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Crónica:LA CRÓNICA

Un encuentro inesperado

Para saber de una ciudad basta con mirar. Pero mirar es un arte que hay que aprender con paciencia. Yo tuve la suerte de encontrar un imprevisto profesor que me enseñó a hacerlo. Le conocí, hace ya mucho tiempo, en el pequeño museo del claustro de la catedral. Estaba plantado ante un retablo gótico, cuando oí una voz detrás de mí. Al girarme, un anciano vestido con una bata azul me sonrió. Aquella pintura, me dijo, había sido encontrada por casualidad, pues durante siglos fue la puerta de una cochiquera. Mas, al limpiarla de sus incontables capas de mugre, reveló una tabla de un maestro medieval. Así comenzó esa extraña mañana.

Sin darme cuenta, me encontré paseando con aquel desconocido. Resultó ser uno de los cicerones de la catedral, ahora jubilado, que mataba su aburrimiento deambulando por el edificio en busca de quien quisiera escucharle. Recuerdo cómo me contó las trifulcas que allí habían tenido lugar cuando el obispo Guislabert bombardeó con excrementos y piedras el vecino tejado del palacio condal, durante la revuelta de Mir Geribert; cómo, el día de los Inocentes, la Carassa colgada bajo el órgano vomitaba caramelos para los niños, y cómo, durante siglos, se creyó que las esculturas de la fachada habían sido enterradas bajo las escalinatas, esperando que alguien las pusiera en su sitio.

Fascinado por aquellas historias, salimos al exterior. Me enseñó que los muros están salpicados de lápidas, restos de tumbas de poderosos señores que, cuando se eliminó el cementerio catedralicio, fueron adheridas a las paredes del templo. Alzando la vista, también descubrí que todas las gárgolas del edificio miran al frente, menos una. Efectivamente, uno de aquellos fantásticos desagües -con la figura de un guerrero que monta un caballo- tenía una peculiaridad: la cabeza del jamelgo está girada a la derecha, mirando hacia una casa medieval, todavía en pie, en la esquina de las calles de Freneria y Pietat, lugar donde, en la Edad Media, estuvo situada la sede del gremio de los que confeccionaban sillas de montar, frenos y estribos para las cabalgaduras.

En el contiguo palacio del Lloctinent, me mostró las figuras renacentistas que adornan los ventanales. Están a la vista de los miles de turistas que pasan cada día por allí, pero muy pocos se habrán detenido a mirar. Sin recato alguno, vemos ángeles con pechos y pubis femenino, y un poco más allá, dos angelotes jugando; mientras uno corre, el otro, por detrás, le está metiendo un fuelle por el trasero. Yendo por la calle de los Comtes, antes de llegar a la puerta de Sant Iu, a varios metros de altura, aún existe una puertecita de madera. Antaño tuvo un puente, llamado del Rey Martí, por el cual el huraño monarca podía ir a misa sin tener que mezclarse con sus cortesanos. Y en el contiguo portal, dos conjuntos escultóricos muestran al héroe Vilardell matando al temible dragón de Sant Celoni, y a Guifré el Pilós, todo cubierto de pelo como un salvaje, haciendo lo propio con el monstruo de Sant Llorenç de Munt.

Estas y muchas otras cosas más me contó aquel día. Sin embargo, cuando volví para verle de nuevo, ya no le encontré. Desde entonces, de vez en cuando he acudido a preguntar por él. Pero ni el personal del museo, ni los empleados de la catedral, han podido darme detalle alguno. Sólo recuerdan, como yo, a un hombrecito de pelo blanco que se distraía contando aquellas historias. Ignoro su nombre y si vive todavía, pero sirvan estas líneas para darle las gracias, pues una ciudad ya no vuelve a ser la misma después de que alguien te haya enseñado a mirarla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de enero de 2008