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COLUMNA

Equilibrio territorial y futuro rural

Un firmante del llamado Manifest de Vallbona (firmado en Vallbona de les Monges el 24 de mayo de 2004) me hizo llegar el libro publicado por el colectivo que lo impulsó (Les propostes del manifest de Vallbona, Pagès Editors, Lleida 2007), con una breve dedicatoria: "Gestión del agua, más gestión del territorio, más futuro agroalimentario, igual a: futuro de las terres de ponent y ganas de vivir". Es difícil resumir en tan pocas palabras tantas esperanzas, después de tantas frustraciones acumuladas. En Cataluña, la pertinaz visión centralista de nuestros gobernantes y de las élites económicas que los acompañan, junto con la fuerza centrípeta y todopoderosa de la conurbación metropolitana barcelonesa, simplifican el debate sobre el futuro del país. Todo parece jugarse en pocos centenares de kilómetros cuadrados. La pereza intelectual de los mandatarios barceloneses de todas las épocas, junto con los intereses creados y el conservadurismo de los notables y mandamases locales, fue postergando los problemas, pero a la vez alimentando la idea de que el día que llegara el agua a las tierras de secano del occidente del país, todo problema encontraría solución. El canal Segarra-Garrigues parece ser posible justo en el momento en que sus bases conceptuales de partida empiezan a resultar notablemente obsoletas. Pero tan erróneo sería imaginar que el canal es la solución para todo como sostener que si se logra hacer realidad alguna de sus previsiones, todos los males imaginables caerán sobre sus beneficiarios. Los dilemas que concentra el canal Segarra-Garrigues y sus posibles desenlaces son, de hecho, una expresión muy ruidosa de los dilemas e interrogantes que todo el mundo rural catalán tiene planteados. ¿Cuál es el futuro del espacio rural catalán? Es evidente que el escenario ya no es el de hace unos cuantos años. Ni el de antes del ingreso en la Unión Europea, ni aquel en el que tres cuartas partes del presupuesto comunitario se dedicaba a las subvenciones agrarias. Hoy ese porcentaje está en el 35%, bajando. Si atendemos lo que las normativas europeas señalan, parecen apuntar a una especie de "superhéroe rural". Se habla de una actividad agraria que ha de ser "multifuncional, sostenible, competitiva, capaz de conservar el paisaje, de mantener el espacio natural y de contribuir a la vitalidad del mundo rural, obedeciendo a las nuevas exigencias de los consumidores en materia de calidad y seguridad de los alimentos, de protección del medio ambiente y de preservación del bienestar de los animales". Queda claro que ya no hablamos de agricultura y de ganadería de manera estricta, sino de una perspectiva territorial, con pluralidad de funciones y de objetivos, con una misión esencial de equilibrio y salvaguardia ambiental. Pero, ¿quién ha de desarrollar todas esas tareas? ¿Con qué recursos? ¿Desde qué plataformas? Si miramos la realidad actual del mundo rural catalán, constatamos problemas de muy baja densidad en algunos enclaves, de un notable envejecimiento de sus profesionales sin relevos evidentes, de una falta generalizada de servicios en las zonas más rurales, con déficit de movilidad y transporte significativos, y con una oferta de empleo más bien escasa y poco diversificada. A pesar de ello, el peso del sector de las industrias agroalimentarias en el país es muy significativo (el 16% del PIB), pero las prácticas de ese sector deben mejorar desde el punto de vista ambiental, y los equilibrios entre industria y campesino tienen que reajustarse si se quieren afrontar con garantías los retos de futuro.

¿Cuál es el futuro del espacio rural catalán? Es evidente que el escenario ya no es el de hace unos cuantos años

Decía Julia Varela, una de las personas que mejor han retratado la transformación del mundo rural español, que son los cambios en las dimensiones de tiempo, espacio y poder, los que mejor explican lo sucedido. Durante siglos, esas tres esferas mantenían equilibrios profundos y muy estables. La variable tiempo estaba totalmente naturalizada, y se combinaba bien con un espacio muy interiorizado, en el que las relaciones de poder parecían tan enraizadas (aunque fueran execrables) como los mismos árboles que rodeaban el lugar en el que uno vivía. La llamada modernización del campo de los sesenta, modificó ese universo, y lo desvalorizó, haciendo aparecer la vida rural como el paradigma del retraso y la falta de cultura. Desde entonces, los agricultores han ido moviéndose al albur de políticas públicas erráticas, tecnocráticas y profundamente desconfiadas de los saberes propios de los que tenían que llevarlas a la práctica. El proceso de urbanización actual parece poner definitivamente en peligro la sociabilidad densa y sólida, que se basaba en el predominio del nosotros sobre el yo. El contraste entre la individualización urbana y la sociabilidad rural, resulta evidente. Y no es extraño que muchos entiendan como asfixiante la densidad de vínculos de los pequeños núcleos rurales. Pero es precisamente esa densidad, esa forma de vivir con muchas interdependencias y con capacidad de aprender unos de otros, lo que no debería perderse en momentos de transición, si queremos evitar visiones de progreso que son de hecho incivilizatorias. Y ello requiere reconocimiento, y políticas que partan de la dignidad de las personas, y que se fundamenten en los saberes y conocimientos de los propios protagonistas, con recuperación, por ejemplo, de las tradiciones de propiedad común, o de economía cooperativa y social ya existentes.

En el Segarra-Garrigues se concentra ese conjunto de factores, perspectivas y dilemas. Por tanto, no puede aceptarse la simplificación de "más agua = más regadío" (véase al respecto el libro-viaje, Canal Segarra-Garrigues, territori i paisatge, de Ignasi Aldomà y Carles Llop, 2007). El canal es una oportunidad, como bien plantean los firmantes del Manifest de Vallbona, para pensar el equilibrio y la vertebración general del país, reforzar el papel de las terres de Lleida en ese proyecto, articular un conjunto de iniciativas económicas, educativas y sociales que contribuyan a ello, y hacerlo desde perspectivas ambientalmente adecuadas en materia de gestión del agua y de nuevas producciones agroindustriales, respetando las previsiones del Plan Natura 2000. Y ello quiere decir abrir el debate sobre el canal para convertirlo en un aspecto más del debate sobre el futuro del país.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de enero de 2008