación, en la que alguien era acusado de un crimen que no había cometido, pero incluso al terminarla, me di cuenta de que no la había desarrollado como quería. Seguí haciéndolo aquí.

P. En Expiación

queda claro cómo ese momento cambia la vida de muchos, no sólo de una persona.

R. No lo desarrollé entonces como quería. En Expiación derivó en un escenario de gran época histórica. Chesil Beach es más íntimo, la desata un momento específico pero sin épica, sin cárcel, sin guerras alrededor. Y aun así, sigue rondándome esta idea.

P. ¿Hará otra?

R. No, no. Aunque da para muchas cosas. Un punto decisivo en la vida de cualquiera. Ahora sobre el pathos de un dormitorio.

P. Y el propósito de pintar un fresco sobre una época en la que reinaba la represión, otra moral, algo muy agobiante.

R. Deberíamos preguntarnos, además de todo eso, si también, pese a todo eso, perdimos algo. Hay cosas en esa chica tan tímida que se han desvanecido con ella. Una belleza extraña. Esa reticencia que desaparece con su marcha.

P. ¿Una pureza, algo platónico? Lo terrible en esa novela es que todos esos remilgos no les permiten ser felices.

R. Uno de sus problemas es que la mujer que representa Florence siempre sufrirá una presión, se ve obligada a decir no, queda ella como la que niega la felicidad resistiéndose al sexo. De hecho, Edward quiere casarse para acostarse, en aquel momento era para muchos el único camino.

P. En la novela quedan cabos sin atar, con una sugerencia decadente. ¿Le gusta que los lectores construyan sus propias respuestas?

R. Muchos lectores disfrutan sin querer saber. No les gusta que les resuelvas ciertas situaciones con desdichas. Y convence eso. Por mi parte, sería más fácil inventar todas las respuestas que sugerirlas.

P. Por ejemplo, se me ocurre preguntarle tras haber leído el libro: ¿el sexo no nos conduce a la grandeza?

R. Es extremadamente importante para todos nosotros. Pero después de toda una vida pensando en ello, la razón por la que no sigo siendo freudiano es porque me he convencido de que el sexo no lo es todo. Es perfectamente posible disfrutar de mucho sexo y ser absolutamente desgraciado. No lo es todo. No basta, de verdad. Cualquiera que se dé cuenta de esto, disfrutará de otras cosas.

P. Le ha salido una novela muy inglesa.

R. Creo que es la más inglesa de todas mis novelas. Me preocupa eso. ¿La entenderán en España, en Estados Unidos, en Italia?

P. Bueno, usted siempre le da vueltas a Inglaterra en sus novelas.

R. De hecho, yo creo que todas las novelas son locales. Escribir una obra universal es algo muy complicado, ambicioso. Nos gusta García Márquez, Cortázar, John Updike o Dostoievski porque son muy locales. Este libro, de todas formas, aun siendo muy local, ha tocado a mucha gente. Recibo muchas cartas, algunos me dicen que les he calcado su noche de bodas. Otros me cuentan que después de su primera noche hasta fueron al médico a ver qué hacían. Ahora me sorprende que la especie humana haya sobrevivido a ese momento sin acudir al médico.

P. Entre esa Inglaterra de la novela y la de hoy, ¿qué diferencias hay?

R. Bueno, era más marcada en la diferencia de clases, más blanca. Hoy, aquí, en el centro de Londres, te cruzas con todas las nacionalidades. Vivimos en un mundo más plural pero más fracturado. Parece un espejo hecho añicos. Quizás deberíamos haber recorrido todos esos cambios en 10 años y no de un día para otro. Pero, tampoco...

P. Hemos avanzado todos, al fin y al cabo.

R. Bueno, también nos hemos hecho más infantiles. Dura más la infancia en nosotros.

P. Todo se ha pospuesto. La famosa crisis de los cuarenta ahora entra a los cincuenta. ¿Por qué todo ocurre con 10 años de retraso?

R. Porque la gente vive más y mejor. Una sociedad que resiste en condiciones más duras no se puede permitir hijos de 13 o 14 años vagueando alrededor.

P. Me pregunto al leer su obra que oculta más su exhibicionismo autobiográfico que sus compañeros de generación o los escritores que admira, como Philip Roth y Martin Amis. ¿Dónde se esconde usted en sus personajes? Puedo imaginármelo entre sus mujeres también.

R. Las novelas son invenciones puras. Aparte de Sábado, que tenía sus datos autobiográficos, mis novelas no me requieren eso. No me atrae hacer lo que hizo Roth hace años, cuando contó su divorcio, por ejemplo, no me sale.

P. Pero creo que está haciendo algo en ese sentido.

R. Bueno, desde hace tiempo he intentado trabajar en unas memorias. Hice el primer capítulo, lo he dejado. En navidades estuve comprando regalos. Fui a una sección de memorias y había actores, estrellas de rock, escritores, futbolistas e inmediatamente todo ese deseo de escribir mis memorias se esfumó. No quiero compartir estanterías con famosillos de la tele, con chefs, nada. No quiero.

P. Así que se sale conscientemente de la corriente del presente más poderosa.

R. Ya, lo sé. Pero... En fin, pasará. En Inglaterra es una gran tradición más que una moda. No puedo aducir argumentos estéticos. Quizás, que prefiero un mundo que podamos reconocer, pero reinventado por nosotros mismos.

P. Está claro que la experiencia es materia narrativa. Pero una cosa es eso y otra cierta pornografía de la experiencia. Aunque le gustan esos autores que la exaltan.

R. Me gusta el realismo. Las leyes de la física mandando en los textos. Aunque quiero decirle que podré escribir una memoria, espero.

P. Será un acontecimiento, porque usted es un escritor famoso, aunque antes hará otras cosas por lo que veo.

R. Sí, de hecho acabo de empezar algo, aunque todavía no sé si lo acabaré.

P. ¿Cuándo se sabe si una novela será terminada o no? ¿Cuándo se convierte en un ser en sí mismo?

R. Diría que cuando has escrito un cuarto. Unas 25.000 palabras. Cuando llego a eso, reconozco ya una obra viva. Antes puedo abandonarlas fácilmente.

P. ¿Qué les pasa a ustedes, los escritores, en Inglaterra que parecen revueltos, irritados?

R. Que el mundo se ha vuelto irascible. Ser ofendido ahora supone entrar en un estado de gracia. No es sólo cosa de los musulmanes. Todo el mundo se ofende con mucha facilidad. Sobre todo, esa parte de los intelectuales más izquierdistas, que se muestran incapaces de pensar con matices, siempre dan muestras de dar a entender lo que deben pensar más que lo que creen. Hay un problema con la agresividad religiosa, la cristiana y la musulmana, también. Además contamos con una prensa volátil y caliente que lo revuelve todo y ante la que no se puede ser crítico con cosas.

P. ¿Con qué?

R. No se puede ser comprensivo con Estados Unidos. Hay parte de la izquierda que se alía con islamistas y se les olvida que estos odian a los homosexuales, a las mujeres, la democracia, el rock and roll...

P. Algunos cristianos también.

R. Y tanto. Pero ya que nosotros tardamos tanto en deshacernos de lo peor de la Iglesia, me irrita profundamente que tengamos que empezar con esto de nuevo, que haya intelectuales que no defiendan lo que les permite ser libres, y así algunos, como Martin Amis, Salman Rushdie o yo, nos llevamos las manos a la cabeza cuando escuchamos y vemos esas alianzas.

P. Eso no implica que ustedes defiendan situaciones como la de Irak.

R. No, ése es otro tema.

P. ¿Otro desastre?

R. Algo que nos enseña que si vas a hacer algo mal es mejor que no lo hagas. Y se ha hecho tan caóticamente, con tanto cinismo...

P. Entonces, en ese sentido, ¿sigue usted pensando que la retirada de las tropas españolas estuvo mal, como ha declarado?

R. Eso me sigue pareciendo mal. Porque aquello, en esa situación, dio alas a Al Qaeda. Tenía que ver con la oportunidad, con cuándo se hizo. Podía dar la impresión a los terroristas de que sus acciones pueden hacer cambiar decisiones de gobiernos democráticos. Sé que estaba en el programa del Gobierno que entró. Pero creo que debía haberse pensado dos veces, retrasar la decisión, enfriarla. Parecía así hecho que las muertes de Madrid eran consecuencia de aquello.

P. Los votantes de Zapatero no hubiesen entendido lo contrario. Porque en cierto modo se castigó a un Gobierno por haber entrado.

R. Lo entiendo, lo entiendo perfectamente. Fue una promesa electoral y ya está. Lo que digo es que tendría que haber pasado más tiempo. En aquellos días, los islamistas se emborracharon de triunfo, para ellos fue una victoria. Además, lo de que es una guerra ilegal... Kosovo también, Sierra Leona. No estoy seguro de que las razones legales sean siempre las más claras. Como carta de presentación, teniendo un programa de reformas sociales también, hacer eso en primer lugar fue visto como toda una capitulación.

P. Ahora parece que todo el mundo piensa largarse.

R. Irse de allí es dejar todo en manos de los islamistas. Es un desastre la situación. El problema es que Estados Unidos ha querido actuar de manera imperial, pero no en todo. Si de verdad quieres hacerlo, si te decides a invadir países, tienes que organizar los servicios civiles, ocuparte de todos los problemas, lo que hicieron fue dejar todo en manos de mafias que saquearan las ciudades, luego humillaron al ejército iraquí y se hicieron 400.000 enemigos de golpe. Se creían que podían ventilarlo en seis semanas y largarse. Donald Rumsfeld fue el auténtico responsable de todo el desastre, Cheney y Bush, después.

P. Veo que conserva sus instrumentos musicales. En Chesil Beach

la música resulta clave para definir a los personajes. Entonces, en los gustos musicales se observaban brechas. Hoy todo es más rico, variado, se puede disfrutar de lo clásico y el pop sin que te miren mal. Para usted, ¿qué ha sido la música?

R. Para mí la música fue inseparable de todo en la adolescencia. Pertenezco a una generación musical. Íbamos a conciertos en bares. Un primo me llevó por 25 peniques a un pueblo, Gilford, en el que cinco tíos daban un recital en un hueco de la estación. Tocaban canciones de Chuck Berry y me alucinaron. Eran los Rolling Stones, justo antes de que grabaran su primer disco.

P. ¿De verdad?

R. Completamente cierto. Cantaban Carol, Route 66, emocionante. Por esa época, mis padres me regalaron uno de esos aparatos que tenían dos ruedas para grabar. Más tarde fui modelando mis gustos; después, en la Universidad, descubrí el jazz, el bebop, a Miles Davis, Charlie Parker, Coltrane, el jazz que se hizo entre 1950 y 1965. Después me aficioné a la clásica y ahora pocas cosas me emocionan tanto como Bach o Schubert. Del pop, a partir de los ochenta, perdí el interés en nuevos grupos, salvo algunos como Radiohead u Oasis porque me recordaban a los Beatles. Literariamente, me ha servido. En Chesil Beach, la música pone de manifiesto las diferencias entre dos mundos.

P. ¿Pero usted toca?

R. Tocaba la flauta.

P. En la música también se pueden encontrar varias respuestas para las estructuras literarias. Usted cuida las estructuras de sus novelas. ¿Le interesa esa relación entre ambos mundos?

R. Bueno, me interesa la forma de la sonata, tan importante para la literatura. Dos temas sobre los que se da vueltas y se desarrollan y una coda. Me atrae. La sonata es perfecta. Una vez que la comprendes, no la puedes abandonar en la vida.

P. Es la manera que mejor puede ayudar a articular un discurso.

R. Exacto, lo que decíamos, el desarrollo de dos temas paralelos hasta ir modulando algo.

P. ¿Escribe con música?

R. No. Me gusta tanto que me distraería. Pero, volviendo a la estructura de las obras, es importante concebir una fuerte base arquitectónica para desarrollar una novela, resulta necesario moldearlo todo, una figura. Hay una tentación que persiste en mucha gente, la de obviar la forma en la novela y eso me parece un error. Para los lectores creo que existe un metaplacer, puede que inconsciente, de disfrutar de algo que tiene una forma. Siempre debemos tener cuidado de que no nos esclavice.

P. ¿Para no oprimir la lectura?

R. Sí, para no pasarse de academicista. Porque en esa forma, lo que debe respirar es la vida de una obra. Nunca debe dominar el contenido. La estructura debe ser discreta.

P. Expiación

es una novela con una estructura complicada para ser llevada al cine. ¿Usted quedó contento con la versión de Joe Wright?

R. Sí, mucho. Sabía que era muy difícil, además para una película tan cara. En este caso, el director lo ha resuelto muy bien, sobre todo en la primera parte.

P. ¿Los actores también le han convencido?

R. Sí. Keira Knightley interpreta a Cecilia de una manera muy fría, como si fuera una princesa de hielo, una visión que no es la que yo le doy al personaje en la novela, pero que funciona sobre todo en la escena de la biblioteca. La primera parte, los actores la convierten en algo mágico, los gemelos, la niña que interpreta a Briony es excepcional. Así que, en conjunto, me ha gustado mucho. Mi participación en la película ha sido mínima, sólo como productor ejecutivo. Al principio me impliqué con Christopher Hampton y con el director en el guión, pero una vez que empezó el rodaje, fui a alguna sesión, pero no me metí en nada.

P. ¿Ha sido Expiación

una novela clave en su carrera?

R. No tanto, fue muy bien acogida, desde luego.

P. ¿Y eso no le pesó para las que han venido después?

R. A nadie le gusta pensar que su mejor obra ha quedado atrás. Te lo planteas, pero... Llega un momento en que un novelista acepta que a lo mejor no puede escribir tan bien como había soñado. El cerebro no siempre responde. Muchos incluso se deberían plantear dejarlo por eso, como lo puede hacer un político. Pero lo más común es que en cada novela sigan pensando que pueden superarse. Yo me planteo que todavía hay temas en los que quiero indagar.

P. Sigue ilusionado como escritor, entonces. Se considera un joven talento.

R. Bueno... Estoy a punto de cumplir sesenta. Una nueva juventud. El día que escriba una novela terrible, quizás me diga que debo retirarme. Pero lo más seguro es que quiera redimirme con otra, así que no sé. Muchos de mis lectores sólo me conocen por el trabajo de los 10 o 12 últimos años.

P. Hubo un McEwan anterior, más salvaje.

R. No tan diferente. Las novelas de los ochenta, Niños en el tiempo, Los perros negros o Amor perdurable, no eran macabras, como me definían al principio. Muchos me dicen que la mejor es Niños en el tiempo, eso me impresiona todavía más.

P. ¿Se considera un novelista clásico?

R. ¿En qué sentido?

P. Alguien que confía tanto en ese género como expresión artística que no lo abandona nunca, persiguiendo la novela perfecta.

R. Muchos creen que la novela perfecta es Madame Bovary. La releí hace dos años y pensé: no lo es. Madame Bovary ha muerto. Es como si Flaubert no la hubiese dejado hasta ahora. Se nos ha condenado a una especie de sadismo narrativo con ella. Dicen que cuando Emma muere, Flaubert lloró. Ahora entiendo por qué no me gusta. Estaba demasiado implicado en la historia. Debería haber permanecido mucho más frío, distante, con algo de hielo.

P. Una distancia como la que Cervantes mantuvo en el Quijote,

por ejemplo. El hielo de la ironía.

R. Graham Greene decía que todo escritor debería tener un cubito de hielo en el corazón.

P. Pero eso de la novela perfecta es muy discutible. Para unos puede ser Guerra y paz,

para otros, el

Quijote

o

Cien años de soledad

...

Para usted, ¿cuál se acerca más?

R. Para mí es Ana Karenina. Quizás la novela perfecta del siglo XIX.

P. ¿Y del XX?

R. Varias. Las de John Updike del conejo, el Herzog de Saul Bellow.

P. ¿Han sufrido los escritores ingleses de su generación complejo frente a los americanos?

R. No, no creo.

P. A lo mejor el hecho de que muchos les consideraran mejores les motivó a ustedes.

R. Para nosotros, la mayoría de ellos han sido figuras paternales, contra las que no competíamos. Updike, para mí, es una figura patriarcal. Los que son de nuestra generación nos acompañan, Tobias Wolff, Richard Ford, Don DeLillo... Aunque en los setenta, cuando empecé a escribir, no había entre nosotros nada comparable a Norman Mailer o Philip Roth. Nada comparable a su ambición, su energía...

P. A lo mejor ustedes ya sienten el aliento de los más jóvenes narradores ingleses detrás con ganas de matar al padre.

R. Espero.

P. ¿Y quién puede permitirse ese lujo?

R. Hay varios, hay un gran panorama de narradores entre los treinta y los cuarenta en el que, para mí, sobresale Zadie Smith, claramente. Toda una figura a tener en cuenta.

P. Y en el panorama de otras letras, ¿existe algún vínculo común que pueda describir la literatura que se hace hoy en Occidente?

R. No podría dar una respuesta muy precisa. Quizás que la literatura europea todavía sufre un mal posexistencialista. Suelo retar a mis amigos alemanes a que me hablen de alguna novela que haya retratado bien la Alemania de después de la caída del muro y me dicen que eso es cosa de los periodistas, que la literatura está para asuntos más importantes. Yo creo que eso es una chorrada. Una chorrada existencial. Deberíamos ya tener una gran novela sobre la Alemania dividida que salga de ellos. ¿Se imagina a Bellow o a Roth sin haber escrito de aquello si lo hubieran experimentado? Debemos contextualizar. En Expiación hice un esfuerzo por eso, por contextualizar.

P. ¿Por saber hacia dónde va la novela?

R. Hacia dónde si seguimos por Virginia Woolf o si redescubrimos o reinventamos el siglo XIX para enfocar el XXI. Me preocupa el hecho de que se haya perdido el interés de muchos por la invención de personajes. Muchos piensan que el personaje, como motor narrativo, ha muerto. Pero si quieres investigar la naturaleza humana, ¿cómo lo vas a hacer?

P. De todas formas hay mucha competencia. Lo normal es pensar que la novela es el género que más profundiza en la naturaleza humana y sus aristas. Pero eso parece haber cambiado con otras obras de arte como Los Soprano,

sin ir más lejos. ¿Qué opina? ¿No es eso toda una novela que se ha colado en la televisión?

R. Me encantan Los Soprano, pero adentrarse en la total intimidad de una novela con otras disciplinas creativas no hay nada que lo haya conseguido. El problema es que se escriben muchas novelas que aburren.

P. Quizás se baja el nivel y se publica demasiado. ¿Han abaratado los editores la importancia de la buena literatura?

R. Probablemente, y tan sólo por cubrir las cifras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 29 de febrero de 2008.

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