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Deseo de unidad

La eficacia policial y la deslegitimación social de ETA son las prioridades del momento

Raúl Centeno, un guardia civil de 24 años, fue asesinado ayer por ETA en el sur de Francia cuando realizaba su arriesgado trabajo en defensa de la seguridad de los ciudadanos españoles. Su compañero Fernando Trapero, de 23, se encontraba anoche en estado crítico. Es el primer atentado mortal de la banda desde la ruptura de la tregua, en junio, y también el primero en más de tres décadas realizado en Francia. La respuesta conjunta acordada ayer mismo por los representantes de los partidos y organizaciones sociales es el resultado de la presión de una opinión pública hastiada de tanta división. Los principales partidos cedieron ayer entre ellos para hacer posible un comunicado y un llamamiento suscrito por todos. Algo que no ocurría desde los tiempos de los pactos de Ajuria Enea y de Madrid. Es el momento de la unidad y de la firmeza; de la unidad de los partidos, con el apoyo de la ciudadanía, en respaldo de la actuación policial y judicial.

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El drama de ayer ayuda a entender por qué tantas veces las fuerzas de seguridad han logrado evitar atentados en el último momento, capturando artefactos listos para ser activados o deteniendo comandos a punto de cruzar los Pirineos. Esa eficacia que a veces ha sorprendido es el resultado de la dedicación callada y enormemente arriesgada de guardias y policías, en ocasiones, como ayer, desarmados, en territorio francés; y de la cooperación de las autoridades de ese país. Desde 2004 han sido detenidos en Francia 138 activistas y colaboradores de ETA, es decir, el 40% del total de detenciones registradas en este periodo.

Ese factor tal vez no explica por sí sólo la reducción drástica del número de atentados mortales (cuatro desde mayo de 2003), pero sí rinde cuenta de la debilidad e inseguridad en que se mueve ETA, lo que sí ha provocado esa reducción de la eficacia mortífera de ETA; bien por haberles llevado a la conclusión de que les convenía concertar una tregua, bien por temor a estar siendo vigilados.

A falta de una versión confirmada, se desconoce si lo de ayer fue una emboscada o, como parece más probable, un encuentro imprevisto. Pero en ambos casos significa romper la pauta etarra de evitar atentados mortales en territorio francés, a fin de no dar pie para una mayor implicación de las fuerzas de seguridad de ese país. Al igual que en el caso del IRA, el periodo de máxima eficacia criminal de ETA, hace tres décadas, estuvo ligado a la existencia de un refugio seguro al otro lado de la frontera.

Por entonces, los asesinatos de guardias civiles (186 de las 835 víctimas de ETA) sólo suscitaban rutinarios comunicados de condena, y a sus funerales acudían unas pocas personas. Ayer, todos los partidos, favorables o contrarios al final dialogado, de ideología nacionalista o ajenos a ella, así como representantes de los sindicatos y las organizaciones empresariales, se reunieron en el Congreso para convocar una manifestación conjunta. Es sin duda un reflejo de la presión de una opinión pública harta de que en un tema como el del terrorismo los intereses partidistas y el sectarismo ideológico hayan impedido evidenciar la unidad social contra ETA, que, según una encuesta reciente, reclama más del 80% de la población.

Con o sin expectativa de final dialogado, la prioridad del momento es, tras la ruptura de la tregua, la derrota policial de la banda, con el apoyo de todos los partidos. Es decir, en palabras del hasta hoy presidente del PNV, "acción policial contra ETA y deslegitimación social y política de su entorno". Esa deslegitimación debe producirse ante todo en el País Vasco. Algunos dirigentes nacionalistas han hecho todo lo contrario al descalificar burdamente la condena y detención, el viernes, de la mayoría de los 52 procesados del sumario del entorno social de ETA. Esos dirigentes se niegan a sacar las conclusiones lógicas de su reiterada denuncia de que ese entramado actúa a las órdenes de la banda.

Tales detenciones, tras las de la mayoría de los miembros de la dirección de Batasuna, sin apenas respuesta, mantienen a ese mundo en plena desorientación. La banda podría volver a matar, como hizo ayer, pero incluso los más fanáticos dudan de que hacerlo pueda servir para hacer avanzar su causa. Los atentados arruinaron la estrategia frentista de Lizarra y luego la de la negociación con el Gobierno. Frente a esa debilidad de fondo, se impone la unidad democrática. El crimen de ayer hizo posible lo que siempre fue necesario: que las fuerzas democráticas recuperasen la unidad, aparcando diferencias que no son esenciales ahora. Que no tengan duda de que ése era el deseo de la mayoría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 01 de diciembre de 2007.

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