Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:EL REY, PERSONAJE DEL AÑO

Don Juan Carlos se defiende

Las turbulencias de la política española han afectado al Rey en este año de 2007. Herido por las quemas de fotos y las acusaciones de avalar al Gobierno con su silencio, solo frente a los ataques, el Monarca salió a defender personalmente los servicios prestados por la institución para hacer posibles las reglas de juego de la democracia, tras la renuncia a los poderes con los que él comenzó a reinar. Nadie sabe cuándo se producirá la sucesión, pero no hay duda de su consejo a don Felipe: atenerse a la Constitución.

Lo cuenta una persona que conoce bien al Rey:

-Don Juan Carlos lo ha pasado mal en estos meses. Sigue siendo el tío encantador de siempre, pero...

El próximo sábado, 5 de enero, cumplirá 70 años. Lleva 32 como rey de España, y también te puedes cansar de ser rey. La mayoría de los españoles le identifica como uno de los símbolos de la transición y el hombre que paró el golpe de Estado de 1981. Sin embargo, para la generación que no vivió el franquismo -ni el aislamiento de España en Europa-, la transición empieza a sonar a batallita casi tan lejana como la II República. Si todo puede moverse, por qué no la Corona.

Quién iba a pensar en una caricatura pícara, grosera si se quiere, como desencadenante de la crisis. El senador Iñaki Anasagasti (PNV) lanzó otra de sus diatribas contra la familia real, a la que describió como "pandilla de vagos", a los que no se puede tocar "ni con el pétalo de una rosa". El 13 de septiembre se inició la quema de fotos del Monarca en algunas ciudades catalanas. Y Esquerra Republicana de Catalunya intentó retirar al Rey el mando de las Fuerzas Armadas, a través de una iniciativa finalmente fracasada en el Senado.

Don Juan Carlos ha tenido que salir a defender el balance del trono como garante de las reglas de juego

Tras la designación de Suárez como jefe del Gobierno, el Rey le sacó la 'hoja de ruta' que aquél le había dado

Una persona próxima al Rey le oyó, hace 10 años, que quería retirarse a los 70. Ahora, eso es más difícil

La Zarzuela dejó de ser un centro de poder tras la Constitución. Excepto durante las horas dramáticas del 23-F

Si el Rey fuera un político al uso estaría frustrado por el poco eco de sus llamamientos al consenso antiterrorista

Por la brecha abierta se lanzaron adversarios más tenaces. La derecha ultracatólica llevaba tiempo a la espera de un gesto del Monarca en contra de la negociación con ETA, tras haber sugerido -sin éxito- que el Rey no debía sancionar la ley del matrimonio entre homosexuales. En septiembre pasado, desde la cadena de radio episcopal (Cope) se exigió la abdicación de don Juan Carlos, en medio del discurso habitual de la radio de la Iglesia acerca de la gravísima crisis en que dice que vive España. Esta vez el Monarca fue acusado también de no apoyar el militantismo de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).

Para don Juan Carlos, el peligro venía menos de los jóvenes republicanos que quemaban su foto que de la posibilidad de ver arrastrada a la Corona en la virulenta lucha entre el Partido Popular y el Socialista. Sobre todo por la cercanía del tiempo electoral. La Monarquía continúa siendo la institución más valorada por los españoles y don Juan Carlos sigue siendo plebiscitado por las encuestas. Pero el Rey se aplicó a colmatar la brecha, herido por la acusación de avalar una política, en este caso la del jefe del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, lo cual cuestiona el eje de toda su vida: enraizar la Monarquía como una institución que respeta las reglas de juego trazadas por la Constitución.

El Rey salió a defender personalmente el balance de la Corona, con una primera intervención pública -reiterada en alusiones posteriores- en la que reivindicó los tres decenios de crecimiento y estabilidad vividos por España "en el marco de la Monarquía parlamentaria". Porque lo que el Rey defiende es el porvenir de las reglas del juego, no de un jugador en concreto. Las encuestas muestran, en cualquier caso, que su espontáneo "¿por qué no te callas?", espetado al jefe del Estado venezolano, Hugo Chávez, es lo que más ha robustecido la popularidad de don Juan Carlos. Esta frase de impacto planetario ha sido recogida por la revista Time como una de las 10 mejores perlas de 2007.

Personas que exigen confidencialidad indican que la situación planteada ha podido afectar a los planes del Rey, que nunca se curva ante las dificultades, según alguien próximo a él:

-Hace 9 o 10 años le oí al Rey que le gustaría retirarse a los 70. En aquella época podía pensar en la posibilidad de marcharse a la costa cuando lo dejara. El mar es una de sus grandes aficiones. Ahora, esa idea parece más difícil. Creo que se inclina por seguir con las botas puestas.

José Luis Rodríguez Zapatero no reaccionó visiblemente en defensa del Rey. Las relaciones del Monarca con el líder del PP, Mariano Rajoy, tampoco parecen especialmente calurosas. Uno de los visitantes de La Zarzuela le ha visto afectado:

-Le he notado dolorido por su soledad. No comprende los ataques recibidos, es como si dijera: ¿pero qué les he hecho yo? Él considera que su reinado ha sido muy fructífero desde el punto de vista de las libertades y que tendría derecho a mayor agradecimiento.

La soledad no es un sentimiento extraño a don Juan Carlos. Comenzó a experimentarlo cuando pisó por primera vez el territorio de España, en noviembre de 1948. Todavía no había cumplido 11 años el día en que un tren le depositó, medio muerto de frío, en la discreta estación madrileña de Villaverde. A cubierto de falangistas radicales, pero custodiado por provectos personajes que colocaron al nieto de Alfonso XIII bajo el "ordeno y mando" generalísimo. Su padre, don Juan de Borbón, no había tenido más remedio que pactar con Franco la educación del hijo, para lo cual se organizó un colegio con ocho niños, todos de la nobleza menos uno (José Luis Leal), en la finca madrileña de Las Jarillas.

Franco vetó la educación universitaria del entonces príncipe Juan Carlos en Bolonia o Lovaina e impuso su paso por las Academias Militares, antes de acudir a la universidad (la española, por supuesto). Al poco de casarse en Atenas, en 1962, el príncipe hubo de tomar la primera gran decisión de su vida: quedarse en la España gobernada por el dictador en vez de volver junto a su padre en Portugal, como príncipe de Asturias en el exilio. Su suegro, el rey Pablo de Grecia (padre de la reina doña Sofía) le aconsejó que siguiera viviendo en España si quería tener derecho a la Corona. Un consejo similar al de Nicolás Cotoner, marqués de Mondéjar, persona afectivamente muy próxima a don Juan Carlos hasta su fallecimiento.

Todavía pasaron muchas cosas antes de la proclamación como Rey, incluidas las maniobras para situar a Alfonso de Borbón -marido de la nieta mayor de Franco- como un competidor por la sucesión. Qué tiempos tan olvidados, los del poder absoluto de un dictador que podía permitirse el lujo de escoger a quien le diera la gana entre una terna de Borbones: don Juan de Borbón, don Juan Carlos de Borbón o Alfonso de Borbón, para sucederle a él como jefe de un Estado donde no se permitía más actividad política que la de los grupos encuadrados en el Movimiento Nacional.

Fueron años de espera hasta la designación de don Juan Carlos como sucesor de Franco "a título de rey", en 1969. El dictador murió el 20 de noviembre de 1975, y don Juan Carlos fue proclamado Rey el día 22 de ese mes, cuando aún no había cumplido los 38 años. La soledad, de nuevo: vigilado por los franquistas; ninguneado por el jefe del Gobierno, Carlos Arias, y menospreciado por la oposición de izquierda (mantenida en la ilegalidad), que veía en don Juan Carlos a un continuador del régimen y reclamaba la ruptura.

En 1976, el Rey puso en marcha la mayor de sus decisiones históricas: romper el compromiso con las instituciones de la dictadura y utilizar los poderes heredados para promover una democracia. Hay datos sobre la temprana determinación de don Juan Carlos, desde antes de la muerte de Franco. Por ejemplo, el que aporta Jaime Carvajal -presidente de la empresa Ericsson España y de la sociedad Advent-, que hasta 2003 permaneció a la cabeza de Ford España:

-Henry Ford tomó la decisión de instalar una planta en España en 1973. A mucha gente le pareció arriesgado, porque había incertidumbre sobre lo que iba a pasar. A mí me explicó que, para él, fue definitiva una reunión con el entonces príncipe Juan Carlos, en la que le dijo que España iba a ser una democracia y que iba a formar parte de la Comunidad Europea. "Una España democrática dentro de Europa me convenció para invertir", explicó Ford.

-¿Y por qué a Ford le interesaba tanto la democracia?

-Él tenía claro que en los países democráticos las cosas pueden ir mejor o peor, pero que los riesgos de inestabilidad son menores. Y además, el príncipe quería integrar a España en Europa, lo cual era fundamental, porque una Europa con las puertas cerradas a los productos de Almussafes podría ser una inversión desastrosa.

No menos arriesgada fue la apuesta del Rey por Adolfo Suárez como jefe del Gobierno. Porque aparecía como un personaje de segunda fila en el régimen anterior y carecía de credenciales democráticas. El empresario Jaime Carvajal explica hasta qué punto don Juan Carlos sorprendió a sus íntimos con la designación de Suárez, sólo cinco años mayor que él, en una estructura institucional que aún era bastante gerontocrática:

-El Rey tenía un plan desde muchísimo antes de ser proclamado. Heredó de don Juan, su padre, la idea de que la Monarquía, o era de todos los españoles, o no era nada. La decisión de desmontar el régimen anterior no la comunicó prácticamente a nadie antes de ser rey. A mí me pareció fatal la designación de Adolfo Suárez porque no le conocía y, como mucha gente que estaba alrededor del Rey, esperábamos la aparición de una figura democrática con credibilidad. Suárez no la tenía entonces, la adquirió después, y sin duda con gran mérito. El Rey quería empezar con una hoja en blanco. Fue un éxito.

¿Por qué Suárez? La versión más extendida sostiene que se trató de un empeño de Torcuato Fernández Miranda, que había sido preceptor del príncipe y a quien éste, ya rey, situó al frente de las Cortes y del Consejo del Reino. La familia de Adolfo Suárez, depositaria de sus documentos y de sus confidencias, matiza esa versión. A partir del primer encuentro, a principios de 1969, entre don Juan Carlos y Adolfo Suárez -entonces gobernador civil de Segovia- se abrió un canal de comunicación entre los dos y empezó a fraguar una profunda amistad, llevada con la mayor de las reservas.

Uno de los papeles preparados por Suárez en ese tiempo era una especie de hoja de ruta que le entregó al entonces príncipe Juan Carlos, con cuatro o cinco enunciados de propuestas a realizar en el futuro. Lo cuenta Adolfo Suárez Illana, primogénito del ex presidente:

-Después de ese primer encuentro, mi padre pasó del Gobierno Civil de Segovia a la Dirección General de RTVE, donde se ocupó de popularizar la figura de don Juan Carlos y de impedir iniciativas como la de retransmitir la boda entre la nieta mayor de Franco y Alfonso de Borbón. De haberse televisado esa boda por la primera cadena, como se proyectaba, habría dado la impresión de que éste era el candidato a la Corona mejor colocado.

Cuando se anunció la designación de Suárez como jefe del Ejecutivo (julio de 1976), el Rey le recibió en La Zarzuela. Según el hijo del ex presidente del Gobierno, en esa primera audiencia "el Rey sacó aquella hoja de ruta para la democracia que años antes le había entregado mi padre, con el enunciado de las cuatro o cinco cosas que convenía llevar a cabo. Y el Rey le dijo: 'Adolfo, ha llegado el momento de que hagamos lo que tú habías dicho".

Las grandes tareas a las que el presidente Suárez se entregó -amnistía, reforma política, legalización de los partidos, supresión de las jurisdicciones de excepción, organización de las primeras elecciones libres (junio de 1977)- fueron el fruto de la decisión de un rey dotado de plenos poderes. Era un monarca soberano. Precisamente dejó de serlo al promulgar la Constitución de 1978, que él también votó, en la que se reconoce la soberanía del pueblo y se atribuyen al Rey facultades muy tasadas: arbitraje y moderación de las instituciones, mando de las Fuerzas Armadas (colocando la política militar y la Administración militar en manos del Gobierno) y promulgación de las disposiciones legales y decretos, firmados por un miembro del Gobierno o cargo electo responsable de ellas. Para Santiago Carrillo, ex secretario general del PCE, "renunciar al poder absoluto que había heredado" fue uno de los grandes méritos del Rey.

Después de la Constitución de 1978, La Zarzuela dejó de ser un centro de poder. La intentona golpista de 1981 hizo asumir al Rey facultades excepcionales por unas horas, las indispensables para desarmar el intento golpista. Aquella iniciativa salvó la joven democracia y convirtió en juancarlistas a muchísimos demócratas.

El abogado Jaime Sartorius, que era uno de los estudiantes de la Facultad de Derecho de la Complutense que abandonaban el aula cada vez que entraba en ella el entonces príncipe Juan Carlos, cambió definitivamente de opinión sobre el Rey. Ahora cuenta 68 años de edad y no regatea elogios a las aportaciones de don Juan Carlos:

-Por supuesto que el Rey no trajo la democracia por sí solo. La democracia habría llegado de todos modos a España, pero habría tardado más tiempo y seguramente se habría derramado más sangre. Porque aquí éramos varios miles de personas dispuestas a jugárnosla. La actitud de don Juan Carlos nos ha ahorrado muchos sufrimientos a todos. ¡Naturalmente que le estamos agradecidos!

Una vez creadas las reglas del juego democrático, y relativamente asentada la estabilidad del sistema, la actitud de don Juan Carlos ha sido muy clara: no meterse en política. Neutral ante los diversos procesos electorales, sólo ejerce una magistratura moral en forma de advertencias y consejos. Un cambio mal asumido por los que intentan llevar al Rey al molino de la política de partido. Verdad es que últimamente parece clamar en el desierto; por ejemplo, cuando recuerda el valor del consenso frente al terrorismo. Este mensaje del Rey es casi obsesivo desde hace un año. "Tenemos el deber de lograr la unidad y la cohesión [para] poner fin al terrorismo", dijo en el mensaje de Navidad de 2006, días antes de la vuelta de ETA a las bombas. "Unidos acabaremos con el terrorismo", reiteró inmediatamente después del atentado de Barajas, durante la Pascua Militar de 2007. "Divisiones y desencuentros no pueden ser compañeros de ruta de una gran nación como España", insistió el 15 de junio pasado. Y lo ha vuelto a recalcar en el mensaje de Navidad difundido esta semana. Si el Rey fuera un político al uso estaría frustrado ante el poco eco de su actual programa.

Don Juan Carlos tampoco es un Maquiavelo. Esencialmente es un militar, partidario de ideas y objetivos precisos. Vive rodeado de una estructura fuertemente militarizada (aunque los dos últimos jefes de su Casa, Fernando Almansa y Alberto Aza, han sido civiles), lo cual ha contribuido a protegerle de las filtraciones y ventas de secretos sufridas por otras familias reales en Europa. El Rey nunca se ha rodeado de grandes séquitos ni de pesados servicios protocolarios. Tampoco ha tenido un consejo privado. La idea de crear un Consejo de la Corona, planteada durante los debates constitucionales por Laureano López Rodó (como parlamentario de Alianza Popular), fue desechada enseguida.

El puesto de rey, aunque sin poderes efectivos, llena una función importante a los ojos de la mayoría de los españoles, según las encuestas, pero la opinión pública le tiene claramente diferenciado de la lucha partisana. Símbolo de unidad, figura tutelar, referencia moral... A efectos políticos, ha evitado cuanto ha podido las tensiones con los diferentes jefes de Gobierno. Por lo menos, en público.

Todas las personas consultadas para este reportaje -tanto las que figuran con nombre y apellido como las que prefieren el anonimato- coinciden en que Felipe González ha sido el presidente del Gobierno con quien mejor se ha llevado el Rey. También protagonista de la transición, tenían una vivencia en común. José María Aznar, por el contrario, no había compartido la transición con él y es más joven que el Monarca. Se sabe de una relación más o menos correcta, de puertas afuera, pero también de que en ocasiones no se entendieron. Aznar quiso que la relación del Gobierno con La Zarzuela pasara siempre por él, con broncas a los que se saltaban tal criterio. El Rey quiso dar continuidad a un papel de representación en el exterior parecido al que había desempeñado con Felipe González. Y Aznar no le dejó, sometiendo los viajes y relaciones del Rey con otros países -por ejemplo, con la Cuba de Fidel Castro- estrictamente a sus decisiones.

También en los tiempos del Gobierno de Aznar hubo sectores que reclamaron la intervención del Monarca contra la participación de España en la guerra de Irak. En las manifestaciones de la época empezaron a verse más banderas republicanas de lo acostumbrado. Legalmente, nada le hubiera permitido a don Juan Carlos impedir las determinaciones del Gobierno. La Corona no puede tomar decisiones en nombre del pueblo español, los poderes del Estado son los que son: ejecutivo, legislativo y judicial. En un artículo publicado en marzo de 2003, el constitucionalista Javier Pérez Royo lo argumentó así: "Su obligación constitucional [la del Rey] es mantenerse al margen del debate (...). Es una desgracia que José María Aznar sea presidente del Gobierno de España. Pero José María Aznar pasa. La Corona permanece. No podemos convertir una crisis circunstancial en una crisis permanente".

José Luis Rodríguez Zapatero es mucho más joven que el Rey. Si el Monarca empezó su reinado rodeado de personas que, por edad, podían ser sus padres, ahora convive con un presidente del Gobierno que casi podría ser su hijo. Es evidente que el actual jefe del Ejecutivo ha llevado una línea de reformas legislativas muy diferente a la de Aznar. Personas que conocen las interioridades de La Zarzuela consideran el pensamiento del Rey más atlantista y más iberoamericanista que el de Zapatero, que ha dedicado lo esencial de su actividad a los asuntos interiores. Esas personas suponen también que el Rey comprendió las razones para intentar una negociación que pusiera fin al terrorismo de ETA, como lo hizo con las experiencias de anteriores jefes del Ejecutivo. Y destacan el apoyo expreso de don Juan Carlos al acuerdo que permitió un gobierno conjunto de católicos y unionistas en Irlanda del Norte, por diferente que pueda considerarse ese conflicto al del País Vasco.

De los detalles de la relación del Rey con los diferentes Gobiernos se sabe, en realidad, poco. Porque las personas que rodean al Rey tienen a gala la discreción, y sus interlocutores han faltado escasas veces a esa costumbre. Y entre los expertos, Miguel Herrero de Miñón ha sostenido: "Es claro que el monarca vitalicio y hereditario está mejor colocado que cualquier magistrado electivo para ser absolutamente independiente y neutral, y si se lanza una mirada sobre el panorama español, eso resulta aún más evidente". Otros expertos, menos entusiastas que el anterior, se limitan a destacar que la trayectoria de don Juan Carlos ha hecho desaparecer "la cuestión monárquica", que durante gran parte del siglo pasado pesó sobre España, junto a la cuestión militar. Los hombres que han trabajado cerca del Rey -y por quienes ha pasado la relación con los Gobiernos- saben del estrecho y delicado filo por el que se mueve el día a día del monarca. Por ejemplo, Fernando Almansa, que fue jefe de la Casa del Rey desde 1993 a 2002:

-Saber estar en la posición del monarca que reina y no gobierna es delicado. El ejercicio de la función arbitral es discreto. Al ser discreto es poco conocido, y hay quien puede cuestionarse cuál es el papel del Rey; preguntarse qué hay más allá de las funciones representativas, de los discursos permanentes de unir y no dividir, que pueden dejar satisfechos a unos, pero no a otros. ¡Claro que es difícil el papel del Rey!

¿Hasta qué punto es hereditario el juancarlismo? La familia real y la Casa del Rey se han cuidado de popularizar las actividades institucionales de don Felipe, el heredero de la Corona. ¿Podría haber asumido alguna otra tarea más concreta? A punto de llegar a la cuarentena, don Felipe de Borbón se mantiene como un príncipe a la espera. Siempre en segundo plano. Ejerce labores representativas, lleva a cabo una cierta labor diplomática, se informa, viaja, visita, recibe; pero no se le ve en una responsabilidad más precisa o en un compromiso de trabajo como el de otras personas de su edad y preparación.

¿Debería tener don Felipe una profesión u ocupación, además de los compromisos como Príncipe de Asturias? La cuestión ha sido considerada alguna vez en La Zarzuela. Pero hay más inconvenientes que ventajas. ¿El Príncipe tendría que responder ante las Cortes, ante la opinión, por la gestión desarrollada en un cargo o responsabilidad pública, tal vez por la de colaboradores o compañeros suyos? En La Zarzuela ha predominado la idea de salvaguardar la figura de quien, según la Constitución, va a ejercer una función arbitral.

Mientras tanto, la familia real ha crecido y la curiosidad de los medios de comunicación se ha acrecentado. Su presencia aumenta en los espacios televisivos y de prensa dedicados al cotilleo, tanto como disminuye en los espacios políticos. En el resto de Europa se considera a las monarquías como encantadoras rarezas, aunque familias como la de Windsor en el Reino Unido, la de Orange en Holanda o las casas reales escandinavas se mantengan, coriáceas. Como si el tiempo no pasara por ellas. Sus actividades aportan simpatía y popularidad, pero en general carecen de dimensión política, excepto en el caso extremo de Bélgica.

La continuidad de la Monarquía depende ya menos de su carácter hereditario que de la aceptación que tenga en la opinión pública. Tanto el Rey como el príncipe Felipe "tienen clarísimo que han de ganarse su sueldo cada día", comenta Fernando Almansa, uno de los ex jefes de la Casa del Rey:

-Es normal que el titular de la Corona aspire, desee que su labor sea continuada por un heredero y que la Monarquía se perpetúe como forma de Estado. Don Felipe está preparado para ejercer muy bien sus funciones y prestar grandes servicios al país. Será un rey distinto, naturalmente, de acuerdo con las circunstancias en las que él vaya a heredar.

Que no serán las irrepetibles en que don Juan Carlos comenzó a reinar. En aquel tiempo se implantó una monarquía parlamentaria cuyo titular supo ganarse la legitimidad que no tenía por el origen de su proclamación como rey de España. Así lo recuerda el empresario Jaime Carvajal, muy cercano al Rey en aquel tiempo:

-Cuando yo estudiaba en Inglaterra me decían: "Pero qué idea más rara, eso de instalar una monarquía. Aquí la tenemos porque ya estaba; si no, no se nos ocurriría...". Al igual que otras personas, yo siempre pensé que el gran beneficio de la Monarquía era permitir el cambio político sin traumas, sobre todo por el régimen del que veníamos y con el ejército que teníamos entonces. Eso ha sido un servicio importantísimo del Rey a los españoles.

Desde la época de la transición ha pasado mucho tiempo. Don Juan Carlos contaba 37 años cuando inició su reinado. Su hijo y heredero, don Felipe, cumplirá 40 en unas pocas semanas. Ya ha superado la edad a la que su padre fue rey y se ignora en qué momento le sucederá. Pero no le será difícil recordar el consejo que su padre viene prodigando: el rey no debe meterse en política. Tiene que atenerse a la Constitución.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de diciembre de 2007