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Crítica:EXPOSICIONES

Artistas al salón

Tras la visita a la 48ª edición del Salón de Octubre de la capital serbia, el espectador tiene la sensación de que acaba de asistir a una de las últimas manifestaciones de un modelo de acontecimiento artístico llamado a desaparecer, sobre todo si lo compara con los efectos que resultan del espectacular poder del comercio sobre manifestaciones como la Bienal de Venecia o de Estambul (y todas las que están por llegar). Esto es Belgrado, una ciudad que todavía no ha cicatrizado sus heridas urbanísticas ni sus temores democráticos. El historiador húngaro Lóránd Hegyi conoce muy bien el arte de los pueblos de Europa del Este, es capaz de proponer una exposición colectiva internacional que puede leerse como un movimiento hacia estéticas muy individualizadas y, a la vez, lograr una especie de universalidad alejada de las grandes narrativas sobre la base de conceptos como tolerancia, intimidad, fragilidad. No estamos ante una versión naíf del arte transnacional del Este que necesita abolir los residuos de un pasado intolerante, duro, inflexible.

Micronarrativas

The Museum of Yugoslav History

y otras sedes en Belgrado

Lóránd Hegyi y Sasa Janjic (comisarios)

48th October Salon

Hasta el 16 de diciembre

No le ha favorecido a Hegyi compartir comisariado con el serbio Sasa Janjic; en esta coexistencia asimétrica, las contaminaciones provechosas han sido mínimas, y ello ha dado como resultado una selección desajustada. Con todo, es importante identificar el entusiasmo de los argumentos de algunas de las más destacadas micronarrativas distribuidas a lo largo de tres espacios diseminados por la ciudad: el Centro Cultural de Belgrado, los antiguos baños turcos y el Museo de Historia de Yugoslavia, llamado también el Museo de Tito. Como complemento, una vieja escuela pública muestra Urban Crossroads, New York, Paris, Seoul, con los trabajos de un selecto triángulo pictórico que debería hacernos desconfiar de todos los críticos que moralizan sobre la muerte de la pintura: autores como Bertrand Lavier, Pierre Soulages (con tres magníficos lienzos), See-Bo Park, Ufan Lee, Kyung-Soo Lee, Richard Nonas y Dennis Oppenheim conservan su fuerza y dignidad como artistas en una época en que la poesía ha sido postergada por un ambivalente realismo, cuando no por la ciencia-ficción o por ficciones psíquicas catastrofistas.

El hecho de que hoy el dibujo nos resulte un formato tan remoto es parte del valor que puede tener en el contexto tan oceánico de una bienal, pero es ahí cuando las pequeñas narrativas se afirman con mayor brillantez. Hablamos del trabajo de Uros Djuric, Marina Paris, Laura Lancaster, Hana Rajkovic, Marina Pérez Simao, Maria Bussmann y Peter Friedl. Lois y Francisca Weinberger coleccionan en su Marginal Room objetos y plantas imposibles, al igual que la coreana Yee Sookyung, que argumenta a través de la reconstrucción de sus jarrones (Translated Vases) cómo la poética del dolor puede ser auténticamente memorable. Interesante y compleja la descripción de la tradición judía descrita desde la intimidad del test de Rorschach, obra de Ruth Barabasch. Las construcciones de Pello Irazu, Txomin Badiola, Cabrita Reis y Daniel Chust Peters son fragmentos de una confesión. En la obra de Eugenio Cano, las grandes ideas suceden en la pequeña escala, en metáforas sostenidas que parecen indicarnos, a modo de resumen, que no hay mucho más que aprender del arte, aunque todo lo contrario ocurre cuando lo tenemos frente a nuestros ojos. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de diciembre de 2007