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Reportaje:Debate

Vanidad radiante y calavera

La necrofilia caracteriza las obras de Damien Hirst. "Lo mejor que le ha pasado ha sido el incendio en el que ardió buena parte de su producción de los años noventa".

A propósito de la calavera de diamantes de Damien Hirst se oye algo así como un silencio clamoroso: desde que la vimos, hace unos meses, en la portada de Art Forum, nos impresionó a todos, y luego ha sido reproducida en los periódicos serios de España para dar noticia de su precio y de que efectivamente ha encontrado comprador, pero nadie quiere aceptar que le gusta la calavera de diamantes. De hecho apenas se alude desdeñosamente a la "operación comercial" que Hirst ha organizado en torno a su brillante ocurrencia, como si toda obra de arte que se expone no fuese venal, o como si considerásemos tal condición indecente, pero admisible, ya que el artista también tiene que comer y hasta tiene derecho a vivir razonablemente bien, siempre que en el fondo fracase: es decir, siempre que su ganancia no sea demasiado llamativa o se oculte el monto. Con esta actitud incurrimos en el filisteísmo que busca en las artes plásticas mensajes edificantes y democráticos, píldoras contra el dolor de vivir y otras cosas "bonicas".

Al forrarla de diamantes, nos la muestra como nunca la habíamos visto y como nadie se había atrevido a mostrarla

¡Cinco minutos, ni un segundo más! Es característico de las obras de Hirst que apenas resulta posible mirarlas

Hirst puso desde el principio las cartas boca arriba. Sabemos, porque lo hizo público, de dónde sale la calavera (de una tienda del norte de Londres), de cuántos pedruscos consta (8.601), cuánto dinero le costaron (20 millones de euros), por cuánto la ha vendido (por 75 millones) y por qué la obra se titula ¡Por el amor de Dios! (porque es lo que exclamó su madre cuando el artista le explicó lo que estaba haciendo).

Morceau de bravoure de su exposición del pasado mes de junio, la calavera fue objeto de una cuidadosa escenografía para destacarla y realzarla en un recinto especial de la galería White Cube. Para acceder a esta cámara del ambiguo tesoro el público tenía que reservar plaza, y el tiempo de observación estaba regulado: cinco minutos. Al entrar, el visitante se encontraba en un cuartito con las paredes, suelo y techo pintados de negro, como en esos escenarios en que el ilusionista hará aparecer y desaparecer ante nuestros propios ojos a una señorita en biquini de lentejuelas o una sultana oriental. Cuatro focos de luz convergían en el centro, sobre una caja de cristal, donde la calavera emitía su muda carcajada y los purísimos reflejos diamantinos.

¡Cinco minutos, ni un segundo más! En realidad, de esos cinco minutos sobraban cuatro y medio; pues es característico de las efectistas obras de Hirst, esos tanques de vidrio llenos de formol, propios del laboratorio de un doctor diabólico o sabio loco de folletín, en los que flota un tiburón, o una ovejita, o una ternera partida por la mitad, que apenas resulta posible mirarlas. Supuran una necrofilia repugnante. Esas obras son de naturaleza material solamente como testimonio notarial de una idea. De ahí que podamos decir sin ironía que lo mejor que le ha pasado a la obra de Hirst ha sido el incendio de la galería Saatchi en el que ardió buena parte de su producción de los años noventa. Pues lo que las obras en sí tenían que decir ya lo habían dicho, y con elocuencia suficiente para hacerlo inolvidable.

De la misma forma, esta calavera formidable una vez vista no se olvida fácilmente. Así que resulta doblemente agradable especular sobre qué clase de tonto, o fetichista o petrolero blasé pueda ser el acaudalado coleccionista que la ha comprado, y qué motivos tendría para quedarse con una pieza que basta con verla fotografiada.

Una calavera es uno de los fetiches más conspicuos y trillados en el imaginario cultural, presente en todas las historias de bucaneros, en la escena de Hamlet, en todas las pesadillas y fantasías morbosas del Romanticismo, en todas las vanitas de la pintura, desde El triunfo de la muerte de Brueghel en el Museo del Prado y las Postrimerías de Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Caridad en Sevilla hasta el bastón del bluesman Screaming Jack Hawkins, está en todos los escritorios de San Jerónimo, inspirándole e invitándonos a la reflexión y la ascesis, y en los anillos de los heavymetaleros. Al forrarla de diamantes, redoblando su brutal, desafiante apariencia con la arrogancia y "distinción" características de las joyas carísimas (no hubiera sido lo mismo recubrirla de cristales Swarovski, por ejemplo), Hirst nos la muestra como nunca la habíamos visto y como nadie se había atrevido a mostrarla. Y a ultrajarla, dicho sea de paso. Simultáneamente, ha contagiado la idea del diamante con la maldición de la calavera. A mí me parece que no es poco, y que la fortuna que ha ganado con esta carísima vanitas no hace sino remachar su excelencia como una segunda firma de artista.

En fin, cada uno ve con sus propios ojos. A mí particularmente, a causa de mis devaneos con ciertos episodios de la Historia, me ha llamado la atención que la calavera de Hirst, con ese relieve en la frente que sugiere un blasón heráldico, haya visto la luz al mismo tiempo que en los Urales se hallaban los dos últimos cadáveres de la familia del zar, asesinada por los bolcheviques: esa calavera es la de la verdadera princesita Anastasia; no las impostoras, actrices y fotocopias, sino la Anastasia real.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de enero de 2008