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Reportaje:

El Vacie: el chabolismo más longevo

923 personas ocupan infraviviendas en el núcleo sevillano creado hace 76 años

Las chabolas con más solera tienen 76 años. Y las promesas más antiguas ni siquiera son democráticas. Franco visitó El Vacie y prometió pisos para los vecinos. El dictador no cumplió. Pero tampoco lo hicieron los sucesivos alcaldes de Sevilla ni los encargados de combatir el chabolismo desde la Junta de Andalucía.

Ángel Montoya es testigo del olvido institucional del barrio en los últimos 30 años, cuando se instaló allí junto a Paqui Martín, su esposa. "A veces los políticos me dicen que las chabolas crecen, pero es porque se casan nuestros hijos", aclara con sorna Montoya, que ahora ejerce de portavoz vecinal. Sus seis hijos viven en El Vacie. "Entre el 80% y el 90% de los vecinos ha nacido aquí, hay tres y cuatro generaciones de familias", sostiene.

El detallado censo que ofrece Montoya incluye 46 chabolas, 90 casas prefabricadas de chapa metálica, 120 familias, 923 personas y 227 niños.

-Me vas a chupar las orejas-le dice uno de esos 227 pequeños a otro.

Calzados o en calcetines, los críos corretean al sol y pisan charcos. Tienen una tasa de escolarización alta (el 90%) y una ingenuidad baja. Jose, de 9 años, quiere una bicicleta de dos ruedas - "una monti"- y un coche "de mando de gasolina", pero no cree en los Reyes Magos. "Son la basura", afirma. A veces reformula la relación entre el mito y el entorno: "Los Reyes no pueden entrar aquí por la basura, hay ratas y ratones en las calles, en las casas, en las neveras y por todas partes, yo no creo en los Reyes".

En El Vacie, muchas mujeres lavan a mano en agua fría la colada y salen a la calle en pijama. Hay colecciones de zapatillas deportivas colgadas de cables eléctricos como si fueran racimos de uvas. "Lo más urgente sería arreglar la electricidad, los suelos hundidos de las viviendas y las tuberías rotas", enumera Ángel Montoya como remiendos porque lo que de verdad reclaman es una mudanza. Desde hace un mes, los servicios de Lipasam han comenzado a recoger la basura con regularidad -no diaria- y a depositar contenedores. Más incertidumbre hay respecto a la reapertura de la guardería que atendían voluntarios de una ONG y que se cerró tras el hundimiento del techo.

Angelita Martínez, de 38 años, vive frente a la guardería. Se mudó a El Vacie al casarse: "Si sé que esto se iba a convertir en la selva que es no vengo". Y relata de corrido: "Aquí ya nos perdimos, es un barrio muy malo y en un barrio muy malo, ¿cómo te va a salir tu hijo abogado? Hace 10 años me espabilé de tanta maldad que he visto, es la supervivencia, yo no quiero ser humana, prefiero ser un perrito". Y con las mismas, Angelita se despide y entra en su caracola, donde ha criado ocho hijos. Muchos siguen allí. Tampoco conocen otro barrio.

María Díaz cumple 116 años sin casa

María Díaz Cortés celebró ayer en El Vacie su 116 cumpleaños con tres tartas pero sin agua caliente ni calefacción. María y El Vacie compiten en longevidad: ella es una de las personas de más edad de España y El Vacie, uno de los asentamientos chabolistas más antiguos.

En el cuarto de la anciana en la casa prefabricada que comparte junto a su hija, Dolores, y cuatro nietas se cuela el frío por una grieta. "Lo único que nos han ofrecido es meterla en un asilo, yo no me meto a mi madre en un asilo para que se muera", protesta Dolores. Voluntarios de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía organizaron ayer un cumpleaños "reivindicativo" en la infravivienda para reclamar un alojamiento digno para la familia. "Si El Vacie lo tienen que quitar, ¿cuándo piensan darme una casa? ¿Cuándo se muera?", preguntaba la hija de la anciana, después de mostrar una copia del DNI donde consta que la mujer nació en Granada el 4 de enero de 1892 y que fue cestera de profesión.

"Ha sido muchas cosas, ha hecho cestos y ha trabajado en el campo, ha hecho de todo para sacarnos adelante", explicaba Dolores, una de los cinco hijos de María Díaz. La familia ha perdido la cuenta de los nietos: "Por lo menos 30 o más".

Ya no puede caminar y pasa buena parte del día en la cama, aunque la levantan para comer. Hasta hace tres años se sentaba al sol y aún cosía. Ayer, a las 11.00, pidió doble ración de galletas para desayunar y soltó una parrafada larga antes de exigir el regreso a la cama y enmudecer. Probablemente harta de periodistas que en lugar de tratarla como una anciana, la trataban como a una niña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de enero de 2008

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