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Reportaje:Elecciones primarias en EE UU

John McCain y el laberinto republicano

El senador moderado, de 71 años, vuelve a meterse en la carrera para las presidenciales de Estados Unidos

Pocos días antes de Navidad, el senador John McCain llegaba a pronunciar un discurso sobre el calentamiento global en un centro académico de Portsmouth, en New Hampshire, de forma tan discreta que al periodista se le hizo difícil encontrar el escenario del acto. Ni guardias de seguridad ni cámaras de televisión ni carteles publicitarios, nada de la parafernalia que suele acompañar a este tipo de eventos electorales.

McCain llegó vestido con un jersey oscuro, acompañado de un par de asesores y dijo unas cuantas cosas sensatas sobre el indiscutible riesgo ecológico, la responsabilidad de la Administración de George Bush por su actual política al respecto y las tradiciones olvidadas del Partido Republicano. La intervenciónfue ignorada por los grandes medios de cobertura nacional, que, en esos días, estaban plenamente concentrados en Mike Huckabee, el pastor evangélico que había ascendido vertiginosamente hasta el primer plano de atención.

McCain aspira a llenar el vacío de liderazgo en el partido

Giuliani, ex alcalde de Nueva York, aún encabeza los sondeos, pero pierde terreno

Huckabee sigue siendo el favorito para los caucuses de Iowa el próximo jueves, día 3. Pero las cosas han cambiado para McCain, que ha ascendido al segundo lugar en las encuestas en el Estado de New Hampshire y que esta semana se atrevió incluso a emplear un día entero de campaña en Iowa, donde el senador de Arizona, consciente del odio que le profesa la derecha religiosa que controla la mayoría del voto en ese Estado, apenas había puesto los pies.

Las posibilidades de McCain de obtener la victoria en Iowa son prácticamente nulas. Pero, a falta todavía de un claro favorito entre los candidatos republicanos, lo más importante del hecho de que McCain vuelva a contar en las quinielas es lo que esto significa en la campaña republicana, monopolizada por el mensaje de los sectores más conservadores.

John McCain es un representante de algunos viejos valores del Partido Republicano, como el patriotismo y la seguridad nacional, que empezó su candidatura en primavera como uno de los favoritos y se fue diluyendo, tanto por su apoyo sin fisuras a la guerra en Irak y a la estrategia actual -que no la anterior- en ese conflicto como por su rivalidad con personajes fundamentales de la derecha cristiana como Jerry Falwell y Pat Robertson, a los que una vez llamó "agentes de la intolerancia".

Su ascenso en las encuestas representa la recuperación por parte del Partido Republicano de una línea más moderada, más realista y, probablemente, más inteligente para enfrentarse a los demócratas el 7 de noviembre. McCain es, por tanto, ahora un aspirante a llenar el vacío de liderazgo que todavía no ha sido capaz de ocupar ningún candidato republicano. Rudy Giuliani, el ex alcalde de Nueva York, que aún está el primero en las encuestas nacionales con una cómoda ventaja de 18 puntos, pierde terreno cada día por culpa de las sospechas sobre su actividad como abogado y consultor, así como, recientemente, por las dudas sobre su estado de salud.

Su médico, el doctor español Valentín Fuster, ha emitido un comunicado garantizando el perfecto estado del popular alcalde, que superó hace años un cáncer de próstata y que sufrió la pasada semana un desfallecimiento. Pero las dudas persisten y éstas se suman a las reservas de algunos electores por la vida personal de Giuliani, casado tres veces, y por sus supuestos pecados de faldas.

Giuliani y McCain, ambos poco queridos por el sector más conservador, tratan de ocupar el mismo espacio centrista. Y ambos son, por ello, los candidatos más temidos por los demócratas.

El programa de Giuliani, un ex fiscal muy popular en todo el país, se limita a una promesa de mano dura en los asuntos de seguridad y de ultraliberalismo en lo que respecta a la economía. McCain es una figura experimentada y polifacética, no tan famoso como el ex alcalde pero de prestigio reconocido, indiscutible en su papel de comandante en jefe, mitificado por su pasado como prisionero de guerra del Vietcong y educado en el diálogo durante una larga experiencia en el Senado en la que ha participado en numerosas iniciativas bipartidistas. No le ha temblado el pulso para enfrentarse a sus rivales republicanos para declarar su oposición a la tortura o para defender su línea moderada sobre inmigración.

A los 71 años, McCain puede, quizá, llegar tarde a este nuevo intento de ser presidente -hace cuatro años fue derrotado por George W. Bush-, pero a esa edad ha completado también una biografía lo suficientemente amplia y brillante como representar una seria opción de victoria si pasa el obstáculo de las primarias.

Cualquier cosa mejor que el desastre sería un buen resultado para McCain en Iowa. Sólo un poquito mejor lo tiene Giuliani. Pero lo más probable es que los caucuses no despejen del todo las incógnitas en el campo republicano. La situación es demasiado confusa aún. Como mucho, Iowa servirá para dar algo más de cuerda a Huckabee, si gana, o para arruinar la carrera de Mitt Romney, si finalmente pierde.

El caso de Romney es muy particular. Rico y exitoso empresario, Romney intentó, como otros millonarios antes, trasladar el triunfo en los negocios a la política y, después de ser gobernador de Massachusetts, entró en la carrera presidencial silenciosamente. Ante la confusión existente en las filas conservadoras desde la caída del movimiento neocon, Romney subió hasta el primer lugar en las encuestas en Iowa y New Hampshire sin apenas oposición y sin que nadie se diera cuenta. Eso duró hasta la aparición del fenómeno Huckabee, que retrotrajo ante los electores el hecho, probablemente incompatible con la victoria, de que Romney es mormón.

La suerte para el Partido Republicano es que, entre esas cartas apenas valoradas hasta ahora, están un respetado senador, John McCain, tan viejo como para tener un hijo de 48 años, pero tan joven como para tener otro de 19, y una frágil pero astuta estrella mediática como Rudy Giuliani. Iowa no tiene la última palabra, pero sus focos aportarán la primera luz en alguna dirección.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de diciembre de 2007