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Sarkozy, la hora del desamor

¿Cómo entender que Nicolas Sarkozy haya pasado tan rápidamente de disfrutar de un alto grado de confianza de los franceses al desamor? ¿Hay precedentes en Francia de un presidente que haya bajado en tan poco tiempo de su pedestal? Qué duda cabe que François Mitterrand y Jacques Chirac conocieron momentos de impopularidad. Entre 1984 y 1985, el primero llegó a contar con una aprobación de tan sólo el 24%, lo que no le impidió ser reelegido y reinar durante 14 años. El segundo vio caer sus apoyos hasta el 26%, pero eso tampoco le impidió ser reelegido y reinar durante 12 años. Aunque, desde luego, ningún presidente de la Vª República había perdido tan deprisa el favor de los franceses como Sarkozy.

El exhibicionismo y la falta de resultados pasan factura al titular del Elíseo

La relación de Sarkozy con su opinión pública atraviesa por un momento tormentoso. Acaba de sufrir una nueva caída de 10 puntos de un mes a otro. Sólo cuenta con la aprobación del 39% de los ciudadanos (contra un 58% de desaprobación), es decir, un descenso de 17 puntos en dos meses. Al mismo tiempo, el primer ministro, François Fillon, pasa a positivo con un 52% de aprobación (un alza de 7 puntos). Y es que una cosa ha traído la otra. El renacer del jefe del Gobierno es, de hecho, un mensaje explícito para el jefe de Estado Sarkozy. Fillon mantiene una actitud discreta y tranquilizadora que la opinión pública echa de menos en el presidente.

Esta última oleada de sondeos es la prolongación de una combinación de elementos que se presentaban nada más empezar el año, y son de tres órdenes diferentes: uno ya clásico y otros dos específicos al caso. El clásico: la constatación, después de toda elección, de que las promesas concuerdan mal con la realidad. En este caso, es el "presidente del poder adquisitivo" quien ha defraudado y ha acabado confesando en plena conferencia de prensa que "las arcas están vacías". Como compromiso electoral, evidentemente, los ha habido mejores. Sarkozy, que durante toda la campaña proclamó que a su predecesor le había faltado energía, reconocía, a su vez, cierta forma de impotencia. Y aquí llegamos al corazón del problema: Sarkozy construyó su victoria sobre el binomio acción-resultados. Yo actúo y a vosotros os va mejor. Se presentó como la solución a todos los problemas. Desde el momento en que los resultados inmediatos brillan por su ausencia, y que ya no parece capaz de aportar soluciones, provoca el descontento.

A esto hay que añadir un contexto internacional imprevisible: la crisis financiera mundial, que ha reducido los márgenes de maniobra en todos los ámbitos.

El elemento particular que distingue a Sarkozy de los otros presidentes es su combinación de hiperactividad y protagonismo. Al asumir todas las responsabilidades a la vez, se ha privado a sí mismo de la protección que normalmente ofrecen las instituciones de la Vª República mediante el paraguas que constituye el Gobierno. Al colocarse en primera línea, y en todos los temas, no puede sino recibir de lleno las inevitables consecuencias del mal humor y la crispación. En efecto, Francia tiene la particularidad de disponer de un poder ejecutivo muy fuerte y orientado a la protección del jefe del Estado, lo que supone un reparto de papeles con el jefe del Gobierno que implica que este último es quien ocupa la primera línea y encaja todos los malos golpes. Sarkozy ha contravenido la regla presentándose no sólo como el que fija la estrategia (papel habitual del presidente), sino también como el que actúa sobre el terreno. Y ahora es víctima de su propia dinámica.

Por otra parte, la exhibición de su vida privada ha dado al presidente una imagen demasiado alejada no sólo de lo que se espera de un jefe de Estado, sino, aún más peligroso, de la idea que el país se hacía de él: los focos han iluminado sus debilidades íntimas, cuando se esperaba calma y solidez.

Desde este punto de vista, Nicolas Sarkozy ha cometido una imprudencia al airear su vida privada con un placer no disimulado. Y la máquina mediática se ha vuelto rápidamente contra él. Primero vino el divorcio de su mujer, Cécilia. Hasta ahí, los franceses se mostraron comprensivos: "He aquí a un hombre tan dedicado a sus conciudadanos que está dispuesto a sacrificar su vida privada". Luego vino el anuncio de su relación con Carla Bruni y una boda inmediata: esta vez los franceses no lo han aceptado tan bien, pues han descubierto a un hombre al que no sospechaban tan preocupado por su vida privada como para desatenderlos a ellos.

Ha sido este viraje lo que ha agravado el enfriamiento de la opinión pública. A eso hay que añadir un estilo de vida sin artificios, de acuerdo, sin hipocresía, por supuesto, pero bastante alejado del que los franceses estaban acostumbrados a ver en el presidente de la República.

La situación es seria, pero no desesperada. En primer lugar, porque la coyuntura política no ha cambiado sustancialmente: Sarkozy sigue siendo el único líder de la derecha, frente a una izquierda que no ha resuelto sus problemas de liderazgo y de línea política. En segundo, porque el presidente francés tiene a su favor su inteligencia política, versatilidad y capacidad de reacción.

A los observadores se les ofrece la oportunidad inédita de valorar su arte y oficio para remontar la pendiente y reconstruir una imagen que él mismo ha deteriorado. Primer veredicto: las elecciones municipales.

Jean-Marie Colombani, periodista francés, fue director de Le Monde. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 18 de febrero de 2008.

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