Columna
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La manta

Los dos principales partidos españoles -el PSOE y el PP- tienen que abarcar un espacio político tan extenso que es casi imposible tallar una manta ideológica que lo cubra por entero. De modo que, especialmente en vigilias electorales, vemos cómo los esfuerzos para hacer llegar el manto protector a todos los vértices del espectro ideológico producen efectos inesperados. El sistema político español evolucionó desde el primer momento hacia el bipartidismo. Un bipartidismo imperfecto, debido a la resistencia de Izquierda Unida a desaparecer y a los partidos nacionalistas y regionalistas a los que el Estado autonómico ha dado un plus de representatividad que da una sana complejidad al sistema y dificulta la formación de un rodillo PSOE-PP que allane la pluralidad de España. Aunque ahora no viene al caso, sería interesante preguntarse por qué la derecha ha conseguido su unificación y la izquierda no. Probablemente las luchas a muerte entre socialistas y comunistas en el pasado pesen todavía alimentando la psicopatología de las pequeñas -o grandes- diferencias.

Un exceso de confianza puede hacer que se pierda por la izquierda lo que se gane por el centro

El resultado de todo ello es que PP y PSOE cargan sobre sus espaldas la representación de unas bases electorales tan diversas que es imposible que todos y cada uno de los electores se sientan cómodos con su voto. La proximidad electoral además alimenta el eterno fantasma de la política democrática: el fantasma del centro. El centro es un espacio vaporoso al que se atribuye el poder mágico de decidir las elecciones. Por tanto, vigilias electorales, todos virando al centro.

El Partido Popular durante toda la legislatura ha mostrado su perfil más duro e intransigente con una guerra sin cuartel contra el Gobierno, en la que no ha reparado en gastos, ni siquiera en materia de política antiterrorista. Se decía que el objetivo era mantener vivo en su electorado el resentimiento por la inesperada derrota de 2004, con la idea de que si los suyos se mantenían firmes en su voto, la desmovilización de la izquierda haría el resto. Curiosamente, cuando han dado algunos signos de moderación y han hecho tímidos gestos de distensión, se han producido dos efectos no deseados: la fidelidad de su electorado, que se había mantenido en torno al 80%, ha empezado a decaer -y van ya tres Pulsómetros de Opina en esta dirección- y los ciudadanos que hasta ahora repartían bastante por igual la responsabilidad de PP y PSOE en la falta de consenso contra el terrorismo, señalan muy mayoritariamente al PP como principal culpable.

También en el espacio socialista se ponen en evidencia las dificultades de tirar de la manta hacia el centro sin dejar al descubierto el flanco izquierdo. Se palpa cierta desconfianza mutua entre el PSOE y el electorado de izquierdas. Zapatero, que sabe perfectamente de la facilidad con que un sector de la izquierda se desmoviliza, respondió de inmediato al voto masivo del 14-M con la retirada de las tropas de Irak. Daba en este sentido una gratificación a aquellos electores que dudan de si merece la pena ir a votar. Pero, al mismo tiempo, se puso el listón muy alto. La dureza del Partido Popular ha mantenido la tensión durante la legislatura y, en este sentido, ha jugado como aliada de Zapatero. Algunas iniciativas, sobre todo en materia de derechos civiles, reforzadas por la reacción nacionalcatólica, han mantenido viva la llama. Pero ha llegado la hora del giro al centro, diseñado por los estrategas electorales, como ha contado este periódico, y, por tanto, el momento de sacrificar algunos de los elementos programáticos a los que los votantes más volátiles de la izquierda podían ser más sensibles. De modo que se oyen cada día más voces que se preguntan ¿por qué siempre somos nosotros los que tenemos que ceder? El desconcierto aumenta cuando se asumen acríticamente los tópicos de la derecha, por ejemplo, que bajar impuestos es bueno por definición; o cuando se responde a la agresividad de la Conferencia Episcopal con la renuncia a acabar con los privilegios económicos de la Iglesia, lo único que realmente les pondría en vereda; o cuando se aplazan, por demasiado radicales, reformas que ya se habían prometido para esta legislatura; o cuando, en busca de legitimidad patriotera, se recupera a un personaje del pasado, cuyo narcisismo infinito garantiza problemas a raudales.

Decía François Mitterrand que para ganar unas elecciones lo primero es hacer el pleno de los tuyos, y que, si se consigue, lo demás se da por añadidura. Si, como dicen los estudios de opinión, la izquierda es ideológicamente mayoritaria en España, el argumento de Mitterrand tiene todavía más fuerza. Un exceso de confianza en el voto del mal menor puede hacer que se pierda por la izquierda lo que se gane por el centro. Los electores de izquierda también tienen su corazoncito.

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