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Reportaje:

A ojo de preso

Seis internos de la cárcel de Soto fotografían su realidad cotidiana

Chicas listas para el recuento o Economatera en la ventana, son dos de los descriptivos títulos dibujados por la letra pequeña y redondita con la que Vera Lucía Chaves ha etiquetado sus fotografías. Vera es una de los seis anfitriones de EL PAÍS, tres mujeres y tres hombres, en la cárcel de Soto del Real. El espacio cercado que comparten con cerca de 1.500 reclusos y algo más de 600 funcionarios. La vida desechable de la prisión con sus días "iguales", ha quedado fijada con una cámara de usar y tirar. Voluntariamente, los seis escuchan las instrucciones del fotógrafo profesional. Les interesa la frase que compara el ojo, la mente y el objetivo. En la cárcel gustan las metáforas. Las seis miradas han cambiado su discurso verbal reivindicativo, sus quejas, en una muda exposición que incluye los horarios rígidos, los turnos de trabajo, las escapadas por los corredores... el gimnasio, la cafetería, el patio, las celdas, la torre de vigilancia, los módulos de estudiantes o la zona donde las madres presas conviven con sus hijos.

JOSÉ ABRODES

A José Abrodes, más conocido como Brother, le gusta perseguir a otros presos con su cámara. Bromear, jugar a que las fotos son parte de un álbum vacacional. Su biografía es un código barrado. "Siempre entre rejas por la mala vida". Brother, madrileño de 44 años, ha dejado la aguja. La ha cambiado "por el deporte", explica, torso hipertrofiado, paso elástico. Todo gracias al metagym: sustituir las drogas por el ejercicio.

VERA LUCÍA CHAVES

Vera Lucía Chaves, 22 años, no pasó de Barajas. En Bolivia se quedó su tesis. En Soto, al menos, encontró un novio. Inquieta y reivindicativa, aprovecha los resquicios de la mirada de las autoridades para anotar lo que no le gusta. Sus fotos, además de captar los sentimientos de sus compañeras, encuentran el reverso incómodo del centro. No habla de la falta de libertad. Eso está claro. Habla de trato distinto entre mujeres y hombres.

GINA ENTRIALGO

Gina Entrialgo tiene 29 años y alma de sindicalista. Callada durante los minutos de tanteo, después se convierte en una teórica de la fotografía y en una implacable voz crítica. Ecuatoriana, se queja de los horarios, de los goznes que nuncan terminan de abrir las puertas. Ni siquiera las que van de galería a galería. Ha hecho amistades, pero dice que no son duraderas porque "afortunadamente, la gente entra y sale".

CARLOS GIOVANNI

Tiene 34 años y el flequillo largo. Es muy delgado y habla despacio. Se encuentra cómodo en la mesa. Eso es porque le atraen los folios en blanco, los bolígrafos. Está cómodo. Le gusta la filosofía. Escribir. Y pregunta por el truco que le permita congelar en una instantánea sus reflexiones sobre el encierro: La infantilización del recluso. Carlos, colombiano, conoció a su mujer en la cárcel y tiene un niño de un año en la prisión.

CARLOS CASTILLO

La cárcel es bipolar. Dos mundos escindidos. Uno abajo, el infierno. Un lugar del que no se sale "jamás". Otro arriba, un paréntesis en la vida en el que conviene no perder el tiempo. Estudiar, escribir. No deprimirse. No caer. A Carlos le duele la cárcel, dice. Pero a sus 36 años ha memorizado la paciencia. Está arriba. Su objetivo, sin embargo, ha preferido mirar abajo. En "los módulos duros, en los problemas". En el infierno.

SHANQUIRA PRUITT

Shanquira canta jazz. Todos la conocen por eso. Y porque no para de sonreír. Y porque tiene un tatuaje con su nombre bordado en el cuello. "¿Te gusta? Es bonito, ¿eh?". Oscura como las grandes damas del soul. Es la estrella del musical que están preparando en la cárcel. "Hay que ver. Yo que iba para enfermera y mírame, ahora aquí metida", se lamenta la estadounidense de 20 años, ahora muy lejos de su Minnesota natal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de noviembre de 2007